“¡Señor, qué necios son estos mortales!” (Puck – Acto II)
Sin la presencia de Benjamin Britten, el universo operístico del siglo XX hubiera sido mucho más pobre, grosero y aburrido. Un creador eterno de esos que creían que todavía era posible para el mundo de la ópera penetrar con armas propias en las cuestiones mayores de la existencia, aquellas que logran hacer enmudecer a la elocuencia. La humanidad irremediablemente hubiera dado pasos hacia atrás si para nosotros no existieran “Peter Grimes” (no sería insensato decir que hablamos de la mejor ópera del siglo pasado), “Billy Budd”, “Otra vuelta de tuerca”, “Gloriana”, “Muerte en Venecia” o esta deliciosa “El sueño de una noche de verano” con la que el Teatro Maestranza quiere conmemorar el medio siglo transcurrido desde su fallecimiento en la legendaria Aldeburgh. Curiosamente en pocos días se podrá volver a disfrutar de esta obra en el madrileño Teatro Real. “A midsummer night’s dream” es el tercer título alzado por el coso del Guadalquivir, tras una única función de la turbadora “La violación de Lucrecia” y el divertimento infantil de “El pequeño deshollinador” en un montaje propio.
Izquierdista, pacifista y homosexual, tres cosas que en la Gran Bretaña de su tiempo podían mandarte a la cárcel, Britten exorcizó sus inquietudes y demonios internos, en lo que fue una huida hacia adelante, sacando a relucir en sus obras para el teatro musical lo mejor de sí mismo, con un lenguaje cimentado fuertemente en la tradición y con la mirada fija en el pasado, incapaz de renegar de la tonalidad, que es sin duda el pilar en que se cimentan sus composiciones. “A midsummer night’s dream”, cuyo libreto readaptara el compositor junto al gran amor de su vida que fuera el tenor Peter Pears, es una obra maestra de la sugerencia y la ensoñación, un fascinante y refinado juego de espejos, que fagocita el Shakespeare más vodevilesco y cómico, para regalarnos una grandiosa pieza de cámara exploratoria y atemporal de enternecedora belleza onírica. Un reto, desde lo efímero, a la eternidad.
El equilibrista Laurent Pelly
“El sueño de una noche de verano” nos propone tres mundos diferentes que acaban entrelazados entre sí. El primero, el fantástico con sus hadas y duendes, el mundo de la inconsciencia. El segundo, el de los atenienses, con sus parejas enfrentadas al amor. El ceñido mundo cortesano de las clases pudientes. Y el último, el de los artesanos amantes del teatro, los currantes con peto (parecen sacados de un fotograma de Ken Loach), los habituales desheredados que pueblan las obras de Britten. El universo de la conciencia. Laurent Pelly, recién desembarcado de Valencia tras su deslucido Eugene Oneguin, es una de los más imaginativos y sagaces directores de escena de nuestro presente y en Sevilla lo ha vuelto a demostrar. Maestro de la sugerencia, su poder de seducción sigue intacto. Esta vertiginosa y fantasiosa propuesta (montada para la ópera de Lille) es un prodigio visual y, sobre todo, técnico cuyo funcionamiento interno se asemeja bastante al mecanismo de un reloj suizo. Solo hay que alzar el telón para que la mirada del espectador se quede irremediablemente atornillada a ese escenario por el que realiza sus piruetas un endiablado Puck (interpretado por la actriz Charlotte Dumartheray) que se echa literalmente a volar con sus arneses en lo que es un inolvidable golpe de efecto teatral. Como si en un juego escénico de la Fura del Baus se tratara, Oberon y Tatiana emergen también flotando sobre el fondo opaco gracias a unas silenciosas e invisibles grúas. La primera pegada de Pelly es de esas de caérsete la baba.
