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Crítica / God Save the Queen - por Gonzalo Pérez Chamorro

Madrid - 03/03/2023

Entiéndase el “The Queen” del título por la música de Edward Elgar y su relación con la London Philharmonic Orchestra (LPO); y aún más con las Variaciones Enigma, obra que precisamente la LPO ofreció en Madrid en el primero de los dos conciertos en los ciclos de Ibermúsica (del segundo podrán leer la crítica en la edición impresa de RITMO de abril). ¿Y por qué The Queen?, habiendo orquestas londinenses tan afamadas y elgarianas como la London Symphony, Philharmonia o Royal Philharmonic… Pues porque nada más y nada menos es la que atesora más grabaciones de esta obra, contando batutas tan insignes como Solti, Barenboim, Boult, Haitink (en el propio sello de la LPO), Slatkin o Bryden Thomson. Llevan el ADN Elgar en sus venas, transmitido de generación en generación, conociendo cada secreto de estas músicas victorianas repletas de una emoción nostálgica de otras épocas, la del sinfonismo romántico que daba sus últimos coletazos.

Edward Gardner, titular de la LPO, no tiene el nombre de otros maestros, pero conoce bien su orquesta y sabe destacar sus virtudes; tampoco la LPO tiene solistas tan relevantes como la de sus vecinas London Symphony o Philharmonia (especialmente en las maderas), pero su redondez y soltura es una garantía.

Si hace poco escuchábamos una fantástica Octava de Dvorak por la Bamberger Symphoniker y Jakub Hrusa, ahora le tocó el turno a la Séptima Sinfonía del checo, una música más dramática, especialmente por el Re menor que define su oscuro comienzo y su “enigmático” final, especialmente porque hablamos de Dvorák, compositor de felicidad nostálgica, esa que siempre conduce hacia un final feliz.

No tuvo este Dvorak el canto melódico que le imprimió Hrusa con la Orquesta de Bamberg, pero su robustez y poderío fueron bien remarcados por Gardner, maestro eficaz aunque poco dado a la genialidad. Se echó en falta mayor lirismo en el Scherzo, aunque hubo logros muy trabajados como la intensidad de los metales y la percusión, que remarcaba la parte oscura de una música que camina por un sendero indefinido entre luces y sombras.

Si las Enigma eclipsaron a Dvorák, no es solo porque esta música deje un hermoso recuerdo en el oyente, fue porque pocas veces podrá escucharse con tal plasticidad y elegancia, conocimiento y detalle, involucración y sabiduría. Es un ADN Elgar que sale a relucir en cada “variación”, hasta en un Nimrod que erizó el vello y que silenció de emoción todo el Auditorio.

Ambas obras tuvieron en el concierto un hilo invisible común, ya que fueron estrenadas en la St. James Hall de Londres, Dvorak en 1885 y Elgar en 1899.

Gonzalo Pérez Chamorro

 

London Philharmonic Orchestra / Edward Gardner

Obras de Dvorák y Elgar

Ibermúsica, Auditorio Nacional, Madrid

 

Foto © Rafa Martín / Ibermúsica

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