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Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Un retorno esperado - por Abelardo Martín Ruiz

Madrid - 10/05/2022

Este pasado viernes, día 6 de mayo, tuvimos la oportunidad de presenciar el concierto que ofreció el Cuarteto Casals, junto al pianista Juan Pérez Floristán, formando parte del ciclo Liceo de Cámara XXI del Centro Nacional de Difusión Musical, una cita profundamente deseada por numerosos melómanos después de la posposición que se produjo del evento durante esta temporada. La agrupación, siguiendo la línea habitual de programación que mantiene desde hace tiempo, ofreció un repertorio francamente demandante, configurado por obras que conjuntaron períodos distanciados en el tiempo, aunque imbricados, como el clásico y el neoclásico del siglo XX, y consolidando un claro epicentro en el romántico mediante una de las composiciones más consideradas de entre la producción destinada al quinteto con piano.

La propuesta comportó, del mismo modo, la colaboración de un artista preeminente y consagrado como la de este joven pianista sevillano, cuya proyección sigue creciendo, junto a una de las formaciones más prestigiosas en el panorama tanto nacional como internacional, con una dirección en permanente ascenso y una expectativa siempre a tener en consideración en cada uno de sus compromisos. Esta realidad se pudo constatar con motivo de una más que formidable entrada, siendo probablemente una de las mejores del presente año.

Como aconteciese en conciertos anteriores, especialmente en los dedicados el pasado año a la interpretación de la obra integral de cuartetos de cuerda de Beethoven en esta misma institución, el establecimiento del Cuarteto Casals en su trayectoria como un combinado camerístico de referencia a nivel mundial se confirmó nuevamente en un planteamiento plenamente contrastante entre dos mundos como el de Haydn y Shostakóvich, dos formas de aproximarse al camino y a la posición del ser humano durante el tránsito en la vida que se encontraron comprendidas por una sonoridad luminosa, clara, transparente, equilibrada y plenamente resonante, elaborada a partir de la conectividad de cuatro intérpretes en los que el tiempo parece integrarles cada vez más profusamente y la experiencia de la música parece adentrarles en nuevas fórmulas de articulaciones, ataques, respiraciones, fraseos y colores.

El estilo clásico de Haydn, que desde hace tiempo abordan con arcos históricos que manejan con una facilidad y solvencia sencillamente admirables, pudo hallar una base fundamentada en la resonancia de una sala con unas cualidades acústicas magníficas para las agrupaciones de pequeño formato, y que, mediante precisas y delicadas gestualidades, así como una afinación absolutamente exquisita, transmitió la amplia gama de afectos y sensibilidades inherentes a la música del compositor austríaco. Por su parte, en contraste con esta introducción, el estilo neoclásico de Shostakóvich, asociado tradicionalmente a la imagen tenebrosa, oscura y dramática a la par que burlesca, y por momentos desenfada, de un lenguaje con el que siempre trató de describir la represión totalitaria experimentada durante una buena parte de su vida, obtuvo un sobresaliente resultado estructurado dentro de una sobrecogedora presentación, con la rotación entre los violines y un discurso sonoro en el que la inquietud, la intranquilidad y la incertidumbre, junto a períodos de auténtica determinación, ante el triunfalismo de la opresión, ofrecieron una visión completamente vinculada con la esencia de la producción del compositor soviético, destacando la energía individual en cada una de las intervenciones, con fragmentos realmente violentos, de una impactante crudeza, en alternancia con un sentimentalismo implícito hacia los recuerdos hermosos de un pasado dichoso que, lamentablemente, no volverá.

La excelencia de estos instrumentistas se mostró patente especialmente en los movimientos rápidos, en contraste con las secciones líricas y más intimistas de los movimientos lentos, que convergieron exultantemente en una apoteósica culminación, de brillante escritura idiomática y técnica.

Por su parte, Dvořák representó la obra monumental en la que todas las sinergias positivas de esta agrupación, con una incomparable calidad implícita, se complementaron mediante la inclusión de un piano de sonoridad elegante y acogedora, con un dominio generado por la sensación de facilidad que emanó de este instrumento en todo momento, compenetrada desde la presencia del cuarteto y adecuadamente equilibrada en sus planos, en particular obteniendo la posibilidad de apreciar considerablemente bien unos enlaces, unas entradas, unos desarrollos y unos finales trabajados con un gusto y una sensibilidad verdaderamente encomiables.

La versión, en constante concordancia con los parámetros observados en la obra de Haydn, fundamentó sus principios estructurales en una síntesis evidente entre la sonoridad romántica de la música del autor checo y su continua visión hacia la sonoridad clásica pretérita, heredera de una reminiscencia mozartiana, a través de una comunicación constante de los integrantes, un concepto del fraseo puramente sentimental, una evolución de la energía netamente conseguida, un tratamiento entre la tensión y la distensión logrado de manera maravillosa, la elección de unos tempi favorables para la dicción del discurso, la búsqueda de unos contrastes definidos a lo largo del recorrido y una frescura conclusiva desenfadada pero conservando el mantenimiento de una transparencia que predominó en el cómputo global de la velada.

La cita cumplió con plenitud las expectativas demandadas en un retorno más que esperado al Auditorio Nacional de Música de estos artistas, quienes agradecieron la cálida acogida interpretando como propia el segundo movimiento del quinteto para piano de Brahms, en la misma línea de serenidad, tranquilidad, mesura y emotividad de las creaciones previas.

Abelardo Martín Ruiz

 

Juan Pérez Floristán, piano

Cuarteto Casals (Vera Martínez, violín - Abel Tomàs, violín - Jonathan Brown, viola - Arnau Tomàs, violonchelo)

Obras de Franz Joseph Haydn (1732-1809): Cuarteto de cuerda en sol menor, opus 20, número 3 / Dmitri Shostakóvich (1906-1975): Cuarteto de cuerda número 9 en mi bemol mayor, opus 117 / Antonín Dvořák (1841-1904): Quinteto para piano y cuerdas número 2 en la mayor, opus 81

Liceo de Cámara XXI del Centro Nacional de Difusión Musical

Auditorio Nacional de Música (sala de cámara, 6 de mayo)

 

Foto © Elvira Mejías – CNDM

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