El parisino despliega una imaginería torrencial y desbordada (muy emparentada con el espíritu de La flauta mágica mozartiana), con una encantadora mirada infantil repleta de fantasía, una elegante y refinada mimetización escénica y una exquisita y onírica concepción visual de deslumbrante acabado estético que tiene como impagable cómplice el extraordinario trabajo de iluminación de Michel Le Borgne (bellísimo el efecto de las luciérnagas), transformando la escena en una deslumbrante montaña rusa repleta de sugerentes sombras y claroscuros. Gran acierto, aparte de esas camas y pijamas que inundan la desnuda escena tan necesarios ambos para el buen dormir, el gigantesco espejo del último acto que consigue hacer coparticipes de la obra teatral que están representando los atenienses al propio público del Maestranza. El metateatro por partida doble en lo que fue una inteligente auto reflexión.
La varita mágica
Acorde con lo que Pelly proponía arriba, Corrado Rovaris, sustituyó la batuta por una especie de varita mágica forrada de seda capaz de abrir un mundo sonoro inquietante y transparente de sortilegios, haciendo surgir de su chistera esas texturas y atmósferas tan particulares y especiales que conlleva esta etérea partitura, que a veces parece estar siendo susurrada al oído. Pese a lo minúsculo de su orquestación, el maestro italiano estuvo muy presente, manejando acertadamente los contrastados matices y capas musicales que envuelven la narración, mimando los timbres, creando un sugerente y colorido halo sonoro que iba siempre de la mano de la acción teatral. Se ganó bien el sueldo la vertiginosa trompeta de Fabio Brum, omnipresente en las apresuradas apariciones del travieso Puck. Intachable la participación de la Escolanía de los Palacios, dirigidos espléndidamente por Aurora Galán, que hicieron un trabajo espectacular de lectura y dicción ante un texto arcaico tan repleto de afiladas espinas.
Las voces mitológicas
Del reparto, el curtido en mil batallas Xavier Sábata se encargó de dar vida a un Oberon de gran poderío físico y maquillaje fáustico a lo Murnau. Con el tiempo la voz del barcelonés se ha ensanchado, ganando en resonancia y volumen, lo que le facilita que pese a su arqueológica tesitura de contratenor, la línea vocal pueda escucharse hasta en la última fila del teatro. Hizo verdaderas diabluras y contorsiones, saltando chispas cada vez que compartía escena con Rocío Pérez, segura y firme vocalmente, incluso en los pasajes más embarazosos de coloratura (majestuoso “Be kind and courteous”). Todo un acierto el ponerlos a cantar separados en la platea del Maestranza durante el epílogo, pues la emisión parecía provenir de un espacio tan mágico como ese en el que estábamos inmersos.
El equilibrado y radiante cuarteto de jóvenes amantes respondió a la perfección. David Portillo como un lírico e ingenuo Lysander, Heather Lowe fue una expresiva Hermia, Joan Martín-Royo dio vida a un vigoroso Demetrius y Aoife Miskelly estuvo soberbia como Helena. De los actores artesanos, resaltar el buen hacer tanto actoral como vocal, del divertidísimo Bottom del experimentado y bonachón David Ireland (heredero directo del Falstaff verdiano), gran triunfador de la noche, sabiendo explotar a la perfección su vis cómica aferrado a una ejemplar dicción baritonal. Sorprendente incluso que se le llegara a escuchar enfrascado en su máscara de burro. El Flute de Juan Sancho consiguió robarles la cartera a todos en la escena de la representación teatral, regalando una chistosísima y falseteada Tisbe que hizo las delicias del público.
Tras la contundente belleza plástica del Pélleas et Mélisande de Willy Decker (2022), la desgarradora poética desplegada por la Jenůfa de Robert Carsen (2023), este prodigioso y onírico Sueño de una noche de verano de Laurent Pelly es lo más rotundo, memorable e inmortal que ha pasado por el Maestranza en los últimos años.
Javier Extremera
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 14-Febrero-2026.
Benjamin Britten: A midsummer Night’s Dream.
Xavier Sabata (Oberon), Rocío Pérez (Tytania), David Portillo (Lysander), Heather Lowe (Hermia), Joan Martín-Royo (Demetrius), Aoife Miskelly (Helena), David Ireland (Bottom), Juan Sancho (Flute).
Escolanía de los Palacios. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla.
Dirección musical: Corrado Rovaris.
Dirección escénica: Laurent Pelly. Producción de la Ópera de Lille.
Foto © Guillermo Mendo