Música clásica desde 1929

 

Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Frank Peter Zimmermann: un Elgar que recuerda a Kreisler - por Ramón García Balado

A Coruña - 22/06/2023

Concierto de la Orquesta Sinfónica de Galicia dirigida por Dima Slobodeniouk  destacando como solista Frank Peter Zimmermann en el Concierto para violín en Si m. Op. 61, de Sir Edward Elgar, al que precedieron la Sinfonía para instrumentos de viento (versión de 1947)  y la suite de El canto del ruiseñor de Igor Stravinski. F.P. Zimmermann, el violinista de Diusburgo y que siguió las docencias de Valeri Gradov (Essen) y de Sashko Gawrilof (Berlín), antes de perfeccionar con Herman Krebbers (Amsterdam), mantiene desde los comienzos una intensa vida activa, de la que nos beneficiamos en sus frecuentes visitas. Su sonido encumbrado por una técnica portentosa, se expresó a través de instrumentos como el ex Dragonetti Stradivarius 1706, que había pertenecido a F.Kreisler, y que ofrece un timbre de rara intensidad, penetrante, nítido y con vibrato vigoroso que resuena con gran potencia, observando aspectos de cierta aspereza en el canto spianato y en los pasajes rápidos dentro de los procesos articulatorios. Sus staccati son firmes y netos, con spiccato de una  limpieza sobresaliente, en las dobles cuerdas o en los acordes de especial rotundidad, beneficiando un fraseo bien delineado, para obras como la que  nos ofreció.

Para entrada, La Sinfonía instrumental para instrumentos de viento, en la versión de 1947,  de Igor Stravinski, obra surgida como encargo de Henri Prunières, director de la Révie Musicale a partir de un coral que conocería una lectura para piano, editada en 1920 en el suplemento de la misma revista, bajo el título de Le tombeau de Claude Debussy, en calidad de cuaderno que contenía una decena de piezas  breves de  diferentes compositores. Debussy y Stravinski, siempre sintieron un reconocimiento y admiración profundos, aunque con cierta desconfianza del francés. El contexto de la serie de Sinfonías para instrumentos de viento, sorprendía por su novedad y atrevida complejidad, para  un desarrollo sin solución de continuidad, marcada por una serie de anclajes y evocaciones sin parangón con la música de su tiempo, recordando en la distancia el Boulez de Le marteau sans maître. El tempo es argumento a tener en mente  y cada uno de sus espacios se determina por tres pulsos metronómicos. Siempre supeditados en lo constructivo al ideario artístico del compositor, con una orquestación densa y áspera, a la par de claramente luminosa y de perfiles sombríos, condicionados esencialmente por armonías de bloques graníticos y ritmos que opera a modo de descargas electrizantes. No podremos olvidar los tratamientos abordados por Pierre Boulez en algunas de sus lecturas:  Con la ONF (1963); con la O.F. de Berlín (1996) para la DG o la primigenia con el Grupo Instrumental del Domaine Musical (1962). Nos afecta esa versión revisada entre 1945/7, para tres flautas, dos oboes, corno inglés, tres clarinetes (en Si b), tres fagotes (tres contrafagotes), cuatro trompas, tres trompetas ( en Si b), tres trombones y tuba.

El canto del ruiseñor, en su suite sinfónica realizada a partir de la música de los actos segundo y tercero, con cortes precisos para los resultados ansiados y compuesta en Morges en 1917, en atención a los Ballets Rusos que retrasarían el estreno hasta 1920, en la Opéra de Paris, sobre un fondo de decorados de Henri Matisse, beneficiándose de una orquestación ostentosa. La suite de Le chant du Rossignol, acabará siendo estrenada por Ernest Ansermet, en 1919, concediéndose a la flauta y al violín solista el cometido de  iluminar por su sonido el canto del ruiseñor, ajustando en sus matices los ajustes tonales. Cuadritos que nos irán proponiendo desde la Fiesta en el Palacio del Emperador de China, al de los Dos ruiseñores; la Enfermedad y curación del Emperador, que se cierra con la Marcha fúnebre y el arioso del pescador. Para anécdotas, partiendo de esa forma de ballet, nos habíamos encontrado con el pincel de Matisse, en solicitud de Diaglilev, guardando distancias meditada con Pulcinella, con material gráfico de Pablo Picasso, dejando entre medias la incómoda relación artística entre ambos personajes. Para efectiva complacencia, disfrutemos de la pequeña suite para violín y piano, realizada afectuosamente por Samuel Dushkin, y el autor, en 1932. En el cuadro de honor en méritos de reconocimiento, la precisión de Dima Slobodeniouk

Sir Edward Elgar en este Concierto para violín en Si m. Op. 61, a un par de semanas de las escuchadas Variaciones Enigma con secretos compartidos. Obra estrenada por Fritz Kreisler, también dedicatorio como lo había sido de la Sonata nº 4, Op. 27, de Ysaÿe o las Variaciones sobre un tema de Corelli de Rachmaninov y la Rapsodia checa, de Martinu, virtuoso asaz divertido por sus acostumbradas osadías, componiendo piezas jugosas o reinventando detalles caricaturescos de imposibles descubrimientos de curiosidades de toda época. Obra dirigida por el autor en su estreno en el otoño de 1910, comenzaba pues con un Allegro orquestal al que se incorpora el solista para enlazar una serie de temas consecutivos de cuidado melodismo, destacando el segundo por la serie de ritmos punteados y descendentes, en amplio intervalo para trasladarnos a un cuarto de aspecto umbrío, al que  responde el siguiente con actitud templada, antes del retorno a la tonalidad de la obra. En esencia, un distanciamiento de ostensibles dramatismos, manteniendo en general la actitud de Zimmermann que tanteaba con la orquesta en su conjunto a través de la serie los pasajes que venimos escuchando hasta alcanzar el quinto que no renuncia a un posicionamiento convulso.

El Andante, en Si b M., con perfiles asimilables al Tercer concierto de Saint-Saëns, que tuvimos con Alexandra Conunova, permite a la orquesta preparar la entrada del solista, tras ocho compases y en un posicionamiento ligeramente discreto, antes de tomar el primer plano, hasta expresarse en una tonalidad que recupera la del comienzo de la obra, optando en esta secuencia por una evolución cara a la reexposición, abocada al tercer tiempo, un Allegro molto, que conservaba un dramatismo contenido y de temperamento rapsódico, seña de identidad de esta obra, todo un reconocimiento para Fritz Kreisler, ofreciendo el solista su afirmación por la tonalidad expuesta que  permitía  a la altura de la coda en su considerable dimensión, una actitud de impresionante protagonismo en el diálogo con la orquesta, que preparaba  el final en forma de desvanecimiento,  para una obra de profundas dimensiones testimoniales en la que el solista pronuncia las razones de sus intenciones íntimas.

Ramón García Balado        

 

Franz Peter Zimmermann

Orquesta Sinfónica de Galicia / Dima Slobodeniouk

Obras de I. Stravinsnki y Sir Edward Elgar

Palacio de la Ópera, A Coruña

 

Foto © Irène Zandel / hänssler-CLASSIC

99
Anterior Crítica / Un Rigoletto memorable cierra la temporada - por Juan F. Román Rodríguez
Siguiente Crítica / La misa imaginada de Antonio Vivaldi - por Simón Andueza