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Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Buena música sin defensa - por Juan Gómez Espinosa

Madrid - 10/05/2022

En ocasiones, un concierto se salva por la propia música. Esto no dice mucho de los intérpretes, claro. El concierto del sábado 7 de mayo fue un ejemplo. La Coral de Cámara de Navarra no demostró un empaste interesante. Tampoco resultó demasiado coordinada, ni entre las cuerdas ni dentro de cada una de ellas. Por otro lado, aunque el timbre no llegaba a ser desagradable, se oían demasiadas voces gastadas. Tal vez todo esto explique el gesto del director, constantemente explícito (¿para ser seguido, aunque pocos cantantes lo miraran?, ¿para conjurar la tensión?). No olvidemos que, en una formación, el director juega el rol de capitán del barco, pero también de instructor de natación.

El órgano siempre se mantuvo un paso por detrás del conjunto, lo cual tampoco ayudó al resultado final de una buena masa sonora. El instrumentista abrió el concierto con la fuga de Bach en Do menor, BWV 575. Bach padre es como un cerdo: de él se puede aprovechar cualquier cosa. Sin embargo, la interpretación fue tan fría como insegura, lo cual parece un contrasentido; los intérpretes de hielo suelen demostrar una firmeza casi inaguantable; Candendo no es un músico frío, ni mucho menos (como demostró posteriormente), así que su ejecución pudo deberse a los nervios del comienzo.

A continuación, coro y organista se unieron en el Te Deum en La mayor, WoO 29, de Felix Mendelssohn; este compositor representó en su época lo que hoy denominaríamos élite mainstream; la verdad es que siempre resulta agradable, pero sólo puede brillar con una buena  interpretación; en este caso, a los problemas ya citados de los intérpretes se unió la dicción inglesa de un turista perdido en Miami.

Hilarión Eslava, a través de su motete Tu es Petrus, volvió a demostrarnos la vergüenza de no tenerlo como un referente a la altura de Albéniz, Victoria y demás; un compositor dotado de conocimiento riguroso, sí, pero también de una fuerza que estremece; lástima que el coro confundiese fuerza con gritos.

El Ave María I, S 20, de Liszt, confirma al húngaro como el genio que fue, más allá de alardes virtuosísticos y leyendas románticas; esta obra posee uno de los finales más emocionantes jamás escritos (bajo las palabras nunc et in hora mortis nostrae. Amen) y sus motivos melódicos se desarrollan con amplitud, sobre unas armonías que abrieron paso al futuro; la defensa de la pieza no sacó todo el partido ni de las frases (apenas resueltas) no de la polifonía, que quedó algo descafeinada. Geistliches Lied, op. 30,  nació como un ejercicio de armonía, pero a Brahms todo le salía magistral; no podía evitarlo; las armonías del alemán invitan a bucear en un tejido denso pero luminoso; sin un buen empaste, esto se pierde; y las eses líquidas parecieron ataques de serpientes molestas.

En el Sanctus en Si bemol Mayor de Gorriti, los intérpretes se hallaron mucho más a gusto; una suerte, porque el compositor merece toda la difusión que se le pueda dar.

Pero entonces llegó el Cantar del alma de Mompou; este creador fue capaz de algo imposible: fusionar cosas tan tradicionales como espiritualidad y folklore con un lenguaje moderno; en esta composición, me temo que no estuvo muy inspirado; también es cierto que Mompou se quedó en la modernidad de comienzos del XX, y estos pentagramas fueron escritos en el 59; ninguna armonía interesante, ninguna melodía ambigua, ningún juego polifónico; el preludio instrumental se acerca al discurso de un hilo musical de dentista; las frases son fórmulas arcaicas fosilizadas; la única parte interesante, la monódica, corrió a cargo de una de las sopranos de la formación; la solista apostó por el recogimiento, con un timbre agradable aunque demasiado vibrado; eso sí: cantar a san Juan de la Cruz y que no se entienda casi nada del texto es un delito (salvo la fórmula aunque es de noche, lo demás podría haber sido búlgaro).

El organista demostró su falta de frialdad en el Punto de órgano de Turina, obra que juega con toda la potencia del instrumento sin caer en lo puramente efectista, apostando por la suspensión del tiempo y la invasión de los registros. Cerrando el círculo, de nuevo Bach, con dos versiones del coral Liebster Jesu, wir sind hier (BWV 730-731).

Aquí, por fin, todo funcionó a la perfección. Lo contrario habría sido imposible. La gracia del coral protestante, como bien sabía el propio Lutero, es que un colectivo pueda entonar a una. Hacerlo sin precisión no habría tenido perdón. No quiero terminar esta reseña sin señalar el excelente trabajo del equipo visual del auditorio; en las pantallas, supieron recoger todos los detalles de la interpretación con planos bien cuidados. Sólo un pero: el pequeño retardo entre la imagen emitida y el sonido, fallo técnico que convendría solucionar.

Juan Gómez Espinosa

 

Intérpretes: Óscar Candendo (órgano), Coral de Cámara de Navarra, David Guindano (director).

Obras de: Johann Sebastian Bach, Felix Mendelssohn, Hilarión Eslava, Franz Liszt, Johannes Brahms, Felipe Gorriti, Federico Mompou y José Luis Turina de Santos.

Bach Vermut. Centro Nacional de Difusión Musical. Temporada 2021/2022.

Fecha y lugar: 7 de mayo de 2022. Auditorio Nacional de Madrid. Sala Sinfónica.

 

Foto © Rafa Martín

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