El poema sinfónico Krzesany de Wojciech Kilar fue un exordio en toda regla para el programa de concierto de la Orquesta Nacional de España que dirigiera con extroversión, técnica y su habitual soltura gestual, Krzysztof Urbański.
Un sustrato etnomusicológico puesto en onda de concierto al uso, en torno al folclore de las estribaciones de los Tatras. Una escritura por bloques de texturas con un claro y vistoso final cadencial a la antigua usanza. Una coda extrovertida que hace uso efectista de tímbricas de preciosidad lumínica y aleatoriedad controlada, que derivan pronto en dinámicas opresivas con un extraño sentido conclusivo, un tanto forzado teniendo en cuenta la eficaz funcionalidad tonal de toda la pieza. Un final, en lo que aquí más nos ataña, algo por encima de lo que, acústicamente, aguanta la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música, con todo el metal puesto en pie (en una orquesta cuya cuerda estaba a la sazón, dimensionada sobre la base de ocho contrabajos).
El Concierto para violonchelo y orquesta de Witold Lutosławski era otra historia. Para empezar, una cadencia, magníficamente interpretada por Alisa Weilerstein. Una cadencia que era también… “obra aparte”. Una Introducción imbuida del rigor de estos res al aire, con los que se introdujeron Cuatro episodios incisivos desde el metal, una bella Cantilena, bien expresada por todos y capitaneada por un espléndido sonido desde el violonchelo, con su intenso clímax, y la irrupción de un Final de sorprendentes sonoridades, tímbricas y acórdicas, con exaltado virtuosismo solista. Un sonido intenso en todo momento, como ya dije, de una proyección en la grada donde nos encontrábamos, envidiable, siempre al servicio del conjunto de esta página para violonchelo y orquesta ejemplar de la música del siglo XX y, si me lo permiten también, de toda la historia de la música (al menos en lo que ataña a este género de Concierto para violonchelo y orquesta).
Su tenso y abrupto final, con el violonchelo nuevamente al desnudo, pareció casi un grito expresionista, y, también sorprendió un tanto pese a su clara intención interpretativa.
Tras respirar hondo y esperar apenas un instante a que se hiciera silencio suficiente, Alisa Weilerstein agradeció las demostraciones de satisfacción recibidas tras el Concierto, con una lenitiva y reflexiva propina bachiana: Zarabanda de la Tercera suite en do mayor para violonchelo solo.
La Suite (1945) del ballet El pájaro de fuego de Ígor Stravinski ocupó la segunda parte en este sábado de temporada. Urbanski insistió en aquellas extrovertidas cualidades ya mostradas antes y el gusto por el contraste dinámico y de carácter, con protagonismo para las sonoridades más sugerentes, más, hasta cierto punto “innovadoras” o, simplemente, infrecuentes de esta transitada partitura, que, lógicamente, se significaron especialmente en los pasajes más delirantes de la Danza infernal o en el Himno final.
Himno que entró con una cuidada discreción armónica previa y en paciente crescendo, con algún detalle personal en la destacada articulación del despliegue homofónico del viento metal y sus marcadas respiraciones (escritas) entre acordes.
Luis Mazorra Incera
Alisa Weilerstein, violonchelo.
Orquesta Nacional de España / Krzysztof Urbański.
Obras de Bach, Kilar, Lutosławski y Stravinski.
OCNE. Auditorio Nacional de Música. Madrid.