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Crítica - Música francesa por un director australiano (ROSS)

Sevilla - 28/01/2020

El programa anualmente dedicado a la música francesa, que durante tantos años dirigió Michel Plasson (todavía recordamos la entrañable despedida en la que colegimos que sabía como última), en esta ocasión estuvo a cargo del australiano Daniel Smith, correcto director, aunque lejos de los encantadores perfumes franceses de Plasson. Por ejemplo, abría con el homenaje que Ravel le dedicó a François Couperin, El Grande, desde su famoso Tombeau, que Smith se limitó a leer con fluidez y desenvoltura, pero sin le charme del músico de Cibour. De hecho, la obra más celebrada -y con razón- de toda la velada fue El carnaval de los animales de Saint-Säens, donde el protagonismo de los músicos hizo de él un actante más. Una obra que por cierto abordaba por primera vez la ROSS en concierto de abono en sus 29 años de existencia (lo había hecho una vez antes en los Concierto para escolares a las órdenes de Juan Luis Pérez, su hijo Juan Pérez Floristán junto a la pianista de la orquesta, Tatiana Postnikova).

El éxito se debió no sólo porque la interpretación de los músicos estuviese a gran altura, sino porque no dudaron en acompañarse con gestualizaciones que contribuyesen a la credibilidad de sus respectivos personajes. Acaso la más llamativa, por infrecuente, fuese la de las pianistas, Postnikova y Kucháeva, por aquello impensable de que un músico se zahiera a sí mismo, aunque nada más con la presentación del león, con esas escalas vertiginosas milimétricamente sincronizadas entre ambos pianos, ya se habían resarcido de cualquier duda de su valía pianística. O Éric Crambes, quien no dudó de narrar con voz verdaderamente de locutor los textos de Francis Blanche, y además hacer el burro (animal de largas orejas) o de gallo/gallina con Vladimir Dmitrenco, un magnífico violinista en la misma proporción que divertido, showman cuando hace falta (añoramos sus conciertos de Navidad) o capaz de adaptarse a cualquier circunstancia.

En la percusión, Gilles Midoux dio vida paleontológico-musical a los fósiles desde su preciso xilófono o Ignacio Martín hizo lo propio desde el glockenspiel a los peces (Aquario), como el clarinete de Piotr Szymyslik de pico del cuco, la flauta áurea de Juan Ronda como pájaro, reservándose para el final un emotivo cisne en la “voz” del chelo de Dirk Vanhuise, muy intenso, como siempre, y aquí justificadamente.

Acaso el mejor momento de plasticidad orquestal fuera la poco frecuentada Petite suite de Debussy, probando el buen concepto de la tímbrica orquestal que tiene el maestro australiano, con un cuidado expreso en el juego de los distintos planos orquestales.

Cerraba la maravillosa y juvenil Sinfonía en Do mayor de Bizet. Aquí estuvo Smith bastante acertado, si bien hizo de la premura bandera desde los primeros compases. Parecía la moda ya superada, y sólo pudiera achacársele tal prisa a su juventud o a las ganas de destacar, porque esa velocidad endiablada nos resultó forzada y originó desajustes en la orquesta, dando la cara más en los violines, los que suelen evidenciar más estos atropellos. Sin embargo, todo vino a encajar en el Adagio, aunque emergió otra porfía: el gusto ya evidenciado en Debussy por recrearse en la sedosidad de las cuerdas, lo que impidió oír cómo Bizet inicia el movimiento con la gestación de un motivo que desencadena el tema “arábigo” principal de este tiempo. Pero en la exposición del segundo tema, donde las cuerdas adquieren protagonismo verdadero en un registro agudo, sí respondieron a esa dirección expresiva y envolvente del director australiano. Además, fue meticuloso en la exposición de la fuga en el mismo movimiento, procurando la nitidez en las articulaciones desde una medida entrada de las cuatro voces. En el Scherzo también corrió y en el Trio volvió a dar cancha a la cuerda en detrimento de las tradicionales protagonistas, las maderas, finalizando en un vivo Allegro, aunque este sí debe ir a una velocidad parecida a la que escuchamos, y acaso por eso ya la cuerda de la ROSS estuvo más ajustada.  

Carlos Tarín

Tatiana Postnikova y Natalia Kucháeva, pianos. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla / Daniel Smith.
Obras de Ravel, Saint-Säens, Debussy y Bizet.
Teatro de la Maestranza, Sevilla.

Foto © Guillermo Mendo

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