Shostakovich es un maestro indiscutible de la música del siglo xx, una figura incontestada ya en la historia de la música occidental. Poco a poco (quizá más lentamente de lo deseado) se va incorporando en los programas de conciertos de orquestas, músicos de cámara y solistas. En 2025 se cumplieron 50 años de su fallecimiento, lo que ha significado un espaldarazo a su presencia en salas de todo el mundo. Esta temporada 25-26 el Círculo de Cámara del Círculo de Bellas Artes nos ofrece la posibilidad de acudir a varios conciertos en torno al músico ruso. Como el del domingo pasado, interpretado por Elisabeth Leonskaja y el Cuarteto Danel.
En programa, dos obras de Shostakovich (una sonata para piano, la Op. 61, y su quinteto con piano Op. 57) y el cuarteto Op. 131 de Beethoven. Unir en un mismo programa estos dos nombres significa fortalecer un hilo invisible entre la música de dos genios. Cuando, además, son obras de gran calado dentro del catálogo de cada uno de ellos, la intensidad de la velada estaba pronosticada.
Y no salimos defraudados. Escuchamos en primer lugar la sonata para piano, la Op. 61 de D. Shostakovich. Leonskaja, no es, desde luego, una sorpresa como pianista. La brillantez de su piano y su seguridad interpretativa han ganado quilates con los años, y ha alcanzado un equilibrio envidiable entre reflexión, emoción y calidez. Esta obra, escrita en 1943, contiene en su movimiento Largo un homenaje al que fue maestro de Shostakovich, Leonid Nicolaiev, fallecido poco antes. Lo que escuchamos el domingo fue la creación por parte de la pianista de un espacio sonoro transitando por el terreno de lo desolado, apoyando un clima oscuro pero sereno. Aún si no supiéramos que es un homenaje a un fallecido, el mensaje de dolor es claro. Shostakovich no deja en esta ocasión espacio para la melancolía, es dolor descarnado. Leonskaja lo supo transmitir sin dramatismo, haciendo hincapié en la soledad, con un punto justo de intensidad entre un drama que no aparece en la partitura y una sequedad dolorida. Los aplausos que recogió recompensaron una interpretación espléndida y sin efectismos.
A continuación llegó el cuarteto nº 14, Op. 131, de Beethoven. Se trata de una de las obras más importantes de Beethoven, donde el compositor casi dinamita los convencionalismos asociados tradicionalmente al cuarteto de cuerdas. Escrito al final de su vida, puede considerarse, con otras obras del mismo periodo, como el terreno de experimentación de un genio que jugaba traspasando los límites del arte de su época. Dividido de manera inusual en siete movimientos casi sin división entre ellos, la riqueza de contenido armónico y melódico es apabullante. Es una obra que requiere atención por parte del oyente, casi exigiéndole que acompañe el caudaloso desarrollo de la obra sin flaquear en la escucha, para aprehender y saborear el banquete musical que ofrece Beethoven. Para el público actual, este cuarteto no resulta rompedor, ni en forma ni en contenido, pero para quienes lo escucharon por primera vez debió significar una experiencia turbadora.
El cuarteto Danel, que ha grabado, entre otros, la integral de los cuartetos de Shostakovich, supo abordar la obra desde este punto de modernidad, ajenos a todo lo que no fuera la inmersión absoluta en una música que, como hemos dicho, no da respiro. Ni fue complaciente Beethoven al escribirlo, ni lo fueron los intérpretes del otro día al tocarlo; el público premió con cerrados aplausos la rigurosidad, sinceridad y compromiso del cuarteto Danel.
En la segunda parte del concierto, solo una obra, el quinteto con piano Op. 57 de D. Shostakovich. Es algo anterior a la sonata que escuchamos en la primera parte, pero, compuesto en 1940, es inevitable escuchar bajo sus notas la guerra cercana. La presencia de Bach aparece desde la primera nota, aunque poco a poco va dejando paso a otras influencias, si podemos considerar así a ciertos elementos en la música de Shostakovich que nos aproximan a una música popular reinterpretada por el ruso a su manera.
Es una obra en la que, literalmente, el compositor organiza un diálogo entre el piano y las cuerdas, que llevan la voz cantante, a través del desarrollo melódico. La melodía se convierte en una especie de reina aérea y etérea que sobrevuela toda la música, mientras que el piano actúa como un contrapunto más terrenal. Porque Shostakovich no es nunca un ingenuo y su música es siempre muy humana y real.
El Cuarteto Danel desarrolló en este quinteto todo su carácter, con una garra y una personalidad muy particulares; han encontrado un sonido propio, ácido, incisivo, que saben suavizar con maestría cuando la partitura se lo pide. En definitiva, junto a Leonskaja nos ofrecieron una lectura de esta obra más más lírica que soviética, pero igualmente fieles al espíritu de Shostakovich.
Blanca Gutiérrez Cardona
Círculo de Camara 25-26. Teatro Fernando de Rojas, CBA Madrid
25-01-2026
E. Leonskaja, piano, cuarteto Danel
Obras de L. van Beethoven y D. Shostakovich