La Catedral de Toledo volvió a convertirse el 11 de abril en un gigantesco instrumento vivo con la celebración de la XXIX Batalla de Órganos, una de las citas singulares del XIII Festival de Música El Greco en el marco de la conmoración del VIII Centenario del templo. El formato, ya arraigado, recuperó su esencia: varios organistas dialogando —o midiéndose a veces en duelos, a veces en alianzas — desde distintos puntos, aprovechando la acústica monumental de las naves góticas para crear un espectáculo que combina tradición, virtuosismo y una puesta en escena imposible fuera de este espacio.
Un conjunto organístico que no tiene rival
El patrimonio organístico de la catedral sigue siendo uno de los más impresionantes de Europa. Los tres órganos monumentales —Emperador, Berdalonga y Echevarría—, integrados en el coro y el crucero, dominan el espacio con su presencia imponente. A ellos se suman el órgano del Sagrario y los tres realejos, pequeños pero incisivos, que aportan movilidad y un colorido casi teatral a las intervenciones.
Este año destacó la incorporación de la lira del cielo, reconstruida con motivo del VIII Centenario. Su mecanismo por fricción y su timbre claro y luminoso introducen un matiz nuevo en estas batallas, hasta ahora reservado exclusivamente a los órganos históricos.
Un homenaje a los orígenes de la catedral
La edición estuvo dedicada a 1226, año en que Fernando III impulsó la construcción de la catedral gótica. El programa evocó ese momento fundacional mediante un recorrido sonoro que convertía a los siete órganos más la lira en narradores de la historia del templo. La música, distribuida por distintos puntos del edificio, parecía dialogar con la piedra y con los siglos que la han modelado.
Cuatro intérpretes ante un desafío acústico y un arsenal sonoro
La XXIX Batalla de Órganos no solo destaca por la espectacularidad de sus instrumentos, sino por la profundidad artística de quienes los hacen hablar. Para este concierto los organistas convocados —Baptiste-Florian Marle-Ouvrard, Marc Pinardel, Samuel Liégeon y el toledano Juan José Montero— aportan una lectura especialmente cuidada del repertorio y de la improvisación, los dos pilares esenciales de estas batallas.
Cada uno de ellos ha preparado intervenciones que exploran las posibilidades extremas de los órganos toledanos: desde pasajes de gran densidad armónica que llenan la nave con una potencia casi arquitectónica, hasta diálogos íntimos entre realejos que parecen susurrar desde los rincones del templo. La alternancia entre escritura histórica, improvisación contemporánea y efectos espaciales convierte la interpretación en un auténtico viaje sensorial, donde el público no solo escucha, sino que percibe físicamente la vibración del sonido en la piedra.
Soberbias, casi visionarias, han sido las improvisaciones a cuatro órganos, especialmente en San Fernando devuelve las campanas a Santiago de Compostela, donde los instrumentos rugieron y se elevaron como si la propia bóveda quisiera abrirse para dejar pasar el estruendo luminoso del cielo. No menos deslumbrantes fueron las improvisaciones a órgano solo —Entrada del cardenal Rodrigo Ximénez de Rada, La Virgen de las batallas de la catedral de Sevilla, La primera piedra de la catedral de Toledo y La conquista de Sevilla—, que resonaron con una mezcla de heroísmo, ternura y solemnidad, como si cada tecla despertara un color distinto en los vitrales.
En el terreno de la partitura, la interpretación del Concierto en Fa Mayor Op. 4 n.º 6, de George Friederich Haendel, a dos con los realejos, destiló una sensibilidad cristalina, casi líquida, que serpenteó entre las columnas como un arroyo de luz con su frescura, ligereza y virtuosismo. Y el Concierto de Brandeburgo BWV 1047, de Johann Sebastian Bach, ejecutado con los tres órganos realejos y un clave, alcanzó una pureza sonora que parecía bordar en el aire filigranas de plata, tan exactas como emocionantes y eso manteniendo el ritmo arrollador tan determinante en el primer y cuarto movimiento.
Pero si algo se elevó por encima de lo ya excelso fueron las interpretaciones de las históricas batallas, que resonaron con la fuerza de un ejército antiguo avanzando por las naves: el Tiento sobre la primera parte de la Batalla de Morales, de Francisco Correa de Arauxo, y la Batalla imperial de I tono, de Johann Caspar Kerll / Juan Bautista José Cabanilles. En ambas los órganos lucharon con ímpetu marcial, lanzando llamaradas sonoras que chocaban, se entrelazaban y finalmente se abrazaban en una victoria común, como si la catedral fuera un colosal campo de batalla iluminado por relámpagos musicales. Pero fue la Batalla Imperial donde el alarde sonoro se eleva al sumum en una obra brillante, fanfarrística y festiva, diseñada para exhibir los recursos sonoros del órgano, imitando el intercambio de fanfarrias entre diferentes bandos. Nada mejor para finalizar que esa ardiente fiesta que cruza fronteras entre el estilo alemán de Kerll y la tradición organística española de Cabanilles.
La lira del cielo, una nueva voz en el templo
La lira del cielo participó por primera vez en la Batalla de Órganos y se convirtió en uno de los elementos más comentados de la noche. Su timbre, entre la zamfoña y la armónica de cristal, contrastó con la potencia de los grandes órganos y aportó un brillo singular. En la Cantiga sobre el amor del rey don Fernando a Santa María de Alfonso X, su intervención creó un momento de suspensión que equilibró la densidad del conjunto y añadió un matiz casi contemplativo.
Un rito musical que Toledo hace suyo
La XXIX Batalla de Órganos volvió a demostrar por qué este concierto se ha convertido en un rito contemporáneo para la ciudad. La combinación de patrimonio, historia y experimentación sonora ofrece una experiencia que solo puede vivirse en esta catedral, donde la música no solo se escucha: se siente en la piedra, en el aire y en la memoria del lugar. Escuchar siete órganos en combate y la voz etérea de la lira del cielo es experimentar un contraste que solo Toledo puede ofrecer. Quien haya asistido no solo escuchó música: participó en una celebración que honra ocho siglos de historia y de vida catedralicia.
por Diego de Palafox *
* seudónimo de tres melómanos expertos
Foto © Iko PB