Música clásica desde 1929

 

Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Esto es música, quien lo probó lo sabe - por Verónica G. Prior

Málaga - 22/06/2022

Asombrarse, atreverse, estar eufórico,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien tonalidad  y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir del tópico a la clara improvisación,
beber medida por claro swing,
olvidar el tópico, amar lo nuevo;

creer que una partitura en un Gershwin cabe,
dar la vida y el alma a un cándido Bernstein;
esto es música, quien lo probó lo sabe.

Asombro, magnetismo, innovación, contemporaneidad, popular, culto, medida, improvisación, candidez y swing sinfónico… quien lo probó lo sabe. Quizás podríamos hacer una enumeración mayor que estas palabras al estilo poético como hiciera en su momento Lope de Vega en su famoso soneto (modificado en atrevimiento absoluto para esta crítica), pero ellas son las idóneas para expresar todo un cúmulo de sentimientos que este particular programa de clausura del Abono de Temporada causó en un público totalmente entregado al amor por la música.

El lector de estas líneas se estará preguntando por qué una crítica musical comienza con un poema, aunque si se prefiere podría convertir el soneto en prosa “poética” y así pasaría más desapercibida la intención poética, quizás debiera haberme limitado tan sólo a una aportación de datos e impresiones… Quizás es lo común, quizás, pero la palabra, al igual que la música es y debe estar viva, transmitir sentimientos, emociones y por supuesto la impronta que causa un concierto de este calibre, pues no olvidemos que la palabra y la música siempre han estado unidas: ópera, lírica musical, poemas sinfónicos, etc.

Debo decir que este programa al que a continuación detallaré se movía en una selección de obras que no pueden describirse sin dotar de unas pinceladas poéticas, literarias. Y el lector me entenderá enseguida.

Este curioso programa musical clausuró la Temporada de Abono de la Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM en adelante) en el Teatro Cervantes durante el jueves 16 y viernes 17 de junio. Desde el podio dirigía su batuta el director titular y artístico de la OFM, el maestro José María Moreno. Como solistas nos encontramos con la voz del contratenor neoyorquino Don Krim y con el pianista malagueño Víctor del Valle.

Entre las obras interpretadas pudimos escuchar un repertorio de compositores americanos del siglo XX y XXI como fueron Peter Lieberson (1946-2011), George Gerhswin (1898-1937), Leonard Berstein (1918-1990) y Arturo Márquez (1950).

Tras una acertada explicación del maestro José María Moreno de las obras que se iban a interpretar, la primera parte del programa arrancó con Candide, la Obertura (Allegro molto con brio) del compositor neoyorkino L. Bernstein. Esta obertura pertenece a la ópera que está basada en la obra del escritor y filósofo francés Voltaire, el cual quiso ridiculizar la filosofía imperante de la época. La obertura pronto alcanzó tal fama que rápidamente se convirtió en pieza de repertorio de cualquier orquesta del mundo. Bernstein se esmeró en una atractiva construcción armónica y rítmica, situándola entre las obras maestras del siglo XX. La OFM comenzó con unos potentísimos acordes de los metales y maderas que ya, desde un primer momento, nos invitaban a respirar una atmósfera grandiosa, potente y llena de brillo y color orquestal. La expresividad percusiva cautivó al público pues consiguieron recrear el ambiente de danza americana pero con toques o acento del folclore europeo. Todo ello lo pudimos observar en un ritmo bailable, enriquecido por una colorida instrumentación, con sonoridades que llenaban el ambiente de gran expresividad. El xilófono, con su particular sonido junto con unos maravillosos timbales bien timbrados y el ritmo propio de esta obra invitan al oyente a abrazar una partitura llena de ritmo, optimismo, delicadeza, en donde los pentagramas bernstianos van haciendo un recorrido por todas las secciones orquestales realizando con ello una presentación orquestal de precioso empaque sonoro de una altísima calidad expresiva.

