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Crítica / Homenaje al movimiento - por Juan Gómez Espinosa

Madrid - 15/11/2021

Sobre el escenario, sólo tres figuras: el chelista Josetxu Obregón, el teclista Daniel Oyarzábal y la bailarina Iratxe Ansa. Por detrás de las tablas, o flotando sobre ellas, la profesora Begoña Lolo, ideóloga del proyecto para el Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Música. Estas cuatro personas fueron suficientes para levantar un homenaje al movimiento.

Desde una óptica superficial, parece que todo espectáculo con danza puede constituirlo. Si entendemos el movimiento como una serie de acciones corporales, por supuesto que sí, pero el movimiento posee muchas más dimensiones. Lolo, Ansa, Oyarzábal y Obregón las contemplaron todas.

La música, en esencia, nace del sonido, que nace, a su vez, de la vibración (movimiento). La interpretación de los instrumentistas resultó excelente, tanto en los momentos individuales como en los dúos (pocas veces se ve hacer música de cámara con unos artistas que apenas se miran porque “se respiran” juntos, como en este caso). El tiempo no deja de ser una sucesión de eventos, puro movimiento, y el espectáculo se estructuró a través de una línea cronológica que partía del siglo XV y terminaba en el XX.

En el seceso de las edades, la sociedad también se transforma, se mueve; todos los autores representados comparten una cuna alemana que, desde un canto de deseo entre el medievo y el renacimiento (Pauman), llega a una contemplación inquietante del arte (Hindemith) y deja testimonios de dialécticas generacionales (los Bach, claro, pero también los románticos debatiéndose entre qué tomar de la tradición y qué romper); instrumentistas y bailarina tejieron la sucesión de estéticas sin histrionismos, conscientes de que nada hay más natural que fluir.

Cualquier tipo de traslado es movimiento, por supuesto, y los intérpretes no dejaron de trasladarse, ya fuese para cambiar de instrumento (Obregón utilizó tres tipos de chelo: barroco, piccolo y romántico; Oyarzábal se mudó de un organetto al gran órgano de la sala de cámara, realizando parada en un clave), ya para rastrear todos los rincones y los objetos del escenario (Ansa); como cima del traslado (real y metafórica), las tres figuras llegaron a ascender hasta la grada del órgano. Todo esto fue lo evidente. Pero, bajo la piel y el sonido, este animal consciente que es el humano se retuerce, se excita, se rompe, se transforma... se mueve. Es la dinámica emocional a la que no siempre atendemos.

Los intérpretes desplegaron afectividad: entre ellos y hacia los compositores, por supuesto, y eso posibilitó la enorme calidad del espectáculo. Pero también hacia sí mismos. El convencimiento de lo que estaban defendiendo se deslizó hasta el público, encantado de que el Auditorio de Madrid abra sus puertas a espectáculos que van más allá del concierto convencional. Ansa se alzó como el ejemplo supremo de esta coherencia emocional: convirtió su organismo en un instrumento total; generó vibraciones de turbación y de serenidad, de tragedia y de luz; y no sólo con sus movimientos corporales y su coreografía, sino incluso con la manera de observar desde lo alto de la grada y el aire que dejó escapar a cada exhalación.

Al final, la inspiración del bailarín Noverre y su idea del “cuadro sonoro” transcendió el puro imaginismo y se convirtió en un monumento de lo dinámico. La propina, en forma de Bolero de Ravel “a tres”, reafirmó una idea esencial: el movimiento, incluso en dimensiones mínimas, celebra la humanidad.

Juan Gómez Espinosa

 

«Cuadro sonoro en movimiento»

XLIX Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Música (UAM)

CSIPM. Universidad Autónoma de Madrid.

Intérpretes: Josetxu Obregón (violonchelo), Daniel Oyarzábal (órgano y tecla), Iratxe Ansa (coreografía y danza).

Idea original de: Begoña Lolo.

Fecha y lugar: 13 de noviembre de 2021. Auditorio Nacional de Madrid.

(foto. imágen del ensayo del espectáculo)

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