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Crítica / Melodías de cine - por Paulino Toribio

Madrid - 15/06/2026

Si hay una calificación para el violinista Renaud Capuçon, esta es que sabe esculpir como nadie las mil y una formas en que se puede decir una frase y además lo hace con tanta solvencia y determinación que quedan ahí para siempre. Y por encima de todo esto está su capacidad para crear y construir un sonido especialmente rico en armónicos. Con un vibrato poderoso que regula a su antojo, además de su velocidad de arco,  alcanza cotas expresivas que muy pocos consiguen. Él lo sabe y por eso mismo nos deleita con sus capacidades.

En la primera parte, dos obras de muy diferente condición y de gran dificultad técnica y expresiva, la sonata de Ravel no 2 en Sol Mayor, utilizada en la película “Un corazón en invierno” de Claude Sautet. La sonata está inspirada en temas del jazz y del blues y presenta una conjunción violín-piano extremadamente compleja, elemento que parece utilizar Sautet para la difícil relación entre los personajes de su película.

Tanto René Capuçon, como el pianista Guillaume Bellon, resuelven a la perfección todos los escollos de esta partitura. Capuçon se ajusta a los glisandi propios del jazz, en el primer tiempo y muestra un virtuosismo controlado en el motto Perpetuo del último movimiento, además de su sonido siempre envolvente y cautivador. Bellon por su parte es preciso, flexible, rápido, casi eléctrico, perfectamente coordinado con el violín.

Ravel concluyó esta sonata cuando tenía en mente escribir “Tzigane”, una de las obras más complejas del repertorio violinístico, o sea que por su cabeza ya circulaban retos de todo tipo para este instrumento. También pensaba que el violín y el piano por su diferente naturaleza eran “incompatibles” y de ahí esa especie de pugna que se aprecia en esta sonata.

Pocos años antes, Darius Milhaud estrenó su obra “El buey sobre el tejado”, obra destinada a acompañar una de las películas mudas de Charlie Chaplin y que está escrita a modo de rondó, repitiendo el tema en doce tonalidades mayores. La discrepancia rítmica con el piano, la poli-tonalidad, hacen de esta obra un fresco muy sugerente, lleno de vitalidad y energía que motivan al público a moverse al ritmo de su pulsación, algo que pudimos observar.

Capuçon y Bellon resolvieron todas las dificultades técnicas con alegría y además contagiaron al público de esa energía irrefrenable. Una primera parte sólida, comprometida y muy amena.

En la segunda parte, se mantiene la asociación con el cine, pero esta vez los intérpretes escogen una selección de obras cortas, melodías de ayer y de hoy, muy llamativas, temas que han cruzado ya el vértigo de la posteridad, temas eternos de Morricone, Williams, Delerue, Chaplin y Mancini. Todo magníficamente interpretado, expresivo, especialmente emotivo el tema de “La lista de Schindler” de Williams, cercano, sin excesos sentimentales y un Moon River de Mancini para finalizar, plagado de recuerdos y reminiscencias. Parecía que estábamos a bordo de un crucero estival o en un Café Concierto al uso de principios del XX.

Sin embargo, insistimos, la solvencia de ambos intérpretes y el cautivador sonido de Capuçon, hicieron de esta concesión, algo edulcorada, un memorable recuerdo, tanto es así que se incluyeron al final hasta tres bises.

Paulino Toribio

 

Auditorio Nacional de Música. Sala de Cámara

Ciclo Fronteras, CNDM

Jueves 11 de junio, 19’30h

Obras de Ravel, Milhaud, Chaplin, Williams, Morricone, Delerue y Mancini.

Renaud Capuçon, violín

Guillaume Bellon, piano

 

Foto © Elvira Megías

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