Música clásica desde 1929

 

Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / El ritual y la intérprete - por Juan Gómez Espinosa

Madrid - 22/11/2022

En el mundo de la música actual, ¿cuántas personas se dedican al virtuosismo? Cientos. Yuliana Avdeeva está a otro nivel. Cientos son los concursos de instrumentistas al año y casi siempre los gana alguien diferente. Yuliana Avdeeva está a otro nivel. Ser virtuoso no resulta complicado si puedes alimentarte tres veces al día con tranquilidad: horas y horas de estudio y todo listo. Lo difícil es llegar a convertirse en intérprete, es decir, en fusionarse con un discurso ajeno, hacerlo propio y transmitirlo. En este caso, la técnica deja de ser un fin gimnástico para volverse un medio. Yuliana Avdeeva es una virtuosa, sí, pero, sobre todo, una intérprete. Posee eso que se encontraba en el origen del arte llamado poder chamánico.

El domingo 20 de noviembre brindó su ritual en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Coherentemente, eligió a tres autores que fueron grandes instrumentistas en sus épocas, pero desde un prisma que abandonan los tocafusas: desechando el atletismo superficial (Usain Bolt no era atleta, sino artista, aclaro), sabiendo que las dificultades técnicas, para estos compositores, formaban parte de discursos orgánicos. El esfuerzo físico requerido para conquistar estás obras está unido al emocional. Si uno creyese en el alma, diría que Avdeeva lo dispone entero sobre las tablas. En vez de tanta teología, afirmaré que concentra todos los procesos neuronales al servicio de la comunicación. La química es maravillosa.

Todo esto se notó desde las cuatro mazurcas chopinianas con las que comenzó. Lejos de la típica lectura folclórico-melosa, Avdeeva las ofreció con una profundidad emocional propia de quien sabe disfrutar de luces y sombras sin miedo. Y todo, además, con una gradación de matices pocas veces excepcional. Literalmente excepcional, porque casi nunca se aprecia, y menos en un directo, un control sonoro así, capaz de conducir al oyente como a un pelele (y muy feliz de sentirse pelele, para qué negarlo).

Con el resto de Chopin todo funcionó de la misma manera, alcanzando la K2 de la expresividad en varios lugares (sin que resultase agotadora tanta altura). También recordó por qué Chopin figuró entre los ídolos de los llamados impresionistas: las sonoridades fluyeron en forma de ráfagas bien coloridas.

Llegó el turno de Bach, la antítesis de Chopin, pero Adveeva aplicó todos los recursos chamánicos para moldear la arquitectura barroca. Ya no hubo ráfagas protoimpresionistas, claro, pero sí un sentido esencial de cada voz, cada intervalo, cada danza.

Y, finalmente, Rachmaninoff. El virtuosismo como medio se hizo especialmente obvio en la sonata, en la cual lo espectacular no cubrió esa nostalgia que hace tan impredecibles las mejores páginas del último romántico. Incluso el tercer movimiento (que, como todos los conclusivos de Serguei, se pueden acercan a un triunfalismo convencional) resultó profundo. Adveeva, en resumen, dirigió el ritual (con los brazos, la espalda e incluso el rostro) y el público se sometió con todo el placer. También fue de agradecer la falta de asepsia en la interpretación. Las impurezas, en manos como estas, forman parte de la perfección (o sea, de la dimensión humana, como en los buenos mitos). Ni siquiera su uso del pedal izquierdo, al que otorgó gran importancia, fue un recurso de pianista mediocre. Mientras otros lo utilizan, simplemente, para conseguir el pianissimo, Adveeva lo empleó para lo que realmente es: crear climas de vibración atenuada. Y es que con la sordina ocurre lo mismo que con las drogas: mentalmente, no todo el mundo se las puede permitir.

Juan Gómez Espinosa

 

CÍRCULO DE CÁMARA. TEMPORADA IV: 2022/23

Obras de: Fréderic Chopin (Cuatro Mazurkas, op. 41; Scherzo nº 3 en do menor, op. 39; Barcarola en fa sostenido menor, op. 60; Polonesa-fantasía en la bemol mayor, op.61), Johann Sebastian Bach (Partita nº 2 en do menor BWV 826) y Serguéi Rajmáninov (Sonata nº2 en si bemol menor, op. 36).

Intérprete: Yuliana Avdeeva (piano).

Fecha y lugar: 20 de noviembre de 2022, Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

 

Foto © Círculo de Bellas Artes

108
Anterior Crítica / Timothy Brock, banda sonora para Foolish Wives - por Ramón García Balado
Siguiente Crítica / El valor de lo nuevo - por José Luis Montesdeoca