La afamada violinista Midori Goto (Hirakata, 1971), que ya figuró como solista invitada, ha firmado esta Temporada como Artista en Residencia con la OSCyL, iniciando su labor como tal en el Concierto apertura del Ciclo de Recitales y Música de Cámara 2026-27 (que recorta esta vez a 8, los habituales 10 desde su implantación), como protagonista tanto Musical como Artística, y ejerciendo su magisterio con entrega y sencillez, contagiando su saber al Ensemble de la OSCyL que colaboró encantado en distintas formaciones.
Midori, con su Guarnerius del Gesú <ex Huberman>, 1734, (que utiliza con 4 arcos: dos de Dominique y uno de François Peccate y otro de Paul Siefried, según repertorio), comenzó como solista del Rondó en La m., D.438, para violín y orquesta, que Schubert, a sus 18 años, compuso en un solo movimiento con dos secciones continuas, adagio y allegro giusto. El quinteto acompañante lo formaron Cristina Alecu y Benjamin Payen, violines; Paula Santos, viola; Jordi Creus, cello, y Tiago Rocha, contrabajo, en prestación cuasi perfecta, concentrados en el sonido y detalle que Midori solicita, flexible el fraseo cantábile típico del autor, calmado, íntimo, con solemnidad inicial, preparando la entrada del solista para la real forma Rondó, de ritmo muy animado y alegre. Schubert escribía mayoritariamente para las “Schubertiadas” privadas, donde gustaba contar con buenos y talentosos solistas, como su hermano Ferdinand para violín, muy capaz en escalas rápidas, arpegios y acordes partidos, que no implicaba un virtuosismo gratuito, sino al servicio de la pureza musical que preside sus líneas principales.
La Residente actual y su instrumento, cumplen y aún superan esas exigencias conquistando al oyente con su naturalidad, legato infinito y bello y homogéneo sonido, en cualquier aspecto técnico que pida la partitura, sin menoscabar ninguno de esos planteamientos. La coda final sigue la pauta Mozart pero con la particular armonía de Schubert, que anticipa lo que será el virtuosismo romántico, aquí limpio y ligero. La versión ganó la ovación de la Sala completa.
Siguió el Concierto para Violín nº 1 en Do M. 4/4, Hob. Vlla: 1, (c. 1765) de Haydn, escrito para L. Tomasini, concertino de la Orquesta para la que él trabajaba en ese momento. Aquí la formaron Beatriz Jara e Irina Filimon, violines; Paula Santos, viola; Ricardo Prieto y Jordi Creus, cellos. Pensamos que doblar los cellos y no utilizar clave, fue porque éste está para reforzar esa voz y rellenar la armonía, y quizá Midori quiso respetar la pureza de líneas, dando esa labor al Ce II; ello exige aún más perfecta afinación, otra de las características que la solista tiene exquisita. Los 3 movimientos fueron una delicia. El Allegro moderato inicial de influencia francesa en su forma de sonata de doble exposición, ritmos con puntillos; ritornello que el Ensemble hizo correcto, tanto enérgico como lírico; Midori con unas dobles cuerdas admirables, reexpuso con él los dos temas principales e hizo su cadenza impresionante, como si fuera sencilla; la breve coda recordó el tema principal.
El Adagio, ejemplo de sensibilidad en Fa M., tuvo la bellísima cantilena lírica tocada por la solista, acompañada por preciso y delicado pizzicato de las cuerdas como sentido laúd y otra cadenza breve y profunda que despide un pianísimo sutil del Ensemble. El Presto final de ingeniosa construcción y ritmo alegre, firme y dinámico, con cambios súbitos fuerte-piano en la danza principal y diálogos solista-cuerda con claro contrapunto, para que la solista arpegiara vivo sobre ese tema que pasa por cada una de las cuerdas, concluyendo con coda muy brillante y comunicativa, para que el público premiase a los intérpretes con repetidas ovaciones bien ganadas, dado que la versión fue primorosa.
La Parte II presentó esa joya musical que es el Quinteto de cuerda nº 4 en Sol m., K.516 compuesto por Mozart en 1787, para dos violines, dos violas y cello, con Midori y Beatriz Jara como violines; Harold Hill y Paula Santos, violas, y Ricardo Prieto, cello. El autor propuso dos violas en este Quinteto nº 4, buscando color oscuro de más densidad y calidez, apropiado para el Sol m. que sólo utiliza cuando describe momentos de sumo dolor o desesperanza.
Ver a Midori en silla de atril, debe ser honor, responsabilidad y afán de superación para sus colegas; se desenvolvieron con total solvencia en los cuatro movimientos, más cuanto la “audacia” armónica de la escritura, cumple con el lema de toda esta Temporada OSCyL. Los dos temas de la Sonata del Allegro inicial, con el Vi I con saltos de gran expresión y cromatismos, el segundo no menos dramático; el contrapunto imitativo en el breve desarrollo que hace pasar también al primero por todo el quinteto, tuvo una limpia interpretación. El Allegretto tuvo tensión rítmica en el Minueto, con cortantes sforzandi rompiendo el discurso musical y un Trío no ligero que cambia a Mayor repentino, lírica y tierna relajación para tornar al minueto. La parte base de la profunda emoción del Quinteto está en el Adagio ma non troppo que pasa a Mib M., con unas cuerdas con sordina que oscurecen y suavizan su sonido espiritual y resignado, muy homofónico, salvo en algún lamento puntual. En el Adagio-Allegro final vuelve a pasar de menor a mayor la tonalidad del Quinteto, con la Vi I entonando una triste melodía lenta en trío, sobre medido pizzicato del cello y pasar a un brillante en ligero Rondó liberador de las tensiones anteriores, o quizá como concesión al gusto de la época.
En todo caso la interpretación hizo honor a la bondad de la partitura, porque Midori impuso unas relaciones más que apropiadas, destacando todos los detalles musicales con su calidad indiscutible, despidiéndose todos entre las aclamaciones de un público más que satisfecho.
José Mª Morate Moyano
Midori, violín
Ensemble de cuerdas de la OSCyL: B. Jara, C. Alecu, B. Payen, I. Filimon, P. Santos, H. Hill, R. Prieto, J. Creus, T. Rocha
Obras de F. Schubert, J. Haydn y W. A. Mozart
Sala de Cámara del CCMD de Valladolid