Once temporadas hacía que Masaaki Suzuki no volvía a contactar con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León; su trayectoria atrajo a un público que volvió a llenar el Auditorio y disfrutó con el menú servido en este décimo sexto programa de Abono, que ofrecía 3 de las especialidades que el Maestro (Köbe, 1954), Director de Coro y Orquesta, clavecinista, organista y Fundador y Director del Bach Collegium Japan, alumno aventajado de Ton Koopman, ha ido cocinando con gran éxito en su ya larga carrera.
El primer plato obligado, sólo podía salir de la despensa de Juan Sebastián Bach, de la que Suzuki es más que acreditado cocinero. Escogió la Suite para orquesta nº 3 en Re M., BWV 1068 (c. 1730), para el Collegium Musicum de Leipzig, más rica en instrumentación y brillantez pues se ejecutó al aire libre; la escribió en el estilo que se utilizaba en la Corte de Francia. La Obertura es solemne y grande, con una fuga enérgica y viva, con metales limpios y precisos, quizá excesivos en momentos sobre la lógicamente reducida cuerda, 19 profesores, y el clave (por cierto, muy hábil y preciso en todo momento). Hay que señalar ya la dificultad que supone para estos músicos sinfónicos, adaptarse y servir estos repertorios barrocos, cuando tristemente casi no se programan en sus temporadas, despreciando su valor formativo para las plantillas y la belleza de sus partituras para los oyentes que, afortunadamente, pueden gozarlas por conjuntos especializados cada vez mejores.
Suzuki sabía muy bien lo que quería y los músicos pusieron mucho interés en seguirlo, (la concertino se esforzó en ello con entusiasmo y acierto, al igual que sus compañeros), pero la exigente escritura, la delicada afinación y la viveza de los tempi resultaron duros, pero sí hubo estilo y línea emanados desde el podio. El famoso Aria, (aún más por su posterior arreglo para violín solo), para cuerda y clave, tuvo al contrabajo como sólido soporte rítmico, manteniendo el pulso en ese “caminar” que el oído percibe sobre la hermosa melodía, anticipando lo que se convertiría en el bajo continuo. Atacaron las Gavotas I y II, contrastadas, elegante la II y alegres ambas, en las que la articulación de la cuerda funcionó pareja en todos, siendo la mejor danza de la Suite. La ligera y rápida Burré dio paso a la saltarina y vivaz Giga, difícil de mantener tensión en la cuerda, donde el timbal fue exacto en el ritmo, ayudando al Maestro a mantener el aire buscado, para que la versión fuese notable alto y la respuesta del público más que calurosa ante lo casi novedoso, ejecutado con entrega y óptimamente dirigido.
Mozart siguió después en el mundo clásico (escaso también en las programaciones), con la Sinfonía nº 25 en Sol m., K 183 (1773), primera que a los 17 años compuso en tono menor, que le llevó a anticipar el estilo “Sturm und Drang” (tormenta e impulso) y que fue apodada como “La pequeña”, frente a la nº 40 de igual tonalidad. La interpretación aquí alcanzó el sobresaliente total, pues todos los ingredientes de este segundo plato, dieron el sabor y textura buscado por el Chef.
El Allegro inicial tuvo el brío pedido, funcionando como si fuera una obertura de ópera, con las cuerdas (ya 31) creando la adecuada tensión, con la línea del bajo participando de la melodía dramática (tanto que N. Forman la escogió para su film “Amadeus”). Las inusuales entonces 4 trompas contribuyeron con acierto a ese sonido tenebroso, ayudadas por las parejas de oboes y fagotes, todos con gran efectividad y afinación. En el reflexivo Andante se pudo oír nítida a cada familia dentro del conjunto como personajes ariosos operísticos y a musicales dúos violines-fagotes. El Minueto fue perfecto scherzo garboso pero serio, que se iluminó en el Trío, pasando el Sol de menor a mayor, con los vientos (sin trompas) en gustoso aire campestre. El Allegro final recuperó el drama inicial y modelo de bruscos cambios ajustados de dinámica, culminando una versión brillante de la Sinfonía, acogido con entusiasmo por la sala.
El tercer plato vino con la Sinfonía nº 5 en Re M. (como el primero), op. 107 “Reforma” (1829-30), de Mendelssohn. En realidad, fue su “2ª”, para conmemorar el Tricentenario de la “Confesión de Augsburgo” (1530), que sentó las bases de la Reforma Luterana de la Religión, tanto que, en principio, el título era “Sinfonía para la celebración de una Revolución religiosa”. El programa cobraba así su total sentido musical aún con épocas y fines diferenciados. Solemne el Andante y fogoso el Allegro, con la cita del “Amén de Dresde”, secuencia de 6 notas cantadas que J.G. Naumann compuso hacia 1764 para la Capilla Real de la Corte de Dresde, que se hicieron populares y han usado diferentes compositores, tanto luteranos como católicos.
El Vivace, otro scherzo donde se lucieron los vientos y un Trío donde hicieron lo mismo el oboe y cuerdas, todo muy dinámico. El Andante, breve como un interludio hacia el final, trajo a flautas, fagotes y cuerdas en coro del que, como introductor del coral que sustenta todo el movimiento final, surgiendo la flauta a solo cantando el “Dios es nuestra fortaleza” (música y texto del propio Lutero), base de toda su Fe; añadidos contrafagot y tuba para remedar el antiguo serpentón y hecho con unción el homenaje a esa Fe por los clarinetes, se redondeó una interpretación, que tuvo la solemnidad, unción y brillantez a que tal conmemoración obliga, gracias a la energía, vitalidad y sapiencia que Masaaki Suzuki posee, la colaboración de una OSCyL totalmente colaboradora y a la emoción que caló en el auditorio, que obligó a repetidos salidas y saludos de Maestro y protagonistas.
José Mª Morate Moyano
Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL) / Masaaki Suzuki
Obras de J. S. Bach, W. A. Mozart y F. Mendelssohn
Sala Sinfónica “J. L. López Cobos” en el CCMD de Valladolid