No deja de ser curioso incluir este concierto en un ciclo llamado “Fronteras” (del Centro Nacional de Difusión Musical). La propuesta del siempre valiente y extraordinario pianista Pierre-Laurent Aimard (artista residente en esta temporada del CNDM) se entendía como el opuesto a la frontera, como un puente, ya que combinó a Johann Sebastian Bach con ese poeta de haikus sonoros que es György Kurtág. Si las fronteras son la línea donde el mundo dice “hasta aquí”, los puentes nos invitan a “también más allá”. Y Bach y Kurtág son un puente de más de 300 años con una conexión natural, un “también más allá” en la exploración, en la emoción y en la intelectualidad de Aimard, que parece unirlos y hacerlos convivir con la misma facilidad con la que además los interpreta.
Estos puentes mostraron en Bach y Kurtág sus opuestos, mientras en Bach se produce un desmedido desarrollo de la forma (una fuga alcanza dimensiones colosales partiendo de un simple motivo), en Kurtág la forma es concisa, tímida si se permite, acabando mucho antes de que el oyente perciba su propia naturaleza (algunas de las piezas del tan creativo y diverso Játékok, un cuaderno en continua creación que alberga multitud de piezas como el diario vital del compositor, apenas alcanzan el medio minuto), naciendo para emitir un pequeño aliento y volver a plegarse en el silencio. Una parece el día y la otra su opuesto, la noche; mientras Bach (alfa y omega del concierto) da luz, Kurtág parecía recogerse en un segundo plano ante el titán que le precedía y volvía a sonar tras él.
Sin interrupción alguna entre unas piezas y otras, Aimard desplegó una fantasía enorme en los diversos Preludios y Fugas de El clave bien temperado (solo del Libro I), una agradabilísima sorpresa para un pianista etiquetado como especialista en la música de nuestro tiempo. Su excelente grabación de El arte de la fuga y en menor medida el primer Libro de este Clave bien temperado sorprendieron a muchos, pero Aimard es un devorador de profundidades matemáticas emocionales, y Bach lo es más que ningún otro; nadie en la historia del arte conjuga tanta abstracción, perfección en la forma y emoción verdadera.
Fueron muchos los momentos bachianos extraordinarios (el Canon per augmentationem in contrario motu, de El arte de la fuga; o los Preludios y Fugas BWV 861, 859, 869 o la fuga del 857), tocados con un pedal poderoso y una inventiva prodigiosa, sin caer en cursilerías ni búsqueda de efectos sonoros de voces en detrimento de la realidad de cada obra.
La concisión de la micro-forma de Kurtág hacía de opuesto a Bach, con la serenidad y la nocturnidad (esta música nació con Bartók y creció con Ligeti hasta llegar al tercero de los grandes húngaros emparentados: Kurtág). Notas obsesivas, timbres cambiantes, acordes en continua búsqueda de efectos inquietantes; el húngaro no compone, narra sugerentes historias valiéndose de su música.
Kurtág llegó a afirmar que nada como Bach le hacía comenzar mejor cada día, tocándolo en su piano cada mañana; antes a cuatro manos junto a su esposa fallecida, Marta; ahora en la comodidad del Centro de Música de Budapest, donde reside bien cuidado por muchos colegas.
Si el compositor ya centenario que es Kurtág toca cada día a Bach, Aimard puede que toque a Kurtág cada día, en otro puente que los une invisiblemente.
Gonzalo Pérez Chamorro
Pierre-Laurent Aimard, piano
“Lenguaje eterno” (Ciclo FRONTERAS), Centro Nacional de Difusión Musical
Obras de Johann Sebastian Bach y György Kurtág
Auditorio Nacional de Música | Sala de Cámara
Foto © Rafa Martín