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Crítica / El Mesías, viaje a ninguna parte - por Juan Carlos Moreno

Barcelona - 22/03/2024

El director de escena Robert Wilson tiene un estilo harto particular; tanto, que resulta inconfundible. En él, las referencias a pintores como René Magritte o Edward Hopper conviven con filosofías y tradiciones teatrales orientales, lo que da pie a unas propuestas que sorprenden por su uso del espacio, la iluminación, el color y, sobre todo, un movimiento actoral cuyo hieratismo se ve contrapesado por la vivacidad de los bailarines. Es, en suma, un estilo básicamente pictórico y plástico, estático y estético, que apela a los sentidos, pero no tanto a las emociones.

Ahora bien, una cosa es enfrentarse a una ópera con unos personajes y un argumento bien definidos, y otra hacerlo con un oratorio como El Mesías de Haendel, que no tiene ni una cosa ni otra y que, además, a lo largo de todo su texto incide de modo tan explícito como insistente en el nacimiento, pasión y resurrección de Cristo; esto es, remite a una fe muy concreta, la cristiana.

Wilson, sin embargo, no lo ve así: para él, El Mesías “no es tanto una obra religiosa como una especie de viaje espiritual”, de ahí que afronte su puesta en escena con una gran libertad creativa. El problema es que el resultado, estrenado en 2020 en la Mozartwoche de Salzburgo, más que espiritual, es un viaje al peculiar imaginario de Wilson que se mueve al margen de lo que coro y solistas cantan. La incongruencia entre lo que se ve en escena y lo que se escucha es abrumadora, abismal.

En este montaje, los cantantes hablan de Dios, Jerusalén, el nacimiento de Jesús… y lo que se ve es un tenor que parece un dandi cuyo mejor tiempo ya pasó, un barítono llegado del Japón samurái, una contralto salida del claustro de un internado inglés y una soprano blanca como un yurei, el fantasma tradicional nipón. Los cuatro, así como el coro, deambulan por un escenario de simplicidad minimalista cuya iluminación cambia a raíz de ciertos gestos de ellos, y en cuya pared del fondo se proyectan vídeos de olas, icebergs y explosiones de hielo. De vez en cuando, algunos troncos bajan del cielo y se ponen a levitar o aparece en escena un maniquí descabezado que tiene una langosta como mascota.

Por ese escenario se mueven también una niña, un señor decrépito (el actor Max Harris) que se anima a mover el esqueleto mientras el tenor canta el aria “Erwach’ zu Liedern der Wonne”, así como un bailarín (Alexis Fousekis) que lo mismo se desenvuelve en calzoncillos como aparece convertido en monstruo de paja o en astronauta, en este caso girando como una peonza entre explosiones de hielo mientras el coro entona el “Aleluya”.

Sí, ciertamente hay momentos bellos, como la Pastorale, con su crepúsculo sobre el mar, o el inicio de la tercera parte, con la soprano deslizándose sobre una barca en un mar de niebla a la vez que canta el aria “Ich weiss, dass mein Erloser lebet”. Pero también los hay grotescos, como el dúo “O Tod, wo ist dein Pfeil”, convertido por Wilson en una escena de coqueteo entre el tenor (el viejo dandi) y la contralto (la seca institutriz), o el final de la primera parte, con la soprano cantando mientras se vierte un vaso de agua por la cabeza.

En toda esta propuesta falta un hilo narrativo que una las distintas escenas. Sin él, este Mesías no es más que una serie de estampas, de cuadros plásticos más o menos sugerentes, pero que lo mismo sirve para esta obra como para cualquier otra. En el fondo, esta lectura hay que tomarla, más que como un viaje espiritual, como una gigantesca broma que ni es ni pretende ser irreverente y que tampoco tiene demasiada gracia.

Lo malo es que a nivel musical la versión tampoco arranca. La idea de escoger la adaptación que de la partitura de Haendel hizo Mozart es excelente, pues la obra gana así en viveza, color y detalles (¡esos clarinetes!). Pero Josep Pons ni tira decididamente hacia el clasicismo, ni tampoco hacia el original barroco. Salvo en momentos puntuales, a su versión le falta fluidez, ligereza. La orquesta, al menos, responde con solvencia.

No puede decirse lo mismo del coro, muy liviano y falto de empaque, con imprecisiones e, incluso, pasajes en que parece incómodo, sobre todo aquellos en los que domina el contrapunto. Es un coro de ópera, no de concierto, y eso se nota en una obra como esta.

Los solistas cumplen sin más, a excepción de la soprano Julia Lezhneva: la belleza de su voz, la elegancia, musicalidad y expresividad de su canto iluminan, aunque sea fugazmente, un montaje en el que llega un momento en el que nada sorprende, nada pasa y todo aburre. El resto es más discreto: la contralto Kate Lindsey no siempre resultaba audible, el barítono Krešimir Stražanac cumplía, aunque tan envarado como un samurái, y el tenor Richard Croft convencía más en su faceta como actor que en la de cantante, dada una voz que denota el desgaste del tiempo.

Juan Carlos Moreno

 

Julia Lezhneva, Kate Lindsey, Richard Croft, Krešimir Stražanac.

Cor i Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu / Josep Pons.

Escena: Robert Wilson.

El Mesías, de Haendel (versión de Mozart).

Gran Teatre del Liceu, Barcelona.

 

Foto © David Ruano

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