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Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Conmociones con Falla - por Juan Gómez Espinosa

Madrid - 27/04/2026

Cada ejemplar de la revista RITMO se cierra con un cuestionario a una personalidad cultural. Al preguntar por nombres preferidos de la composición española, la mayoría cita a Albéniz, Tomás Luis de Victoria y, sobre todo, a Manuel de Falla. Este consenso no obedece a un tópico ni mucho menos, sino a la pura justicia. Las grandes figuras del arte no tienen por qué inventar nada nuevo. Ni Miguel Ángel ni Lorca ni Tarkovsky lo hicieron. La "genialidad" (sea lo que sea eso) ante todo sintetiza los discursos anteriores y les insufla un aliento nuevo, eso sí. A veces emplea el martillo para derruir formas fosilizadas y construir sobre la mortaja, y ese acto de alumbrar desde la destrucción también tiene en cuenta la herencia, como en el caso de Las vanguardias. En otras ocasiones, se emplea el cincel para labrar las superficies secas, y aquí la huella del pasado resulta más evidente.

Falla no fue un vanguardista como sus contemporáneos Varèse o Schönberg, pero tomó la tradición folklórica de su tierra y la sometió a resonancias imprevisibles (mejor dicho, impreaudibles). Cerca de esta labor podríamos situar a un Bartók o al Stravinsky petrushkero. Como resultado, consiguió que la música española se despojara de castañuelas casposas y verbenas roñosas. Falla, por lo tanto, no es un tópico. Dedicarle un monográfico como el de este fin de semana en el Auditorio Nacional por los 150 años de su nacimiento, tampoco. Y por varias razones: la primera, que la ONE, obviamente, domina el repertorio fallesco, y calidad interpretativa y conocimiento de partituras estaban asegurados. La segunda, que el propio programa se abría a lo menos masticado. Aunque dos de las piezas eran de lo más conocido del autor (las Noches y El amor brujo), el otro par lo conformaban páginas menos famosas. Habría otra razón más: la presencia de dos solistas magníficos, el pianista Bertrand Chamayou y la cantaora María Toledo.

La primera de las obras presentadas fue la Fantasía Bética; en su versión original para piano, es una de las obras más conocidas del autor, pero en esta ocasión aparecía en la reciente orquestación (del 2022) de Francisco Coll. Una pieza como esta, todo un monumento al teclado, ¿se adapta bien a la orquesta? Sí, definitivamente, y gracias al sentido armónico y rítmico de Falla. Sin embargo, esta traducción multiinstrumental, pese al gran número de efectivos, resulta algo pobre. La dictadura de las cuerdas, concretamente de los violines, tan conservadora, empaña una modernidad que la Fantasía posee latente. Coll apenas ha sabido aprovechar las inquietantes resonancias del lenguaje fallesco. Y, lo que es peor, en la percusión reinan castañuelas y pandereta, a modo de postal turística. Una pena. Por suerte, la orquesta se mantuvo por encima de la orquestación con una ejecución técnica impecable. Las cuerdas mimaron las frases entre melódicas y rítmicas. Los vientos no se dejaron caer en los chirridos del albero. La percusión subrayó los pulsos. El director, David Afkham, no fue sutil en el discurso, pero sí que expuso con corrección este ejercicio instrumental.

Tras esta pieza, llegó la primera conmoción de la velada. Noches en los jardines de España quizá sea una de las páginas más nombradas del autor, pero creo que no se le hace toda la justicia que merece. Quizá porque desde cierta visión nacionalista se la considera afrancesada, y ya sabemos que para los mostrencos de la patria el cosmopolitismo es un pecado. Cierto que las atmósferas creadas son pura sugerencia, con influencia de la tímbrica debussysta o raveliana, pero es un monumento a la sensualidad escrito con inteligencia, amor y honestidad. Es mucho más que “esa especie de concierto para piano de Falla”. Merece ser más interpretada y difundida y analizada, incluso dentro de nuestras fronteras. En esta jornada, la dimensión solista corrió a cargo de una de las figuras que mejor la pueden defender: el francés Bertrand Chamayou. Un especialista en sonoridad gala, sí, pero ante todo un pianista con una técnica admirable al servicio de la esencia que encierran los pentagramas. Inteligencia, amor y honestidad como la del autor que interpretó. Desde su espalda bien recta pero nunca estirada (no es un estirado), maneja toda la gama de matices mientras desgrana los grupos más veloces de notas o canta cada altura de una melodía. Resulta un espectáculo escucharlo, claro, pero también observarlo desde los hombros hasta los pies (su empleo del pedal o la manera de seguir el ritmo con los zapatos impresionan). La comunicación con director y orquesta fue perfecta, sin desequilibrios entre colectivo y solista, algo imprescindible para una pieza que, en realidad, parece más para piano con orquesta que para piano y orquesta. La propina de Chamayou fue, además, generosa: la Alborada del gracioso de Ravel, homenaje a la sonoridad española desde el otro lado de los Pirineos. Una ejecución también magnífica, llena de garra, que fue más un regalo a la audiencia que un postre.