De esta forma “cándida”, la batuta de Moreno nos invita a presenciar el estreno en España y en concreto en Málaga de una obra de Peter Lieberson, Neruda Song con la interpretación del contratenor Don Krim. Esta obra está inspirada en algunos poemas del poeta Pablo Neruda y que Lieberson compuso específicamente para que la cantase su esposa, la mezzosoprano Lorraine Hunt Lieberson, una de las grandes divas de la ópera norteamericana, imprescindible en las temporadas de ópera de Nueva York y una de las grandes solicitadas en los teatros europeos para interpretar ópera barroca, así como también era una especialista en música contemporánea. En el año 2004, nada menos que la Filarmónica de Los Ángeles (cuya batuta dirigía Esa-Pekka-Salonen) y la Sinfónica de Boston (dirigida por James Levine) acuerdan encargarle a Lieberson una obra.  El estreno de la obra fue en el año 2005, interpretado por la mezzosoprano y mujer del compositor. Un año después fallecía ella.

Neruda Song es una recopilación de cinco poemas (I. Si no fuera porque tus ojos tienen color de luna; II. Amor, amor, las nubes a la torre del cielo; III. No estés lejos de mi un solo día; IV. Ya eres mía. Reposa con tu sueño en mi sueño; V. Amor mío, si muero y tú no mueres) de uno de los poetas que mejor han tratado el tema del amor. Cuando Lieberson los descubre, compone la música y se los dedica a su mujer para que los interprete con su particular voz de mezzosoprano. En estos cinco poemas se habla de amor y muerte, ya que durante la composición de ello, Lorraine cae gravemente enferma por un tumor. Un año después del estreno ella muere y pocos años después fallecía Lieberson.

Esta obra es maravillosa, difícil y compleja no sólo para el cantante que la interprete, sino también para la Orquesta y el público. Tiene una composición contemporánea, muy vanguardista, pero con un tratamiento realmente maravilloso de la orquesta, tímbrica y colores perfectamente armonizados con un refinamiento extraordinario y que se adapta a la perfección a los poemas, transmitiendo de una manera muy profunda, mágica y nada usual, el significado de estos poemas. Teniendo en cuenta que el matrimonio Lieberson era budista, esa misma filosofía vital, esa trascendencia de la vida y la muerte, se transmite en esta obra. Incluso se podría decir que en ciertos momentos, en especial en la última canción se vislumbra una despedida desde el punto de vista oriental.

Centrándonos en el intérprete de estas canciones, la particular y curiosa voz del contratenor neoyorquino Don Krim y amigo del matrimonio Lieberson tenemos que decir que tanto su cuidadísima y delicada interpretación, así como su voz tan curiosa –aclaremos que las voces de contratenor son muy apropiadas para la música barroca, pero no es habitual encontrarlas en música contemporánea-  no dejó al público indiferente. De hecho, es el más indicado para interpretar estas canciones.

Ya lo comentaba Peter Lieberson muchas veces refiriéndose a que si alguna vez, su mujer, Lorraine no pudiera cantar estas canciones tendría que ser Don Krim quien las interpretase porque su voz poseía un color cercano a los colores sonoros de ella. Éste intérprete posee una tímbrica poco conservadora o escolástica, por así decirlo, pues se atreve con colores y sonoridades nuevas, en una búsqueda muy especial y constante, en continua evolución, de su vocalidad. Es un intérprete muy exquisito y refinado, un artista que es capaz de hacer magia con su voz, su instrumento. Es por ello que esta obra de Lieberson, de canciones curiosas y complejas, se adaptan a él y él a ellas como un guante para lograr esos efectos sonoros. La complejidad y belleza orquestal que caracterizó a la OFM realzó con creces ese sentimiento poético neruniano y la batuta decidida y delicada del maestro Moreno hizo caminar al público a un universo poético lleno de magia sonora en donde la voz y la orquesta supieron llevar desde el amanecer poético musical hasta su ocaso, perdendose delicadamente.

