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Crítica / Fastuosa inauguración del FIAS 2021 (por Simón Andueza)

Madrid - 19/02/2021

Con el aforo completo en tiempos de pandemia, la Basílica de San Miguel, en pleno centro de Madrid, quiso dar la bienvenida a una nueva edición del Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid (FIAS), valientemente puesta en marcha de nuevo por Pepe Mompeán y su equipo apenas mes y medio después de la clausura del FIAS Edición de Otoño, que tuvo que celebrarse extraordinariamente en otras fechas por la irrupción de la COVID 19.

Y es que pareciera que Mompeán, a quien nunca dejaré de alabar por su tesón y coraje, le ha sabido tomar el pulso a eso de gestionar a la perfección un festival con cuarenta y siete conciertos en medio de una crisis sanitaria global, mientras que en otras comunidades autónomas o en otros países del planeta no dejan de anunciarse diariamente cientos de cancelaciones o posposiciones de eventos culturales. Con la inteligencia de haber podido constituir una sede casi fija para los conciertos de música clásica en la capital -la Basílica de San Miguel- las medidas sanitarias están con ello bajo control, para la tranquilidad de artistas, público y organización. Estamos completamente seguros que la presente edición será todo un éxito, y que, salvo desastre de fuerza mayor, el día 25 de marzo podremos disfrutar del broche final de este formidable festival con su concierto de clausura.

Para esta noche inaugural, y con la prestancia y solemnidad que supone la asistencia a la misma de la Consejera de Cultura de la Comunidad de Madrid, Marta Rivera de la Cruz, entre otras autoridades y personalidades del mundo cultural, el programa elegido fue una de esas citas que definen al actual FIAS, un concierto monográfico en torno a uno de nuestros mejores compositores del siglo XVII, Carlos Patiño (1600-1675) , cuya obra permanece, en su mayor parte, completamente olvidada en nuestros archivos. El grupo encargado de semejante reto fue La Grande Chapelle, comandada por su director y alma mater Albert Recasens.

La suntuosidad e importancia de la cita fue asimismo correspondida por un exuberante orgánico de La Grande Chapelle: ocho cantantes, una corneta, dos sacabuches, un bajón, un arpa, un violón y un órgano positivo, además del director, quienes interpretarían fastuosa música policoral de Carlos Patiño a siete, ocho, nueve y doce voces en dos y tres coros. Muchas de estas obras, siete del total de las doce que conformaron el programa, fueron recuperaciones musicológicas y fueron estrenadas por primera vez en tiempos modernos.

La primera pieza del concierto, el salmo Lauda Ierusalem, es una perfecta muestra de lo acontecido mayormente a lo largo de la hora y quince minutos de velada: el primer coro, formado por dos tiples, alto y tenor tuvo como bajo continuo exclusivamente al arpa, mientras que el coro dos estuvo integrado por un gran tutti conformado por todos los demás músicos, esto es, cuatro cantantes, cuarteto de ministriles, bajón, violón y órgano, lo que permitió al oyente distinguir perfectamente a los cantores del coro favorito, al que Patiño confiere el papel principal, introductorio de los temas y con mayor complejidad vocal, de los del coro de ripieno, fundamental para conseguir la espectacular sensación policoral y de rotundidad sonora que responde y complementa a los favoriti.

A estas composiciones en dos coros, predominantes en el concierto, debemos añadir una muestra del mayor ingenio de Patiño, al escuchar dos piezas que contienen tres coros en lugar de dos, los salmos Laudate Dominum, a doce voces, y Beatus Vir, también a 12, que confieren un resultado todavía más espectacular al conjunto. Este rasgo de policoralidad, proveniente de los compositores venecianos, estuvo realmente de moda durante el Barroco en la Corte Española, hasta bien entrado el siglo XVIII.

Con una plantilla vocal plagada de excelentes profesionales muy curtidos en este repertorio, debemos destacar la labor que realizó la soprano búlgara Alena Dantcheva, quien actuó como soprano I del coro I durante toda la velada. Poseedora de una poderosa voz y de una afinación espléndida, su timbre pleno y a la vez ligero le permitió abordar más de una hora de programa ejerciendo las labores de toda una concertino vocal, con una seguridad musical absoluta que debiera haberse notado en el resto del ensemble, a veces carente de esta cualidad.

El contratenor Gabriel Díaz fue otro pilar sobre el que la música se sustentó, aún cuando ejerció toda la velada de voz intermedia, salvo en Domine quando veneris, donde actuó como primer y excelente cantus. Gerardo López destacó en las piezas en donde actuó como tenor del coro I con esa tesitura tan ingrata de baritenor, pero que no supuso problema alguno para el avezado tenor malagueño, dueño de unas fantásticas musicalidad y color vocal.

El bajo Javier Cuevas sorprendió a la audiencia con sus poderosísimos graves, audibles a pesar de estar doblado en la mayoría de las ocasiones por el órgano, el bajón e incluso el violón, dotando de una fantástica rotundidad y estabilidad al conjunto, y manteniendo, además, una formidable afinación en ese registro tan grave, algo muy difícil de controlar para auditivamente. La soprano Lucía Caihuela pudo demostrar sus virtudes en las pocas obras en las que se le permitió, como en el responsorio de difuntos Libera me, en donde su papel de soprano I del segundo coro facilitó la audición de su bello timbre y facilidad en el agudo, sin desdeñar su color vocal rico en armónicos.

El conjunto instrumental estuvo plagado de grandes músicos, comenzando por el cuarteto de viento, en el que destacaron Miguel Tantos Sevillano en el sacabuche alto y Fabio de Cataldo en el sacabuche tenor, quienes enriquecieron de forma espectacular los masivos tutti y las cadencias finales, dotándolas de un carácter épico. El bajo continuo fue una dicha de buenos intérpretes, comenzando por el arpista Manuel Vilas, quien con tan solo un arpa fue capaz de realizar unos arpegios y acordes absolutamente apropiados a toda la complejidad que requiere el coro I en esta música. Alfonso Sebastián al órgano y Marta Vicente al violón fueron el sustento raíz que necesitó en todo momento el ensemble.

A Albert Recasens debemos agradecerle su incansable labor investigadora y de creación de estos programas monográficos que rescatan estas joyas de nuestro patrimonio. Demostró, además, un gran entusiasmo durante toda su dirección, estando muy atento a todas las enrevesadas partes que conforman estas filigranas musicales.

El público dedicó una calurosa ovación a todos los intérpretes, quienes ofrecieron como propina Al valiente enamorado de Cristóbal Galán, fresca jácara al Santísimo Sacramento.

Simón Andueza

La Grande Chapelle, Albert Recasens, dirección.

Carlos Patiño (1600-1675), Música sacra para la Corte.

Jueves 18 de febrero de 2021, 19:00 horas.

Inauguración del XXXI Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid. Basílica Pontificia de San Miguel, Madrid.

Foto © Simón Andueza

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