Mal que bien, pese a las consabidas limitaciones presupuestarias y con loable empeño por parte de los programadores, una meritoria representación de Norma ha supuesto el regreso de la lírica a Cantabria. Dejamos atrás una etapa marcada por la colaboración con la Fundació Ópera a Catalunya y se abre una nueva vía de producción que, con acierto, permite el desarrollo de formaciones propias como la emergente Orquesta Sinfónica del Cantábrico promovida por Paula Sumillera y el Coro Lírico de Cantabria, dirigido por Elena Ramos—a quienes esperamos con interés en futuros títulos—. Ambos conjuntos se integraron de manera solvente con la Orquesta y el Coro del Teatro Nacional de la Ópera de Moldavia en una velada que, además, contó con una respuesta entusiasta del público, que abarrotó la Sala Argenta del Palacio de Festivales y, de paso, sometió a los irreductibles galos a una persistente y poco piadosa catarata de toses.
Desde el foso, Oliver Díaz concertó con acierto e inspiración, y se mostró particularmente hábil en la creación de atmósferas contrastantes y en el acompañamiento atento a las necesidades del canto. El elenco reunido ofreció un nivel global estimable, con un punto especialmente destacado en la prometedora mezzo lírica Ekaterine Buachidze, reciente ganadora del primer premio de Operalia 2025, que construyó una Adalgisa de notable musicalidad, bello timbre, adecuada extensión, emisión canónica y sobresaliente implicación dramática.
Yolanda Auyanet se las vio con el temible rol de Norma, enfrentado por la cantante canaria con la inteligencia expresiva que la caracteriza, un fraseo trabajado con esmero, agilidades suficientes, un registro central bien asentado y un canto declamado acorde con las exigencias de Bellini que minimiza la crudeza de algunos agudos.
Distinto fue el caso de Andeka Gorrotxategi, quien encarnó a Pollione con voz recia y acentos viriles, en una línea que nos recuerda —para lo mejor y lo discutible— a Mario del Monaco. Dueño de un instrumento de naturaleza lírico-spinto y una emisión un punto heterodoxa, encontró su principal baza en unos agudos liberados que, bien proyectados, llenaron la sala; tanto su caracterización vocal como la escénica, inicialmente algo rígidas, fueron ganando en soltura y flexibilidad a medida que avanzó la representación hasta alcanzar su clímax en una convincente escena final.
El resto del reparto cumplió correctamente sus diferentes cometidos: David Cervera como Oroveso, Laura de la Fuente como Clotilde y Víctor Jiménez Moral como Flavio.
En el apartado menos logrado, debemos consignar que la producción escénica del Teatro Nacional de la Ópera de Moldavia apostó por un realismo de pretensión monumental que, lejos de generar espacios propicios para el desarrollo del drama, terminó por constreñirlo. A ello se sumó una dirección rutinaria y escasa de fantasía firmada por Rodica Picireanu, muy eficaz en momentos puntuales (como la escena final), pero más atenta al personaje de Norma que al conjunto, dejando al coro en una posición que se nos antojó excesivamente desatendida, lo cual no dejó de sorprendernos tras su gran trabajo en L’elisir d’amore que pudo verse en Torrelavega recientemente.
Con todo, la velada se saldó a nuestro parecer con un balance positivo y, sobre todo, con la esperanzadora sensación de que la lírica vuelve a abrirse camino en Cantabria, esta vez sobre cimientos que, con el debido cuidado, podrían consolidarse en el futuro inmediato.
Darío Fernández Ruiz
Yolanda Auyanet, Ekaterine Buachidze, Andeka Gorrotxategi, David Cervera, Laura de la Fuente, Víctor Jiménez Moral.
Coro Lírico de Cantabria, Orquesta Sinfónica del Cantábrico, Coro y Orquesta del Teatro Nacional de la Ópera de Moldavia / Oliver Díaz.
Escena: Rodica Picireanu (dirección), Iure Matei (escenografia), Stefan Gilca (iluminación).
Norma de Bellini.
Palacio de Festivales de Cantabria, Santander