La suite Homenajes es un ejemplo de la cultura musical de Falla, y en ella evidencia que sus intereses iban más allá del neofolklorismo. Cada una de sus breves secciones constituye un diálogo a amistades, algunas de ellas maestros (Arbós, Debussy, Dukas y Pedrell), y en su camaradería el autor es capaz de echarse a un lado para cantarlas señalando rasgos estilísticos de los homenajeados. No es un pastiche ni un estudio de lenguajes, sino una muestra de amor. Quizá faltó algo de emoción en la lectura de esta obra, pero el aspecto técnico fue impecable.

Es bien sabido que Falla se enamoró de la bailaora Pastora Imperio, y que la personalidad de esta gigantesca artista impregnó El amor brujo, pero no sólo en el aspecto dancístico. Toda la partitura resulta una fusión entre elementos populares y renovadores, y tanto lo académico como lo conservador deben quedar fuera. Las partes vocales en ocasiones han sido entonadas por cantantes líricas, pero esta música no necesita la impostación del conservatorio; esta música toma vida cuando la interpreta una voz que se ría de las cátedras. Voces que buceen en los pulsos más profundos de estos compases. Ya hemos disfrutado de cantantes como Rocío Jurado o Estrella Morente en este papel, y el resultado en casos así es mucho más conmovedor que con lakmés disfrazadas de faralaes.

En este concierto la responsabilidad recayó en la cantaora María Toledo. Y gracias a ella llegó la segunda conmoción de la jornada. Toledo rescató aquel cante jondo que tanto amó Falla. La expresividad de la voz se mantuvo varios peldaños por encima de cualquier cantante lírica e incluso de sus colegas ya citadas. Sacó el sentido de cada frase del libreto de María de la O Lejárraga, en el cual las expresiones populares guardan en su interior todo un lenguaje ritual de carne (la que siente, la que muere, la que permanece, la que se recuerda). La cantaora llegó a añadir flexiones y melismas flamencos que no figuran en la partitura… pero que, en realidad, están. La orquesta danzó a su lado sin perder el firme. De hecho, la orquesta y el director se lanzaron a la obra íntegra con emoción, disfrutando desde el primer compás. Mención especial merecieron las maderas y, dentro de las cuerdas, chelos y violas (otra mención especial para sus respectivas cabezas, Joaquín Fenández Díaz y Silvina Álvarez Grigolatto).

Necesitamos a Falla siempre. Siempre. Porque no es un tópico. Porque salvó la música del país cuando más enferma de mediocridad se hallaba. Y todo con un catálogo realmente reducido, como ese otro grande, san Juan de la Cruz, también enorme a la hora de unir lo popular con lo culto, también con una naturaleza mucho más avanzada de lo que pudiera asumir (¡bendita condena!), también un fraile inquieto por ser de carne.

Juan Gómez Espinosa

 

OCNE. Ciclo Sinfónico Temporada 2025/2026.

Obras de: Manuel de Falla (Fantasía bætica, orq. Francisco Coll; Noches en los jardines de España, Suite Homenajes; El amor brujo, vers. 1925).

Intérpretes: Orquesta Nacional de España, David Afkham (director), Bertrand Chamayou (piano) y María Toledo (cantaora).

Fecha y lugar: 26 de abril de 2026. Auditorio Nacional de Música de Madrid (sala sinfónica).

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