Si una cosa hay que reconocerle a Stephanie Childress, eso es su valentía. Desde que, en diciembre de 2023, fuera nombrada directora invitada principal de la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC), ha ido dando cuenta de ello con una serie de programas en los que no ha faltado cierta dosis de osadía. Los resultados, ciertamente, no siempre han sido óptimos, pero lo que es indudable es que, en ese tiempo, la joven intérprete franco-británica (en mayo cumplirá 27 años) ha ido creciendo y adquiriendo más y más experiencia. También se aprecia una mayor complicidad con la orquesta y con el público. La innegable capacidad comunicadora de Childress hace el resto.
El concierto que ofreció el pasado 10 de abril no fue una excepción en lo que a osadía se refiere. Sobre todo porque hay que tener las cosas muy claras para interpretar una obra tan difícil y densa, tanto para los músicos como para el público, como es la Sinfonía n. 2 de Rachmaninov.
Su movimiento inicial, Largo-Allegro moderato, es especialmente traicionero por la homogeneidad de sus temas, su falta de contraste, de conflicto, y su excesiva duración. Childress, no obstante, lo expuso con convicción, optando por la fluidez a la hora de exponer y desarrollar los motivos, sin caer en excesos ni precipitaciones, pero sin permitir tampoco que la música se estancara. Su formación como violinista, además, favoreció que la cuerda brillara especialmente. Logró así momentos de gran belleza tanto sonora como expresiva.
En el Scherzo hubo nervio, brío, color, mientras que en el Adagio la directora supo modular con inteligencia y sin artificios la amplia melodía principal, haciendo brillar a los solistas de madera, sobre todo al clarinete. Ese remanso de paz contrasta con el Allegro vivace final, al que Childress imprimió la potencia e ímpetu adecuados, sin dejar de lado esa pasión tan propia de Rachmaninov y, en general, de la tradición rusa. La directora, en definitiva, superó la prueba con una nota muy alta.
Esa sinfonía no fue el único gran reto de un concierto que se abrió con una versión más bien discreta de la obertura Helios de Nielsen, empeñada ya desde el inicio por unas trompas algo frías. El reto en cuestión fue el Concierto para piano n. 2 de Prokofiev, una partitura que representa una prueba extrema de técnica, fuerza y resistencia para cualquier solista.
Denis Kozhukhin parece nacido para interpretarla. En el primer movimiento apabulló en la gran cadencia con su dominio virtuosístico del teclado, en el segundo mostró una articulación precisa y fulgurante, en el tercero abordó con fantasía y descaro los constantes cambios de carácter que reclama el compositor y en el cuarto asombró por su calidad expresiva y el rango dinámico que supo extraer al piano. Childress, por su parte, no se quedó atrás a la hora de resaltar la desprejuiciada irreverencia de que da cuenta Prokofiev, labor en la que contó con la complicidad de una orquesta que se mostró impecable en todas sus secciones.
Juan Carlos Moreno
Denis Kozhukhin, piano.
Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya / Stephanie Childress.
Obras de Nielsen, Prokofiev y Rachmaninov.
L’Auditori, Barcelona.