Madrid amaneció gris, húmedo, casi obstinadamente londinense. No era un detalle menor. El cierre del ciclo O sweet song: de Byrd a Purcell, programado por la Fundación Juan March dentro de sus Conciertos del sábado, encontraba en ese clima su prólogo natural, como si la ciudad hubiese decidido acompañar —sin pedir permiso— ese fondo melancólico que ha atravesado las cuatro citas. Más que trazar una historia lineal, el ciclo ha ido fijando un carácter, esa manera inglesa de situar la música entre lo íntimo y lo teatral, de la contención heredada a una expresión ya afirmada.
El cielo nublado, el frío impropio de mayo y la humedad prolongaban esa atmósfera antes incluso de entrar en la sala. Dentro, la transición resultaba natural: moquetas, cortinas, luces suaves, una comodidad a medio camino entre el club inglés y la sala de conciertos. Todo quedaba definido antes de que sonara la primera nota.
El programa situaba a Purcell en su contexto inmediato, no como figura aislada, sino como punto de llegada de la canción inglesa. Bautizado por sus contemporáneos como Orpheus Britannicus, aparece aquí como heredero de Byrd y de la consort song, pero ya volcado hacia el peso del texto y hacia el teatro. De ahí la elección de The cares of lovers, Music for a while o I attempt from love’s sickness, donde la palabra deja de ser soporte para convertirse en motor dramático.
Purcell como ejemplo de un compositor que hace comprensibles las palabras en inglés y hace sentir lo que dicen. Sobre un bajo ostinato, articula afectos diversos —deseo, amor, pérdida, alegría, serenidad, paz—, todos, en el fondo, una celebración de la música y de lo que revela de lo humano. Con esa idea, Helen Charlston inició el concierto en lo que fue una verdadera declaración de intenciones. A partir de ahí, no se limitó a recorrer el programa, lo moldeó desde dentro con una voz oscura, aterciopelada y una resonancia muy controlada. Exhibió un registro perfectamente uniforme que no perdió cuerpo en los agudos y no dudó en sacrificar la belleza de su timbre o el acabado del fraseo a favor de la palabra y su expresión.
Muy bien sostenida por Jonathan Manson en la viola da gamba y por Julian Perkins al clave, el resultado fue más allá de lo esperable en una formación tan reducida. Tres músicos —voz, viola y clave— bastaron para construir un espacio sonoro pleno y para conmover con lo justo. Manson y Perkins no se limitaron a acompañar. Respiraron con la voz, la sostuvieron con discreción y, cuando la escritura lo permitió, tomaron la palabra. Así ocurrió en la Division in D major de Christopher Simpson, donde Manson dejó ver un control absoluto del instrumento, y en Mortlack’s Ground de John Blow, donde Perkins consiguió que el bajo ostinato no se convirtiera en una mera fórmula, sino en un espacio en transformación.
La propina llegó sin romper el carácter del concierto. Helen Charlston bordó el aria Cara speme de Giulio Cesare de Haendel, creando un estado suspendido, reducido a lo esencial. Solo la voz detenida en la posibilidad de la esperanza. Esa esperanza, tenue, no negaba el fondo melancólico que había atravesado todo el ciclo, sino que lo iluminaba desde dentro. Afuera seguía lloviendo.
Mercedes García Molina
Helen Charlston, mezzosoprano. Jonathan Manson, viola da gamba. Julian Perkins, clave
Purcell y la canción teatral. Obras de Purcell, Simpson y Blow.
Fundación Juan March, 2 de mayo de 2026.
Foto © Dolores Iglesias Fernández / Archivo Fundación Juan March