Los fortísimos aplausos y ovaciones de un público fascinado hicieron que Don Krim regalara un bis con un solo del famoso espiritual negro Amazing Grace el cual interpretó con una espiritualidad y gracia que hizo las delicias del público que lo acompañó con palmas en el concierto del viernes como si de una catarsis musical colectiva se tratara.

Tras unos breves minutos de descanso, le siguió en turno el compositor norteamericano George Gershwin con su archiconocida obra Rapsody in blue (estrenada en 1924) e interpretada por el pianista malagueño Víctor del Valle. Si ya la interpretación anterior del espiritual negro nos trasladaba al mundo de la esclavitud y deseo de libertad, ahora con esta obra de Gershwin la batuta de José María Moreno nos traslada a esa fusión musical que tanto caracteriza la cultura norteamericana, sobre todo a la de origen afro-americano.

Rapsody in Blue fue compuesta en tan sólo tres semanas tras encargársela P. Whiteman, el gran líder de bandas jazzísticas. Teniendo en cuenta que Gershwin, de formación musical autodidacta, aún no dominaba la orquestación, le ayudó en esa tarea Ferde Grofé, que más tarde la adaptó para orquesta sinfónica. Habría que esperar cuatro años más tarde con Un americano en París para que el propio Gershwin si pudiera ya realizar él mismo la instrumentación. La gran aportación que realizó Gershwin con sus composiciones recayó principalmente en tres aspectos que debemos tener en cuenta para valorar este repertorio norteamericano: por un  lado, supo conjugar la tradición popular pianística con el tratamiento armónico de la música característica del teatro de variedades y todo ello llevándolo al terreno de la atmósfera propia del blues. Es decir, supo aunar la música tradicional de su país, aprovechando la riqueza rítmica, armónica y melódica que tenía a su alcance pero engrandeciendo las composiciones con una mayor y más moderna expresividad sinfónica.

Durante los dieciséis minutos que dura Rapsody in Blue, la batuta de Moreno dirigiendo a la OFM y el piano de Víctor del Valle nos trasladaron a los ritmos y melodías propias de la primera mitad del siglo XX. Una OFM llena de swing y expresividad nos adentraba a la sensual sonoridad del blues desde ese conocido glissando del clarinete en la presentación del primer tema, en donde pudimos saborear los acordes jazzísticos, el Music Hall y la música popular de los barrios bajos de la Nueva Orleans de la época, para pasar al segundo tema de las manos del pianista malagueño, en donde no sólo ataviado con un vestuario muy americano también nos llevó al mundo de la improvisación jazzística, a ese ragtime evolucionado, con sus variaciones y progresiones, y todo salpicado de compases de habanera, que le otorgaba un ritmo latino, o pasaba por el charlestón de esos locos años 20, el swing reflejado también en un riffling del clarinete o el blues que llenaba de colorido el ambiente, con una maestría propia de los grandes jazzistas de la época. Y no me refiero sólo al piano –que aquí Gershwin no le otorga el papel clásico al piano de concierto clásico, sino que unas veces es solista y otras un gran acompañante de la orquesta- sino a la Orquesta en sus distintas secciones y como tutti.

Durante la parte del desarrollo percibimos una curiosa instrumentación. Fagot y clarinete tratan el primer tema cuasi cómicamente, mientras que el piano se mueve en contrapunto, para después seguir el pianista de manera solista jugando entre una tonalidad y otra con rápidas escalas para presentar el tercer tema, que tras los arpegios concluye en calma sonora. La cadenza final del piano da paso a un nuevo ambiente sonoro, el propio de Broadway a través de las cuerdas que son apoyadas por los trombones, mientras las maderas entonan delicadamente la melodía y las trompas le contestan con el motivo principal del segundo tema. El piano se va alzando poco a poco con sus intervenciones hasta dar lugar a un claro sentido de rapsodia, así como refleja perfectamente compases de rítmica música cubana a través de la insistente repetición de notas. Poco a poco el tutti orquestal se contagia del discurso agitado del piano para desembocar en una nueva exposición del segundo tema, todo ello mediante una escala ascendente y ralentizando el tempo. El piano ofrecerá, al final, una cadencia donde la orquesta irá in crescendo para finalizar esta obra maestra.

