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Crítica / Determinante fidelidad estilística - por José Antonio Cantón

Alicante - 17/05/2026

Poder escuchar una de las obras maestras del género liederístico como es el ciclo de canciones Winterreise, D 911 que Franz Schubert compuesto el año 1727, que el propio compositor llegó a considerar en su momento como “ciclo de canciones horripilantes”, es un auténtico privilegio si se experimenta desde la recreación estética de un dúo como el formado por el barítono italo-ladino André Schuen, uno de los mejores “liederistas” de su generación y el pianista alemán Daniel Heide, un auténtico dominador estilístico de este género. Es así como hay que valorar previamente la programación de este recital dentro de la temporada de la Sociedad de Conciertos de Alicante, en su constante interés por ofrecer las mejores actuaciones posibles de figuras jóvenes con trayectoria en sus carreras de clara proyección artística, como sucede en el caso de este cantante.  

Este ciclo de canciones llegó a causar gran sorpresa a sus amigos cuando lo presentó el compositor en audición privada según la valoración de uno de ellos, el barón Joseph von Spaun, consejero del imperio austro-húngaro, que llegó a decir treinta años después “creo que no puede haber duda alguna del estado de febril excitación en el que Schubert escribió la música de sus más bellas canciones, y muy en particular del ciclo Winterreise, como presagio de su temprana muerte”, y que como friso musical en su conjunto hay que calificar de apocalíptico, tal vez comparable en ciertos aspectos con algunas de las visiones plasmadas por el pintor contemporáneo del músico Caspar David Friedrich, uno de los pinceles más significativos del romanticismo alemán, famoso por su cuadro titulado El caminante sobre un mar de nubes, que refleja una atmósfera análoga al contenido de los versos de Wilhelm Müller, poeta de los textos a los que Schubert prestó su genial atención melódica, dando a sus veinticuatro títulos esenciales contenidos musicales con la que alcanzó una más amplia magnitud estética, en los que se describe una sencilla historia de un amante rechazado que abandona la ciudad donde reside su amada y emprende un viaje sin rumbo durante la estación invernal.

Con una perfecta adaptación a esta valoración, André Schuen mostró de inmediato la naturalidad y nobleza de su timbre vocal en la canción que abre el ciclo, Gute Nacht (Buenas noches) presentando una impecable línea de canto, fluctuando con absoluto control desde un exquisito registro lírico a una contundente emisión de corte heroica con el soporte de una dicción de determinante distinción, que permitía que el texto fluyera con absoluta naturalidad poética. Entrando en otros detalles de algunas canciones de esta colección cabe decir que el cantante propuso una particular adecuación romántica del ciclo, en la que destacaba una lectura de una mantenida y sutil tendencia elegíaca. Su manera de presentar al viajero parece más una reflexión de su propia desolación mientras vive su gélido viaje que una lamentación. Así hay que entender que mantuvo constantemente ese difícil equilibrio entre experiencia y expresión, transmitiendo cómo si el personaje ya estuviera observándose desde fuera. Esa perspectiva vuelve especialmente conmovedoras canciones como Das Wirtshaus (La posada), donde el cansancio del protagonista se convertía en la voz del barítono en una aceptación resignada más que en una necesidad vital ineludible. Su timbre vocal adquirió entonces un especial tono que revelaba hasta qué punto Schuen domina el arte de colorear psicológicamente el texto desde su canto.

Para realizar tales matizaciones contó con el singular pianismo de Daniel Heide, que puede entenderse como toda una proyección espacial en su acentuación descriptiva del estado emocional del caminante y el ambiente invernal que le rodea. Cuidar este particular parámetro estético es fundamental para afrontar una interpretación de gran nivel como el que alcanzaron estos grandes recreadores del pensamiento schubertiano, que se entienden a la perfección desde un alto grado de interiorización de la obra, actitud que en el cantante se manifestó adecuada a la profunda desesperación de un joven desolado ante el doloroso recuerdo de un amor fallido. El pianista alcanzó máxima distinción, como rúbrica de su actuación, en el lied final, Der Leiermann (El zanfonista), cuya tonalidad en La menor predispuso a que ofreciera una gran contención expresiva sin llegar a caer en el más mínimo carácter melodramático, sentimiento tan habitual en interpretaciones de limitada trascendencia. Su esencial función resultó primordial para entender el equilibrio y la orientación que dieron ambos a la lectura de cada lied. Rehuyó cualquier tentación virtuosística emitiendo su sonido desde una especie de insinuación expresiva, no buscando imponerse con un discurso musical independiente, tentación en la que caen algunos pianistas, sino que creó un espacio sonoro donde la voz pudo respirar con facilidad manifestando toda su belleza. Esa contención produjo momentos de enorme sutileza como los acordes suspendidos de Einsamkeit (Soledad), el pulso casi fantasmal del lied que cierra el ciclo, o la delicadeza con que perfiló los arabescos de Wasserflut (Torrente). Heide manifestó que en Schubert el piano no acompaña sino que invita al oyente a pensar en los textos desde su riqueza polifónica. Y aunque en ocasiones su enfoque pudo llegar a parecer con demasiada contención, la unidad conceptual con Schuen fue digna de admiración. En este sentido no hay que olvidar también el etéreo impulso interno manifestado desde el teclado en Die Krähe (El cuervo), sustentando la magnificente voz del barítono que, en raras ocasiones, sonó tan atmosférica y ligera como resultó en esta canción. En resumen, el pianista aportó una inteligencia e inventiva que armonizaba a la perfección con la enorme calidad técnica y conceptual del cantante. Tanto por su color vocal e instrumental como por su sofisticación interpretativa, la versión que ambos intérpretes ofrecieron de esta paradigmática obra del último Schubert me llevó a recordar la primera y referencial versión de esta obra realizada por el legendario Dietrich Fischer-Dieskau con Gerald Moore al teclado grabada por EMI el año 1962, que sentó summa auctoritas por su belleza vocal, claridad de dicción y profundidad emocional.

Con este recital de canto la Sociedad de Conciertos de Alicante ha cumplido sobradamente con la exigencia que siempre se impone, dejando el listón muy alto en este género musical de obligada presencia en su ya de por sí seleccionada programación de cada temporada.

José Antonio Cantón

 

SOCIEDAD DE CONCIERTOS DE ALICANTE

Recital de canto de ANDRÉ SCHUEN (barítono) y DANIEL HEIDE (piano)

Obra: Ciclo de lieder WINTERREISE (Viaje de invierno) de FRANZ SCHUBERT

Teatro Principal de Alicante. 11-V-2026

 

Foto © Angel Yuste

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