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Crítica / Hildegart, terrores claustrofóbicos - por Ramón García Balado

A Coruña - 12/10/2021

Hildegart, una historia de paranoia y esquizofrenia, que atrajo la atención de Almudena  Grandes- La hija de Frankestein, de Fernando Arrabal- La virgen roja- o de Fernán Gómez-Mi hija Hildegart-, por este  caso de posesión destructiva de la propia madre, Aurora Rodríguez Carballeira. El genio y la locura que convertirán esa historia en uno de los parricidios que no dejaron de atraer la atención de quienes  se acercaron a esa terrorífica historia. Enriqueta Rodríguez Carballeira, sería tratada por el  psiquiatra Guillermo Rendueles Olmedo, en una España en la que las opiniones autorizadas, eran las del coronel Vallejo Nájera y J.J. López Ibor. Eduardo de Guzmán, periodista, la entrevistó en su internamiento en Ciempozuelos, y frutó de ello fueron los artículos recopilados en Aurora de sangre.

Hildegart, ballet sinfónico de Juan Durán, obra que con fortuna, algún día subirá a escena, pero que nos llega como un avance, partiendo  de una obertura que se abre con una marcha sombría, sobre un motivo de cuatro notas, marcado por clarinetes y una percusión que traza un ritmo obsesivo, apoyado por viola y chelos, continuando brillantes trompas y violines que realzan la tensión trágica. 

Un primera escena, Ciempozuelos, Aurora confinada, nos arrastra a una sombría situación entre chelos y contrabajos, mientras ella mece una muñeca de trapo. Canta el clarinete al que responden arpa y trompas. Ese clarinete que crea cierta inquietud hasta que el ambiente se dinamiza en espera del final de escena.   Jardín de sabiduría- segunda escena-, movimiento sereno en una atmósfera refinadamente elevada que describe la talla intelectual de Hildegart,  sus temores y anhelos. El arpa con el piano y glockenspiel, contribuyen al clima de ensoñación, con un fondo de flautas y corno inglés, enriquecidos por detalles de vibráfono y trompas, con las cuerdas en sordina.

Aclamación de Hildegart- tercera escena-, la protagonista aclamada en los medios sociales del momento, en una sociedad agitada de cambio social. Movimiento coral de talante rítmico, escrito en 8/8, subdividido en tres partes, con sugerentes cambios de acento que acentúan importantes posibilidades.  Percusión y pizziccati de las cuerdas, entre fuertes acordes de maderas y las propias cuerdas. La sombra obsesiva de la madre sobre la hija.  Pasamos al “Dúo de amor”, un diálogo entre maderas y de estas con la cuerda aguda. Momento lírico iluminado por trompas y  arpa, interrumpido por el timbal.  Quinta escena, o el Madrid convulso, la Segunda República, la llegada de Hitler al poder y que se abre con la marcha de la Obertura. Resurgirá una marcial llamada de trompetas, mientras el sonido de la orquesta se va desvaneciendo.

Madre e hija- sexta escena-, el enfrentamiento con cuatro golpes de timbal doblado por los chelos, hacia una serie de crescendi  del tutti, alternados con acordes cortantes. Vuelve a destacar la percusión reflejo del reproche entre madre e hija, antes de enfrentarnos a las súplicas de Hildegart, descritas por corno inglés, fagot y clarinete bajo.  Asesinato- última escena-, Hildegart sola y sin consuelo, se retira. La percusión en registro grave, para que se incorporen las cuerdas, anuncio de la entrada de Aurora, en un aumento de la tensión, descrita por violines, y clarinetes, a los que se añaden metales y el resto de las maderas, en un tutti, de dramatismo angustioso. Las cuerdas con rápidos arpegios, desembocan en una larga nota llena de tensión. La consumación del crimen. Palabras del autor para la entrada de cada escena, de esta pieza de temple expresionista y con resabios de Prokofiev o Shostakovich.

Sergei Prokofiev, con ese tratamiento en arreglo del ballet Cenicienta (Zóliushka, en ruso), a cargo de Daryl Griffith, en una opción meditada por Paul Daniel, en este acercamiento a dos ballets. El autor realizará revisiones del libreto  con Nikolai Vólkov, autor de otros como La llama de París o La fuente de Bajchisarai, de Asáfiev, o Spartacus, de A. Kachaturián y que en este caso, vendrá por el interés del Teatro Kirov, tras el éxito de Romeo y Julieta. Prokofiev tras una estancia en Perm, completó este ballet, Cenicienta Op. 87, en 1942, aunque dos de sus actos habían sido escritos dos años antes, a principios de 1941. La partitura del ballet, está repleta de números estáticos del ballet convencional, que habrían desilusionado a Diaghilev: Varios pas de deux, un adagio, una gavota, valses, una pavana, un pasepied, una bourré, una mazurka, varios galops. Muchos sin relación directa con la acción psicológica o dramática.

Cada personaje tiene su propia variación, sostendría Prokofiev, en apariencia orgulloso, obviando su anterior desprecio por los consabidos números  estáticos, destinados  a exhibir la técnica de una bailarina. Si Diaghilev le hubiese pedido una Cenicienta, no cabe duda alguna que habría sido más breve, en el estilo de El hijo pródigo, en un solo acto. El libretista Nikolai Vólkov, pasaba por ser un talento experimentado, aunque convencional y aquí se acerca el cuento universal de Charles Perrault, de 1697, reelaborado después por los hermanos Grimm. Prokofiev, no dudará en añadir cambios y agregados, acentuando los elementos grotescos y humorísticos, mostrando su apego hacia la caricatura. Músico y libretista, habían probado en un principio con una versión rusa  grabada por el folklorista Alexander Afanásiev, pero que acabaron desechando.

Ramón García Balado        

 

Real Filharmonía de Galicia / Paul Daniel  

Obras de Juan Durán y Sergei Prokofiev

Auditorio de Galicia, Santiago de Compostela

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