Lo llamativo de la obra no es sólo el proceso compositivo que el propio Gershwin dotó a la obra, sintetizando todos los estilos musicales imperantes del momento y llenándolos de una carga sinfónica preciosa, sino que las virtuosas manos del pianista malagueño Víctor del Valle han sabido captar el espíritu norteamericano, jugando a la perfección con un rubato muy jazzístico y con el que la OFM y su batuta se han sincronizado tan perfectamente que pareciera una maquinaria perfectamente armonizada, una maquinaria con mucho swing, vitalidad y brillantez sonora. Un sonido redondo, aterciopelado pero también vigoroso y lleno de energía con un gusto exquisito.

Tras unos largos aplausos y ovaciones tanto al pianista como OFM y su batuta, el pianista malagueño regaló al público un bis que fue distinto en los dos días, pues mientras el jueves 16 interpretó el Cantabile expressivo, nº6 de las Cançons i danses de Mompou, el viernes 17 ante un auditorio totalmente abarrotado y exultante de entusiasmo no quiso salir del repertorio norteamericano, así que regaló un bis con el Preludio nº 2, Andante con moto e poco rubato, de Gershwin. Largas ovaciones, aplausos y un público fervoroso puesto en pie marcaron el comienzo del segundo descanso.

Al igual que la primera obra de la Temporada de Abono de la OFM arrancaba con una obra de estreno de un compositor malagueño, ahora se cierra la temporada con el gran pianista malagueño Víctor del Valle. Esto se puede entender como toda una declaración de intenciones en cuanto a dar la máxima visibilidad y apoyo a los artistas malagueños.

Tras el éxito rotundo obtenido en la primera parte del concierto, la segunda se centró en otra obra maestra de G. Gerhswin, Un americano en París (estrenada en el Carnegie Hall el 13 de diciembre de 1928) y una obra llena de sensualidad y sabor cubano como es el Danzón Nº 2 del mexicano Arturo Márquez.

En palabras del propio Gerhswin, con la obra Un americano en París se propone “pintar las impresiones de un visitante americano en París mientras pasea por la ciudad, escucha los diferentes ruidos de la calle y respira la atmósfera francesa”. En definitiva lo que podríamos considerar como una especie de poema sinfónico cinematográfico. Hecho que tan acertadamente reflejó la película musical del mismo nombre y dirigida por Vincent Minnelli en 1951 y con la coreografía bailable tan magistralmente llevada a cabo por el bailarín Gene Kelly.

La obra Un americano en París está llena de colorido y brillantez sonora, así como un acertado y delicado sentido del humor al utilizar en la obra elementos como bocinas para emular las propias de los automóviles parisinos, por ejemplo. También utilizó algunos temas conocidos para ambientar las escenas musicales parisinas, como por ejemplo el tema de la Machicha, canción de la Belle Epoque, interpretada por los metales.

Por otro lado, pudo percibirse con claridad como el corno inglés adelanta unos compases al estilo del blues, mientras que las cuerdas mantenían la armonía impresionista como base, recordando así la música del impresionismo francés de Debussy y Ravel. El sonido americano se refleja en el tema del paseo en donde intervino el tutti al completo desplegando todo su colorido. Las cuerdas, trompas y percusión nos introdujeron en el blues más conocido de la obra, ese aire de nostalgia que muestra el paseante americano por las calles de París. Y fue el uso de la trompeta con sordina la que entonó ese canto nostálgico, ese blues melancólico con colores jazzísticos, mientras que la caja china, la batería y las cuerdas ayudaron a sostener con eficiencia el discurso sonoro.  

