Ha comenzado el pasado domingo 25 de octubre el VIII Círculo de Cámara de Madrid con un recital de piano a cargo de Piotr Anderszewski. En el programa, piezas de Brahms y Beethoven compuestas en los últimos años de ambos.
Ambos compositores quizá fueran conscientes del paso del tiempo y de los años cumplidos, pero probablemente no tanto de tener la muerte junto a ellos, no al escribir estas piezas años antes de su fallecimiento. Cosa distinta es que la madurez vital y artística de cada uno de ellos tiña las páginas de estas obras de un cariz formal y conceptual alejado de sus primeras obras. Considerar estas obras como ‘testamentos’ musicales quizá sea una afirmación certera, aunque algo melodramática
Ambos, Beethoven décadas antes que Brahms, dominaban las herramientas de su oficio de forma magistral. Beethoven decide innovar, romper las barreras de la forma para experimentar, abriendo el camino a un mundo musical nuevo; en su última Sonata, la nº 32, que pudimos escuchar en la segunda parte del concierto, presenta solo dos movimientos y un contenido alejado de cualquier tradición. Brahms, muy distinto en temperamento y genio, prefiere mantenerse en la ortodoxia, pero eligiendo para sus últimas obras pianísticas una forma abierta, el Intermezzo, que le permite dejar volar la imaginación musical sin tener que romper esquemas formales rígidos.
Anderszewski centró la primera parte de su recital en Brahms exclusivamente, con una selección de los op. 116, 117, 118 y 119. Buscando un hilo conductor de introspección y recogimiento, el protagonista seleccionó los diversos Intermezzi de estos opus citados, obras con una carga lírica extraordinaria; no son piezas dolorosas u obscuras, sino más bien reflexivas, ‘realistas’, humanas. Y para evitar la monotonía, el Cappriccio del op.116 y la Rapsodia del op. 119, de un cariz muy diferente, ahondando en esa humanidad y realismo diversos que tiñen la vida, en definitiva.
El concierto dio comienzo con el Intermezzo en si menor, op. 119, nº 1, una elección musical que marcó todo el tono del recital. Es muy valiente empezar con esta pieza, un Adagio repleto de sensibilidad y profundidad, y desde el cual, en cada nota interpretada, Anderszewski marcó el tono del recital, sin ningún miedo a los silencios, a la lentitud y a la sensibilidad. Una de sus mejores cualidades es la sobriedad, tanto física (no es un intérprete dado al exceso de gesticulación) como pianística, desde donde comparte con el oyente una extremada expresividad artística ajena a los efectismos. Saber transmitir desde la mesura es un logro que alcanzan unos pocos elegidos.
La última pieza de la primera parte del recital, el Intermezzo en si bemol, op. 118, nº. 6, cerró el tiempo dedicado a Brahms, con un Anderszewski volviendo al terreno donde triunfa: el aquilatamiento de cada nota y cada silencio, en un extraordinario cocktail de precisión y sentimiento.
En la segunda parte del recital, la Sonata para piano nº 32 en do menor, op.111, de Beethoven. Es difícil contar algo novedoso sobre una obra que ya ha hecho correr ríos de tinta, puesto que no solo es una de las mejores y más reconocidas obras de Beethoven, también es una de sus varias obras adelantadas a su época. Es curioso constatar cómo el oyente moderno suele apreciar la belleza de esta sonata, pero no le sorprende su carácter rupturista, ya que, tras Beethoven, otros recogieron el testigo de crear músicas nuevas y de explorar nuevos territorios formales. Esta familiaridad del oyente actual ante esta música es la mejor medida de la modernidad de un ‘maestro antiguo’ (buscando el símil con la pintura: cuando descubres una pincelada impresionista en un pintor del siglo XVI y ves que la modernidad siempre estuvo ahí), de sus planteamientos estéticos, de forma y fondo.
De nuevo, Anderszewski se enfrenta a esta obra con la sobriedad, que no parquedad, por bandera. Sobriedad de gesto, y de expresión, sin que esta última falte, sino que se convierte en medida, reflexión ante lo escrito, intentando, y logrando, que el mensajero se ajuste al mensaje sin querer un protagonismo fuera de lugar. El intérprete casi desaparece si no fuera porque nos damos cuenta precisamente de que esa es la actitud, que está buscada, que es la postura correcta…
Anderszewski es un formidable domador de silencios, espacios y notas sutiles, empeñado en mostrarnos su corazón a través del control preciso de cada momento musical. El resultado, un recital inolvidable, y la constatación de que la serenidad no tiene porqué ser sinónimo de frialdad.
Blanca Gutiérrez Cardona
VIII Círculo de Cámara. Círculo de Bellas Artes, Madrid. 25-10-2026.
Obras de Brahms y Beethoven.
Piotr Anderszewski, piano.
Foto © Nacho Martín