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Crítica / Gala lírica de Plácido Domingo: el león y el tiempo - por Darío Fernández Ruiz

Santander - 31/05/2026

Hay artistas cuya carrera puede medirse en temporadas, otros en décadas y algunos, muy pocos, en épocas. A esta última categoría pertenece Plácido Domingo, cuyo regreso al Palacio de Festivales de Cantabria, treinta años después de su última comparecencia en Santander, sirvió para clausurar su temporada lírica y para recordar a cuantos llenaban la sala que el tiempo, tan poderoso sobre los hombres, no siempre logra imponerse de igual manera sobre los mitos.

No es pequeña fortuna para una temporada concluir de semejante modo, ni debe pasarse por alto el papel desempeñado por Isabel Ibarra, responsable del Palacio de Festivales y Cristina Presmanes, que ha estado al cargo de la programación tanto de la zarzuela La Revoltosa como de esta gala de clausura y ha contribuido a dotar de ambición a la oferta musical santanderina.

Concurrieron a la cita cuatro cantantes que parecían representar, cada uno a su manera, distintas edades y estados del arte del canto. Estaba, en primer lugar, Domingo, llevando consigo no sólo una voz, sino la memoria de una voz; no sólo un instrumento, sino el recuerdo de cuanto aquel instrumento ha sido capaz de realizar a lo largo de más de medio siglo. Frente a él se situaban Arturo Chacón-Cruz e Irina Lungu, ambos en esa esplendorosa madurez en la que la experiencia ya ilumina el camino sin que las facultades naturales hayan comenzado todavía a retirarse. Cerraba el cuadro Eva Marco, artista joven y mediática, poseedora de ese saludable apetito de escenario que constituye una de las condiciones indispensables para cualquier carrera duradera.

Acompañó a todos ellos la Oviedo Filarmonía, agrupación que ha alcanzado esa rara virtud por la cual la solvencia deja de ser una sorpresa para convertirse en costumbre. Bajo la dirección de Jordi Bernàcer, la orquesta mostró una vez más un sonido cuidado y flexible, particularmente atento a las necesidades de los cantantes. Bernàcer pareció entender desde el primer compás que el verdadero protagonista de la noche era la voz humana y que su misión consistía menos en imponerse que en sostener y respirar con quienes ocupaban el proscenio.

Fue en la zarzuela y en la ópera italiana donde su trabajo alcanzó los mejores resultados. Las Carceleras de Chapí encontraron el acento justo, mientras que las páginas de Puccini estuvieron servidas con una delicadeza casi camerística, revelando detalles de una orquestación que a menudo pasan inadvertidos bajo el empuje teatral. Particularmente notable resultó también la exposición del obstinado dibujo de las maderas en Pietà, rispetto, amore, presentado con una sutileza que contribuía a reforzar el carácter elegíaco de la escena. Menos convincente se mostró, en cambio, en su aproximación al repertorio francés: la célebre Barcarola de Los cuentos de Hoffmann avanzó con corrección, pero sin esa voluptuosidad sonora y esa sensualidad difusa que constituyen buena parte de su encanto.

Pero sería inútil fingir que la atención del público no gravitaba alrededor de Domingo. Todos sabían por qué habían acudido, del mismo modo que quienes acudían a contemplar a los viejos héroes de las novelas de caballerías no lo hacían para comprobar su fuerza, sino para reencontrarse con su leyenda.

A los ochenta y cinco años, el cantante aparece ante nosotros como un quijote en lucha desigual contra el paso del tiempo, como un león herido que todavía enseña las garras. Los estragos del tiempo resultan evidentes. El apoyo ya no posee la firmeza de antaño y la sonoridad disminuye dramáticamente cuando la línea exige apianar; los ascensos al agudo obligan con frecuencia a ahuecar el sonido. Todo eso es cierto y negarlo equivaldría a faltar a la verdad. Pero hay otra verdad incontestable y quizá más importante: el timbre conserva una identidad absolutamente reconocible en el registro central y el fraseo permanece gobernado por un magisterio vital y una inteligencia musical que muy pocos cantantes han poseído jamás.

Escuchándolo, uno tiene a veces la sensación de asistir a un curioso desafío entre el tiempo y la voluntad. El primero ha ido retirando piezas del edificio; la segunda se empeña todavía en mantenerlo en pie. Y lo admirable es que, en muchos momentos, lo consigue.

Así ocurrió en el dúo de Los pescadores de perlas, donde la nobleza de la línea encontró en Arturo Chacón-Cruz un compañero ideal; así sucedió en la romanza de La del soto del parral, dicha con una sinceridad y un dolor que sólo los grandes artistas saben fingir sin que parezca fingimiento; y así nos pareció, sobre todo, en No puede ser, convertido hace ya muchos años en una suerte de emblema personal. Allí el público no escuchaba únicamente una romanza: escuchaba también el eco de innumerables funciones pasadas, la memoria colectiva de una carrera irrepetible.

Por su parte, Arturo Chacón-Cruz confirmó las excelentes impresiones que viene dejando desde hace años. Su canto posee algo abiertamente meridional: emisión cálida, generosidad expresiva y unos agudos brillantes que surgen con naturalidad y firmeza y que coronaron el antológico dúo de Marina y la romanza de La Dolorosa. Irina Lungu, a quien recordamos por su ejemplar Musetta, ofreció una Mimì de gran refinamiento, construida sobre la elegancia del fraseo, la amplitud del aliento y una sofisticación estilística que parecía remitir más a los grandes teatros internacionales que a cualquier escuela nacional concreta. Eva Marco, finalmente, cantó por derecho y con notable desparpajo las Carceleras de Las hijas del Zebedeo y derrochó musicalidad y evidentes ganas de agradar en el celebérrimo O mio babbino caro, cualidades que encontraron inmediata respuesta en el público.

Las propinas pusieron el colofón esperado a una triunfal velada salpicada por los móviles y su infinito repertorio de politonos. Sonó Granada, de Agustín Lara, y después un coral Non ti scordar di me, de Ernesto de Curtis, interpretado por los cuatro cantantes. Mientras estos bailaban a ritmo de vals y se extinguían las últimas notas, resultaba inevitable fijar la mirada en Plácido Domingo y recordar aquella observación que Pauline Viardot hizo tras escuchar a Giuditta Pasta al final de su carrera: «Es como La Última Cena de Leonardo da Vinci: es una pintura en ruina, pero es la mejor pintura del mundo».

No se trata de una comparación exacta. Las comparaciones nunca lo son. Pero sí de una imagen extraordinariamente útil para explicar lo que ocurrió en Santander. Porque el arte, cuando alcanza determinadas alturas, deja de medirse exclusivamente por los parámetros ordinarios. Ya no se trata sólo de cuánto queda, sino también de cuánto hubo; no sólo de lo que se escucha, sino de todo lo que resuena detrás de ello. Y detrás de la voz de Plácido Domingo resonó anoche una parte de la historia misma de la ópera. Sus últimas palabras del concierto fueron Non ti scordar di me. No te olvides de mí. No, Plácido. No nos olvidaremos. Hasta la próxima.

Darío Fernández Ruiz

 

Plácido Domingo, Irina Lungu, Arturo Chacón-Cruz y Eva Marco

Arias, dúos y romanzas de Giordano, Puccini, Verdi, Offenbach, Bizet, Soutullo y Vert, Chapí, Arrieta, Serrano, Sorozábal, Strauss y Léhar

Oviedo Filarmonía / Jordi Bernàcer

Palacio de Festivales de Cantabria

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