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Crítica / María Dueñas brilla y Stenhammar sorprende en el FIS - por Darío Fernández Ruiz

Santander - 21/08/2026

La segunda mitad del 75° Festival Internacional de Santander arrancó con ese aire sinfónico que le es consustancial, la visita de la Orquesta Real de Suecia y un concierto de notable nivel. El atractivo era múltiple: por un lado, la orquesta nórdica se presentaba en estos lares; por otro, el programa enlazaba el clasicismo de Mozart, el romanticismo de Bruch y Wagner y, entre ambos, una incursión especialmente bienvenida en el sinfonismo sueco de Wilhelm Stenhammar. Por último, claro está, había ganas de escuchar a la ya consagrada María Dueñas.

La velada comenzó con la Obertura de La flauta mágica de Mozart. La batuta de Alan Gilbert acertó desde los tres acordes iniciales, solemnes pero sin pesantez, y encontró después en el Allegro el pulso preciso para hacer visibles los juegos de imitación sin convertirlos en un ejercicio académico. Todo estuvo en su sitio, bien acentuado. Claridad, impulso, transparencia. La orquesta respondió con una sonoridad equilibrada y una articulación limpia, dejando que la arquitectura mozartiana se explicase por sí misma.

A continuación, el Concierto para violín n.º 1 en sol menor, op. 26, de Max Bruch, permitió comprobar la justa fama y vibrante singularidad de María Dueñas y el milagro artesanal de su Stradivarius «Michelangelo», de 1718. Su sonido no busca imponerse por volumen ni por densidad. Su principal baza está en otra parte: en un fraseo muy personal, una evidente inteligencia musical y una manera de conducirse, de dibujar la línea que evita la rutina incluso en una obra tan frecuentada.

Desde el carácter rapsódico del primer movimiento quedó clara esa voluntad de decir algo propio. Dueñas lo hizo sin forzar su voz, graduando cuidadosamente las tensiones y buscando siempre intención detrás del virtuosismo. El Adagio confirmó esas virtudes. La melodía avanzó con naturalidad, sin sentimentalismo añadido, sostenida por una orquesta atenta al diálogo con la solista, indudable mérito de Gilbert. Y en el Allegro energico apareció la otra cara de la violinista: nervio, precisión, ligereza. El ritmo adquirió mordiente y los episodios más líricos conservaron su capacidad de expansión sin detener el discurso.

El público, animado y animoso, respondió con entusiasmo, dando a entender que lo escuchado ya justificaba toda la velada; Dueñas correspondió ofreciendo dos propinas muy distintas: el melancólico Valse triste de Franz von Vecsey y la desenfadada y rítmica Applemania de Aleksey Igudesman. Dos miniaturas que permitieron mostrar otros dos perfiles de una intérprete de acusada personalidad.

La segunda parte reservaba uno de los mayores atractivos de la noche: la Serenata en fa mayor, op. 31, de Wilhelm Stenhammar, compuesta entre 1909 y 1914 y todavía demasiado infrecuente fuera de los países escandinavos. Aquí la Orquesta Real de Suecia hablaba su propia lengua.

Y la habló con fluidez. La música de Stenhammar exige ligereza, color y una atención constante a los detalles instrumentales. Gilbert dejó respirar la partitura y la orquesta mostró la notable calidad de todas sus secciones. Cuerdas flexibles y bien empastadas. Maderas de marcada personalidad. Metales seguros, brillantes cuando era necesario, pero capaces también de integrarse en el conjunto.

La Obertura arrancó con energía y dejó escuchar con nitidez el contraste entre las cuerdas agudas y los violonchelos. La Canzonetta, con su leve balanceo de vals, encontró un tono elegante, sin afectación, y un hermoso diálogo entre clarinete y violonchelos. Más incisivo fue el Scherzo: rápido, vivo, lleno de color, con la caja marcando con precisión su episodio de aire marcial. El Notturno abrió después un espacio distinto. Más quietud. Más sombra. El solo de oboe emergió con especial elocuencia sobre las cuerdas, mientras las llamadas de las trompas aportaban una lejana resonancia pastoral. El Finale, iniciado precisamente por la trompa, recompuso poco a poco los materiales hasta conducirlos a una conclusión delicada, casi suspendida e inesperada. Fue probablemente el momento en que mejor se entendió la personalidad de esta orquesta: calidad sin ostentación, precisión sin rigidez y una extraordinaria atención al color.

La Obertura de Tannhäuser cerró el programa con evidente expectación entre el público, pero nos dejó, sin embargo, una impresión un punto más irregular. Gilbert construyó con solvencia el gran arco de la pieza y permitió escuchar con claridad la oposición entre la solemnidad del coro de los peregrinos y la agitación cromática del Venusberg. La orquesta volvió a responder con medios sobrados. Pero faltó -o al menos así se nos representó- un punto de tensión interior. Hubo pasajes bien armados, correctamente resueltos, que no terminaron de adquirir la temperatura dramática que Wagner reclama. La música avanzaba, la estructura estaba ahí, pero la brasa no siempre ardía. Y el desequilibrio se hizo particularmente perceptible en los compases finales, cuando el metal, demasiado presente, terminó por cubrir el ostinato de la cuerda que sostiene el regreso triunfal del himno. Mucho sonido, pero algo menos relieve del deseable.

No empañó ello un concierto de nivel muy alto. María Dueñas confirmó una personalidad y magisterio que no necesita recurrir al efectismo para hacerse escuchar; la Orquesta Real de Suecia exhibió una calidad notable en todas sus familias instrumentales; y Gilbert ofreció sus mejores resultados allí donde claridad, ritmo y equilibrio se convertían en motores del discurso. Sobre todo, el descubrimiento —o redescubrimiento— de la espléndida Serenata de Stenhammar terminó dando a la velada algo más que brillantez: otra razón para recordarla.

Darío Fernández Ruiz

 

Obras de Mozart, Bruch, Stenhammar y Wagner

María Dueñas, violín

Orquesta Real de Suecia

Alan Gilbert, director

75º Festival Internacional de Santander

Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria

 

Foto © FIS / Pedro Puente

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