La Sinfonía Turangalîla de Olivier Messiaen no es una obra que se prodigue mucho en los escenarios. Razones no faltan: es una partitura que requiere una orquesta más nutrida de lo habitual, sobre todo en la sección de percusión, además de un pianista todoterreno y de resistencia probada, y un solista de un instrumento que no es precisamente habitual en el repertorio, como son las ondas Martenot.
Por si todo eso fuera poco, la música supone un reto para el director, los solistas y la orquesta, y quizás también para el público no familiarizado con un compositor que, para bien y para mal, no se parece a ningún otro. Es una música de marcados contrastes (melodías claramente identificables, algunas rotundas, otras sinuosas, al lado de pasajes puramente abstractos, cuando no especulativos), y que avasalla con su torrente de timbres, ritmos y armonías. Y todo ello durante nada menos que diez movimientos. Pero, siendo todo eso cierto, no lo es menos que la Turangalîla es un auténtico festín para los oídos. Sobre todo si, como fue el caso, cuenta con unos intérpretes que supieron hacerle cabal justicia.
La cita fue en L’Auditori el 24 de abril, un día después de que la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) ofreciera esta misma obra en Madrid, dentro del ciclo Ibermúsica. En el podio se situó Jonathan Nott, un especialista en el repertorio moderno y contemporáneo que, a partir de la próxima temporada, sucederá a Josep Pons al frente de la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu. Al piano, otro nombre que es una garantía en estas lides, como es Pierre-Laurent Aimard, mientras que las ondas Martenot corrieron a cargo de Thomas Bloch, un músico lo suficientemente polivalente como para haber colaborado con Pierre Boulez o Radiohead.
Nott optó por acentuar al máximo el sentido del término Turangalîla, inventado por Messiaen a partir de unos vocablos sánscritos y que viene a significar algo así como “canción de amor, del movimiento y de la alegría”. En ese sentido, su lectura fue una celebración en toda regla, plena, pujante, luminosa, con momentos tan exaltados y a la vez evanescentes como el cuarto movimiento, Chant d’amour 2. El frenesí de la danza brilló a una velocidad de vértigo en el quinto, Joie du sang des étoiles, y en el Finale, mientras que el sexto, Jardin du sommeil d’Amour, fue un oasis de paz de una transparencia cristalina. En cambio, el tercer movimiento, Turangalîla I, o el octavo, Développement de l’amour, destacaron por su tono ominoso, incluso agresivo, resaltado con crudeza por los metales y la percusión.
Para el pianista, la obra es un tour de force de extrema dificultad por sus amplios saltos de registro y su complejidad rítmica, con el agravante de que no se trata de un concierto propiamente dicho. Pero Aimard conoce esta música a la perfección y, tras un inicio en el que quedó un tanto ahogado por la orquesta, acabó sentando cátedra. La labor de Bloch, por su parte, es mucho más discreta, pero esencial para dar a la obra su color especial.
La OBC, muy rejuvenecida en todas sus secciones, confirmó una vez más que se halla en un estado de forma excelente. Si a ello se añade que al frente tenía un director de sobrada experiencia y capacidad comunicativa, su entrega fue máxima y el resultado, pletórico.
Juan Carlos Moreno
Pierre-Laurent Aimard, piano; Thomas Bloch, ondas Martenot.
Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya / Jonathan Nott.
Sinfonía Turangalîla, de Messiaen.
L’Auditori, Barcelona.