Saliendo de la boca de metro que conduce a la misma puerta del Auditorio Nacional, había en el ambiente la atmósfera de las grandes ocasiones. La jornada anterior la misma orquesta, la Staatskapelle Dresden y su director Daniele Gatti habían ofrecido un programa franco-alemán con repertorio central y habitual, pero la música coral, y más con una de las más bellas obras de la historia de la música, es algo distinto a la hora de interpretar. A priori, el plantel de solistas era inmejorable, y la excelencia precedía a orquesta y coro. Y, efectivamente, fue una gran jornada de música la que nos volvió a ofrecer Ibermúsica.
Ha sido un Requiem de Verdi muy expresivo, con una gran teatralidad -no es cierto que el Requiem sea una ópera con texto en latín, es música sagrada, pero, eso sí, impregnada del lenguaje orquestal y vocal de Verdi, que es dramático per se-, y con una atención a la palabra que hace que esta muestre la verdad que contienen. El inicio, con una delicadeza que viene dada por el pianissimo escrito, nos sumergió de pleno en la obra. Y a partir de ahí se sucedieron miles de detalles de alta calidad musical de los que enumeramos unos cuantos: espectacular el contraste entre este movimiento y la energía torrencial del Dies Irae, donde el percusionista al bombo pudo demostrar cuán fuerte es la intensidad de este instrumento y las trompetas articularon con precisión las difíciles semicorcheas, Juste Deus en el Recordare y Ante die, perfectos en sus dinámicas y en el diminuendo, eliminación del vibrato ‘romántico’ de la cuerda en el Agnus Dei, cuando todos están en unísono, color de vientos especial y afinación impecable, destacando el oboe solista Mariano Esteban Barco en su diálogo con el tenor solista en la frase Inter oves, o el empaste entre fagot, viola y violoncello en el final del Ingemisco.
Elīna Garanča tiene una amplia variedad de colores que pudo mostrar en su canto, y también mucha expresividad apoyada en una técnica que le permite jugar con las dinámicas. Dio mucha sensación de seguridad. Benjamin Bernheim, el tenor de moda, cantó un Ingemisco memorable, con ese inicio en piano extremo, y la subida al agudo final con poderío vocal y brillo en la voz. No nos gustó tanto el bajo Riccardo Zanellato, voz muy expresiva y cálida para los momentos íntimos, pero que no tenía la pegada suficiente en los fuertes y en el registro agudo, le faltaba algo de presencia. Y, finalmente, Eleonora Buratto, con su madurez pletórica, dio toda una lección de cómo se debe cantar esta música: ataques en los agudos impolutos, color redondo, dramatismo de buena ley en el Libera me final, con una voz que llenaba el auditorio, graves bien colocados y empaste óptimo con Garanča en su dúo.
El Orfeó Català, bastante numeroso, estuvo atento y resolutivo. Tiene buen color para esta música, aunque en algún momento le faltó algo de volumen, y con un pequeño despiste de los bajos, que se escaparon en la fuga final un momento.
Daniele Gatti, dirigiendo de memoria, presentó una versión ágil concatenando la mayoría de los movimientos, y ayudando con sus gestos a orquesta y coro. Pero, y esto es lo más importante, intentando ser emotivo, y consiguiéndolo, y que la música expresara todo el desconsuelo que nos trae la música de difuntos.
Jerónimo Marín
Staatskapelle Dresden.
Orfeó Català.
Eleonora Buratto, soprano. Elīna Garanča, mezzosoprano. Benjamin Bernheim, tenor. Riccardo Zanellato, bajo.
Daniele Gatti, director.
Requiem de Verdi.
Ibermúsica, Auditorio Nacional, Madrid.
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