Poco a poco aumenta la agitación y los temas se entremezclan. Aparecen contratiempos y golpes de la percusión. El blues se mantiene hasta que se calma el ambiente con el violonchelo y vuelve la agitación en las cuerdas. Es curioso el charlestón expuesto con la trompeta muy certera en su sonoridad. Poco después, unos poderosos y bien controlados golpes de timbales, junto con el arpegio de las cuerdas y poderosos trinos de los clarinetes desarrollaron el contenido temático sobre el que Gershwin quería que paseásemos.

La enérgica batuta del maestro Moreno consiguió sacar el mejor colorido, luminosidad orquestal y llena de contrastes como fue, por ejemplo, cuando el metal descendió progresivamente para atenuar u oscurecer el ambiente. Paulatinamente, en este desarrollo temático, toda la orquesta recuperaba todos los temas anteriores y en forma de contrapunto los volvía a presentar. Y así, a través del redoble del timbal y una escala cromática ascendente a cargo de la cuerda presentan de nuevo el blues con todo el tutti orquestal. Los progresivos pizzicati y entusiasmadas intervenciones de las maderas nos sumergieron magníficamente en la estética musical del impresionismo francés.

Finalmente, los fortísimos acordes de los metales y cuerdas en la cadencia final, mientras que el blues se seguía escuchando con el clarinete bajo y los saxofones, ofrecían el punto final a esta magistral obra. Un alarde de dominio técnico, seguridad interpretativa, colorido y brillantez sonora nos mostraron a una OFM y a su Director pletóricos en una interpretación franco-americana sin igual. Los fortísimos aplausos y grandes ovaciones del público demostraron que el buen gusto y vitalidad sonora hicieron calar en el sentido mar de emociones que consiguieron despertar en el público.

Para finalizar tal interpretación, la OFM nos deleitó con todo su movimiento y sensualidad a través de los exquisitos compases cubanos del Danzón Nº 2 del mexicano Arturo Márquez. Y es que el sabor latino bien se dejó llevar por los ritmos sinfónicos de la Orquesta.

Este Danzón nº 2 lo ha llevado a la práctica muchas veces el Maestro Moreno en México, pues se ha convertido en un emblema, como un segundo himno mexicano por excelencia, una obra de referencia a nivel nacional. Esta obra junto con la de Huapango de Moncayo son las dos obras de gran referencia en la música mexicana dotándolas de gran importancia internacionalmente. Es una obra brillante, muy festiva, que respira optimismo y dan ganas de bailar nada más que se deje llevar por los sensuales ritmos latinos. Una obra perfecta para cerrar  la temporada de Abono de la Filarmónica, temporada que ha resultado muy exitosa y que por tanto se merece celebrar con ese aire festivo, pletórico, lleno de luz y brillo. Durante toda esta temporada la OFM nos ha demostrado con creces y totalmente entregada a ello que es una Orquesta de altas miras, que no se asusta ante los nuevos retos y que precisamente en ello se crece, evoluciona, se transforma como un todo, un ente lleno de magia que cautiva a un público agradecido y entusiasmado.

Enhorabuena a toda la OFM y a su batuta titular, José María Moreno, como a las demás batutas invitadas a lo largo de toda la Programación, por hacernos disfrutar de tanto entusiasmo y profesionalidad musical.

Verónica G. Prior

Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM) / Dirige: José María Moreno.

Contratenor: Don Krim

Pianista solista: Víctor del Valle.

Programa 15 de la Temporada de Abono 2021-2022

Obras: Candide (Obertura), Neruda Songs, Rapsody in blue, Un americano en París, Danzón nº2, Amazing Grace, Cantabile expressivo nº6 de las Cançons i danses y Preludio nº 2, Andante con moto e poco rubato.

Compositores: Leonard Bernstein, Peter Lieberson, George Gershwin, Arturo Márquez y Federico Mompou.

Teatro Cervantes de Málaga.

 

Foto © Laura Bueno Caparrós

439
Anterior Crítica / Bejun Mehta, Imperator - por Francisco Villalba
Siguiente Crítica / El Mozart más mágico - por Juan Carlos Moreno