El debut de la directora coreana, afincada y criada en Estados Unidos, Holly Hyun Choe, en España se produjo con la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria dentro de su temporada de abono. Holly Choe escogió un programa con dos partes bien diferenciadas. La primera, centrada en la música francesa de finales del XIX, se inició con Habanera de Chabrier, orquestación del autor de una pieza inicialmente pianística, que evoca con fortuna la calidez de esta danza en tempo lento. Obtuvo una interpretación certeramente caracterizada y respirada con amplitud y naturalidad por parte de la batuta.
El Poema del amor y del mar, pieza emblemática de Ernest Chausson, lo escuchamos en la infrecuente versión para tenor y orquesta, lo habitual es que lo interpreten voces femeninas. Con 6 de los Poemas del amor y del mar de Maurice Bouchor, Chausson elabora un ciclo de canciones estructurado en dos partes separado por un interludio orquestal: La flor de las aguas y La muerte del amor, cada una integrada por tres canciones. Tras un prolongado periodo de trabajo de diez años, el resultado es una obra maestra de gran atractivo para el oyente y rigurosa coherencia estructural, que hace un sugerente uso del motivo cíclico, tomado de César Franck, situando en primer plano una muy expresiva línea de canto, arrobadoramente melódica, arropada por una instrumentación que evoca el Tristán wagneriano pasado por el tamiz francés de finales del XIX con toques impresionistas.
El tenor Airam Hernández no cuenta con los medios para hacer frente a la pieza. Lírico-ligero de timbre agradable, carece del centro robusto y los graves que exigen estas canciones: no en vano se suele encomendar más a mezzos que a sopranos, con ilustres excepciones como Victoria de los Ángeles. Su arrojo y entrega fueron insuficientes, quedando casi siempre diluido en medio de una orquestación excesiva para sus medios. Únicamente en la última canción, la emblemática Le Temps des lilas, una orquestación camerística y en pianísimo permitió apreciar sus esfuerzos en la búsqueda de una delicada línea de canto, dificultada por una dicción francesa escasamente idiomática. La directora coreana se vio atrapada entre la densidad instrumental de la pieza y las características del cantante en un equilibrio imposible de lograr, sin mostrar tampoco ese peculiar refinamiento propio de la música francesa.
La Primera Sinfonía de Brahms es obra de un compositor maduro entrado ya en la cuarentena, que esperó a estar en posesión de un consistente bagaje compositivo antes de atreverse a transitar por la senda de la sinfonía que tantos ilustres ejemplos había proporcionado la generación anterior. Esta madurez se refleja en una obra sin fisuras, profundamente personal, de un estilo y sonoridad que son indiscutibles señas de identidad de su autor. Holly Hyun Choe nos dejó una lectura vistosa volcada hacia la parte más desgarrada y sombría, que supo aprovecharse del excelente momento en que se encuentra la Filarmónica de Gran Canaria, obteniendo un sonido brahmsiano, cuerda poderosa y con garra, de tintes oscuros gracias a unas secciones de violas, chelos y contrabajos que Brahms exprime al máximo y que respondieron, lo mismo que los solistas de las maderas y los metales, de sonoridad bruñida aunque frecuentemente estridentes en los grandes tutti. Frente a tanto despliegue de energía, la parte más contemplativa quedó excesivamente relegada, especialmente en el segundo movimiento, al que faltó el arrobo y la delectación necesarios para que luciera en todo su esplendor, con un uso muy parco del rubato y los reguladores de intensidad. Por otro lado, a lo largo de toda la pieza se apreció la dificultad de la batuta para equilibrar el balance entre las distintas secciones orquestales, apreciable ya desde la dramática introducción, con un timbal en primerísimo plano, situación que se mantuvo a lo largo de la pieza, y unas trompetas que taparon al resto.
Circunstancias similares se repitieron a lo largo de la obra con el quinteto de trompas, de sonido rutilante y seguros en la afinación, especialmente los numerosos y arriesgados solos de los tres primeros trompas, pero frecuentemente excedidos en volumen. Por el contrario el trio de trombones resultó inaudible en su decisiva intervención al final de la coda del último movimiento. En resumen, una Primera de Brahms de inmediato atractivo para el oyente, a la que faltaron equilibrio, claroscuros y un mayor reposo y concentración en los pasajes poéticos.
Juan Francisco Román Rodríguez
Airam Hernández, tenor.
Orquesta Filarmónica de Gran Canaria / Holly Hyun Choe.
Obras de Chabrier, Chausson y Brahms.
Auditorio Alfredo Kraus. Las Palmas de Gran Canaria.