El segundo programa de Temporada de abono de la OSCyL en su sede vallisoletana, con habitual lleno, se dedicó a celebrar el sesquicentenario del nacimiento del compositor gaditano Manuel de Falla, desde su reconocido por él como primer Maestro en lo musical, Felipe Pedrell, hasta su estancia en París para consolidar su instinto creativo con Claude Debussy y su entorno, que estaban desarrollando ese Impresionismo en Música, concordante con el que florecía en Pintura y otras Artes en el momento.
El repertorio elegido no era fácil de interpretar, no sólo por la escritura sino por exigir una sutil diferenciación del carácter de cada autor, sin caer en cierta monotonía por la similitud de guía estilística. Encargado de buscar esa especificidad fue Pablo Rus Broseta (Valencia, 1983), Director Invitado por segunda vez, Asistente en la Sinfónica de Seattle en 2015 y su Asociado hasta 2019; de 2017 al 24 Director de la JOCV y con importante carrera internacional; en 2011 fundó la Orquesta de Cámara “Grupo Mistour”, para programar música ecléctica y multidisciplinar. Técnica correcta, quizá algo rígida, como si su estatura en el podio le hiciera sentirse lejano a la orquesta y acortase esa distancia encorvando la figura, restando vuelo y brillo al sonido, lo que no le benefició hoy.
Se comenzó con lo que fue el último estreno de Falla en su exilio argentino, la Suite orquestal “Homenajes” (1938-39), donde insertó efectivamente cuatro dedicatorias a otros tantos Maestros, con un número central, “llamada de la fanfarria”,que recuerda la inicial sobre el nombre de E. Fdez. Arbós (1933), que sirve para dar continuidad y lógica a la Suite; en ambas hubo contenido lucimiento de los metales. Las siguieron a Debussy (Elegía de la Guitarra) (1920), arreglo para orquesta del tombeau que escribió para la muerte del francés y donde Falla cita al final “La tarde en Granada” del propio Debussy, agradeciendo y estudiando cómo hace para reflejar la guitarra en la cuerda. A P. Dukas (Spes vitae) (1935) es un planctum tras su muerte y Pedrelliana (1938), la más larga y elaborada con Temas de la ópera “La Celestina”, (uno de los mejores intentos de su Maestro por establecer una “ópera española” más libre de italianismos y germanismos, basada en nuestro variado y rico folklore); fue la mejor versión de los cuatro Homenajes, donde ya trompas, oboes y arpa, mostraron su excelente momento.
Siguió después El amor brujo, ballet santo y seña internacional de D. Manuel, hecho aquí como suite orquestal, cuarta vez para la OSCyL y tercera para Marina Heredia, cantaora (Granada, 1980), 10 años después de la primera, tesitura de mezzosoprano, hija del afamado “El Parrón”; ha desarrollado su arte y su escuela en multitud de escenarios. Nos pareció que Rus Broseta potenció mucho el carácter de suite sinfónica sobre el de “la Gitanería” que el ballet expresa, rompiendo incluso con pausas la continuidad de los números en perjuicio de la narración. La cantaora estuvo correcta en el estilo, pero creemos se vio perjudicada por la moda de sonorizar (y no muy bien) a algún solista, metalizando el timbre y variando color y volumen sin dominio total de esa técnica. Así las cosas, la Introducción ya fue fría y rígida, faltó misterio e incisividad en El aparecido y la Danza del terror, garra en la del ritual del fuego y, sorprendentemente y a pesar de ser textualmente pedidas por la cantaora, sonaron poco Las campanas del amanecer, con lo que el exultante final que culmina la historia de Candelas, quedó difuminado. No obstante, la OSCyL estuvo bien, tocando como se le pidió; los mejores momentos se dieron con el oboe, exigido y solvente toda la sesión; El círculo mágico; la flauta en la Escena; dos cellos, viola y contrabajo en la Pantomima y limpísimo el trompa en su pianísimo de la Danza del juego del amor.
La segunda parte fue para el París de la época. Debussy, espejo principal del conmemorado, la inició con Sus Nocturnos I y II: Nubes y Fiestas (1897-99), inspirados en las tenues pinturas de J. Mc. Whistler, referencia del Impresionismo, Esas Nubes, suspendidas en un cielo en calma, con un motivo recurrente del corno inglés, bien expuesto en su misterio, sobre maderas y cuerdas con sordina, acentuando así la suavidad de sus texturas. Fiestas permite de nuevo lucir a las maderas como aire que vibra con la luz, ritmo, color y ruidos de una fiesta nocturna, incluyendo dinámica y fantástica procesión animada por trompetas y percusión. Maestro y OSCyL acertados en la literatura, pero parcos en la sutileza, sugerencia y finura imprescindibles.
El cierre fue con Iberia, segundo movimiento de Imágenes para orquesta (1905-08), a su vez con tres secciones con título. Por las calles y los caminos, donde Debussy quiere reflejar cómo es su aire libre español, luz, energía y movimiento, como las ternarias e idealizadas “sevillanas” con castañuelas y pandereta, y pequeñas frases que surgen y desaparecen entre calles, con maderas, trompas y trompetas dando vida. Los perfumes de la noche, sueña Andalucía nocturna, delicada y olorosa, con violines en divisi y giros españoles en oboe, flauta, celesta y timbal con finura, y especial atención al rasgueo fingido de guitarras en el cante. Mañana de un día de fiesta, amanecer de una gran celebración, al que se aproxima el sonido mezclado de popular marcha militar con sones tradicionales y ¡cómo no!, la guitarra de nuevo, que él pide con violines y cellos bajo el brazo (aquí solo violines) para con pizzicati imitar mejor el sonido típico español, (lo que interesó mucho a Falla); campanas y explosión de fiesta en brillante final.
En medio y en primicia para la OSCyL, El sueño de Cleopatra, op. 180 inédito en vida, de Mel Bonis (1858-1937), francesa que ha ido ganándose un puesto en los Programas por su buen hacer, dificultado por el hecho de ser mujer. Aquí, a su formación impresionista añade un moderno y suave orientalismo muy de moda en la época, más basado en la mecánica del sueño que en la personalidad de la propia protagonista. Estructurada como un “Nocturno”, sus secciones describen el inicio del descanso real, con maderas, cuerdas y arpa delicadas; la inestabilidad onírica central, dramáticamente creciente variando ritmos y densidad orquestal; y desvanecimiento final en que los motivos musicales se van disolviendo hasta desaparecer del todo, en tranquilo sueño.
Concierto algo fallido por lo comentado pero, eso sí, bien leído y tocado, aunque falto de detalles. El público lo acogió muy bien.
José Mª Morate Moyano
Marina Heredia, cantaora
Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL) / Pablo Rus Broseta
Obras de M. de Falla, C. Debussy y Mel Bonis
Sala Sinfónica “J. López Cobos” del CCMD de Valladolid