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Crítica / Debutan director y violinista en un estreno absoluto - por José M. Morate Moyano

Valladolid - 08/11/2026

El título “Audacia” que rige la temporada de Abono de la OSCyL, volvió a verse cumplido en el cuarto Concierto, pues se unieron diferentes factores musicales. El primero, su Director Invitado Andrey Boreyko (S. Petersburgo, 1957), de padre polaco, Director de las Filarmónicas de Jena (1998-2003), de Nápoles (Florida, 2014-22) y) Nacional de Varsovia (2019-24); Sinfónicas de Hamburgo (2004-07), Berna (2004-10), Düsseldorf (2009-14), Winnipeg (2001-06) y Nacional de Bélgica (2012-17). El segundo, presentación de Carolin Widmann (Múnich, 1976), Artista del Año en los IOMM, Schneider-Schott Preis y Premio Estatal de Baviera, además de un Diapason d’Or; desde 2006 Profesora de Violín en la Universidad de Música y Teatro “Mendelssohn” de Leipzig.

El tercer debut sería el estreno absoluto del Concierto para Violín (2025), encargo de la OSCyL y de la Hong Kong Sinfonietta, al célebre percusionista David Moliner (Castellón, 1991), escrito para la violinista alemana como solista y gran orquesta, donde los cuatro percusionistas y el timbalero juegan importante papel, en particular la marimba (especialidad del compositor), en colaboración con el Maestro quien tiene gran interés en la difusión de la Música Contemporánea junto con la violinista.

Como apertura de programa otra infrecuente novedad, el Nocturno en Solb M., op. 70/1 (1901) de Giuseppe Martucci (Capua, 1856-Nápoles, 1901), de su original para Piano (1891) en línea con Schumann y Chopn, cuya acogida por el público italiano le hizo orquestarlo tal y como nos lo ofreció en su primicia la OSCyL. El tejido orquestal es sutil y el moderato prescrito por el autor (al que se tildó de “Brahms italiano” porque no siguió la senda operística lógica de su país, sino más bien la sinfónica cemtroeuropea), fue bien fijado por Boreyko, con cuerdas sensuales, maderas y arpa en contrapunto romántico y destellos de luz que enriquecen el color y brillo del Piano original, con nota para clarinete y cello. Los 8 minutos transcurrieron plácidos sin otra virtud que la novedad y el buen gusto interpretativo.

El Concierto para Violín, en palabras de David Moliner, pretende unir el íntimo brillo de la contemplación de lo bello en la Naturaleza, con la energía que a la vez habita en el corazón del espíritu humano. Cuatro movimientos tocados sin pausa, describen cuatro facetas de esa luz que alumbra la vida del ser humano. El violín es el motor que impulsa todo, desde lo lírico a lo energético y donde las percusiones son tratadas casi como instrumentos cantantes, objetivo del compositor.

Carolin Widmann se mostró segura cumpliendo las exigencias de la partitura en contrastes, expresividad y tímbrica, llevadas todas hasta el límite de las posibilidades técnicas de su violín, un G. B. Guadagnini de 1782; la Cadenza lírica y amplia que enlaza tercer y cuarto movimientos, fue el momento más expresivo del Concierto, dando prueba del nivel de la violinista que, a su final, acompañada por las cuerdas sin violines I, tuvo el máximo de emotividad. La Pastoral inicial plantea el despertar de la Naturaleza creciendo delicada y gradualmente hasta alcanzar la luz total, con la solista moviéndose en ese florecer del campo, íntima y a la vez expansiva. Amor ibérico recoge ritmos y melodías breves tomados de la seguidilla y el fandango, aunando baile, cante y elegante ardor en el violín, todo vital y colorido.

Canción infantil narra la ternura y simplicidad de la vida humana recién nacida, como inocente nana de reflexión tranquila, que demanda incluso silbar y tocar simultáneamente a la solista; la Cadenza dicha es el eslabón con Temporal o transitorio, final que pretende resumir el mensaje de la obra sobre la vida, donde todo va, se desarrolla, viene y desaparece lánguidamente en decreciendo total que lleva al silencio. Como no podía ser menos por estreno, dificultad y conjunción, todos estuvieron al máximo de concentración y finura, haciendo que los aplausos fuesen generosos y repetidos, a los que se sumó el propio compositor llamado a escena.

El Programa concluyó con la tercera lectura de la OSCyL de la Sinfonía nº 9 en Mib M., op. 70 (1945), tercera de su Ciclo “de Guerra”, de Shostakóvich. De nuevo en ese momento de júbilo y éxito por el fin del segundo conflicto mundial, el autor sacó su vena crítica e irónica, sorprendiendo así a un régimen que seguía esperando una obra grandiosa de exaltación de la victoria y encontrándose con la cierta alegría satírica de lo político y militar que Stalin había impuesto, incluyendo además motivos klezmer en los últimos movimientos, recuerdo al mal trato que se dio a los judíos. Optó por rendir homenaje al Haydn, cuyas Sinfonías tocaba cada noche con su amigo Kabálevski mientras escribía la suya; de ahí la estructura en tres movimientos, aunque el tercero comprima tres que se ejecutan sin pausa.

La versión fue muy notable, con un Boreyko claro, experto, con notorias ganas de agradar, quizá un puntín superficial, pero atento a todo detalle y con unos solistas que estuvieron magníficos y a su servicio como toda la orquesta. A reseñar el flautín en el Allegro y el Presto, cantando con gusto y suavidad sus melodías, al igual que sus colegas flautas; trombones y tuba en el Largo y a los primeros, en sus burlonas dos notas repetidas del Allegro. El Moderato, que en conjunto fue lo que más nos gustó, tuvo un clarinete emotivo, igual que el corno inglés en el tema II de cuerdas; brillante la trompeta en su solo del Presto y en el galop frenético del Allegretto. Pero la matrícula de Honor se la otorgaríamos al fagot, que estuvo sublime en su íntimo y lúgubre recitativo del Largo, trocado en humor en su paso al Allegretto con inesperada marcha. Y todos, sin desmerecer a ninguno, en una labor de conjunto encomiable que el Auditorio premió como tal.

José Mª Morate Moyano

 

Carolin Widmann, violín

Sinfónica de Castilla y León / Andrey Boreyko

Obras de G. Martucci, David Moliner y D. Shostakóvich

Sala sinfónica “J. López Cobos” en el CCMD de Valladolid

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