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Crítica / Desde el Olimpo de los contratenores - por Ramón García Balado

Santiago de Compostela - 20/12/2021

El contratenor Christian Gil-Borrelli fue  ganador del pasado III Concurso de Canto Compostela Lírica, cita de alto nivel competitivo en el que interpretó Che più si tarda, omai…Stille amare, de Tolomeo  de G.F.Händel y Perché tacer degg´io…cara, lontano ancora, de Ascanio in Alba, de W.A. Mozart.

Una voz consolidada en repertorios barrocos aunque con aproximaciones a las estéticas contemporáneas, de las que son modelo KASHIMIRI, basada en la vida y obra de compositores LGBT y Orfeo + Euridice, una revisitación de C.W. Gluck. El magisterio que determinó sus  posicionamientos como cantante, se abrieron paso entre Xabier Sabata, Philippe Jaroussky y la atenta observancia de Alberto Zedda.  

La recuperación de esa cuerda vocal, ya desde los años cincuenta, contribuyó a poner en espacio preciso unos estilos que actualmente, no  causan perplejidades ni rechazos, una necesidad a la contribuyeron grandes especialistas en criterios filológicos e históricos, por lo que no sorprende que en la pasada convocatoria del concurso, Christian fuese el elegido de la llamada de los dioses del Olimpo. Compañero suyo es también otro talento gallego con carrera reconocida, Alberto Miguélez, con quien siempre mantuvo una afinidad de planteamientos estéticos y artísticos. Voz dúctil y maleable, podría ayudarnos a imaginar a insignes castrati, como Farinelli o Senesino. Los castrati quedaron pues como línea argumental, en cuanto a las arias elegidas, marcando en lo posible la distancia vivencia de cada una, según las demandas de los autores.

Para entrar en ánimo, el Beethoven de la obertura del Egmont beethoveniano, en sus fuertes ritmos contrastantes y acentuados por la orquesta en la búsqueda de las intenciones reivindicativas, y que el drama goethiano eleva a  dominios que sobrepasaban el carácter de trabajo incidental.

La RFG y Maximino Zumalave marcaron una pauta casi agobiante dentro de la  mezcla de los diferentes recursos que utiliza. Tres arias para el cantante, en un concierto que hubiese agradecido una mayor presencia en su protagonismo, a la vista del galardón de reconocimiento.  Händel partiendo de Rinaldo, en una de esas arias a las que tienen querencia los grandes divos de la lírica, Cara Sposa, amante cara, aria para el protagonista Rinaldo, y que servía para el enfrentamiento osado de los castrati  divinizados por un público en grado de delirio, gracias al encumbramiento de los alardes llevados al sobreagudo. El gozo y el placer en esos roles travestidos de los que el tiempo confiará a las mezzosopranos, con las dudas añadidas que acabará provocando. Prepotencia y dominio en toda su extensión, en lo que  fueron las arias da capo.  No menos ambición de encumbramiento, por el reformador C.W.Gluck, en su Orfeo ed Euridice, con el aria Che faró senza Euridice?, página del tercer acto, en el primer cuadro y entre el naufragio de las dudas, en otro estado de arrebato, en el contexto obligado del planteamiento de esta ópera carente de recitavivo secchi, pero con grados sublimes como aria al estilo de ariosi Che puro ciel!

Aria realmente por descubrir y perteneciente a una ópera juvenil de W.A.Mozart, con  Cara, lontano ancora, ya citada por haber sido elegida para aquel III Concurso de Canto Compostela Lírica. Ascanio in Alba K. 111, resultaba en realidad una serenata teatral de puro y obligado compromiso, en atención a los esponsales del archiduque Fernando, en el Teatro Regio Ducal, en 1771,   y sobre un libreto de  Giuseppe Parini, una pequeña intriga entre breves pasajes de ballet, y para cuyo estreno fueron elegidos Geltrude Facchini, Maria Ginelli, Giuseppe Tebaldi, Adamo Solzi, y muy especialmente, el castrato Giovanni Manzuoli, auténtico consagrado de la época y por el que Mozart, sentía verdadera admiración, al que dedicará un par de esplendorosas arias, que tienen una posible afinidad con el estilo de su apreciado Johann Christian Bach.  Plantel pues a capricho de Christian Gil- Borrelli, quien nos dejó con la  miel en el paladar y la curiosidad de escucharle en un programa de mayor calado.

Mozart con la Sinfonía n º 41, en Do M. K.551 (Júpiter), obra que fue calificada de desmesuradas dimensiones, aumentada por el colorido orquestal. La elaborada configuración constructiva y la olímpica monumentalidad, le valieron el título de Júpiter, aunque no olvida el ideal de sencillez y ligereza, desde el Allegro vivace, al Andante cantabile, el Minuetto y la poderosa confirmación del Finale, una perfecta conjunción de fuga y forma-sonata, en este autor que es perfectamente consciente, del grado cualitativo que viene sugiriendo ya desde hace  veinte años, aunque bastará con aceptar, que tan solo tenía 32 años. Abundando en ese Fugato-Finale, para Carli Ballola y Parenti, no solo es la absorta apoteosis de glorias privadas y el ciclópeo esfuerzo inventivo, sino también está clarísimo que Mozart se propuso dar el paso determinante y conclusivo de un itinerario personal análogo al que había llevado a Johann Sebastian Bach al Arte de la fuga.

Comentaba Zumalave, que la inclusión de la sinfonía, era una respuesta destinada a algunos aficionados, que recordaban la eliminación  de la obra en un ciclo que incluía las tres últimas en espacio abierto y que hubo de suspenderse por inclemencias del  tiempo. Era hora pues, de volver a contar con ella, además  acentuado además  el detalle de su interpretación al completo, evitando ciertos recortes que resultan habituales y que inciden especialmente en los dos  movimientos finales.

Ramón García Balado

 

Colaboración con Amigos  de la Ópera de Santiago

Christian Gil-Borrelli.

RFG / Maximino Zumalave.

Obras de L.v. Beethoven, G.F. Haendel, C.W. Gluck y W.A. Mozart

Auditorio de Galicia, Santiago de Compostela         

Círculo das Artes, Lugo.

Foto © Xaime Cortizo

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