Este fue el segundo de los conciertos que presentó la London Philharmonic Orchestra en Madrid de la mano de Ibermúsica.
Comenzó el concierto con un minuto de silencio en memoria de los fallecidos en el terrible accidente de trenes en Urda. Todos en pie, también músicos, solista y director, no se oía ni una respiración, un silencio absoluto, muy significativo y emotivo.
Una orquesta realmente joven, se ve que el relevo generacional ha llegado en bloque a la London Philharmonic Orchestra. Cuerda muy afín y disciplinada en cuanto a distribución de arco, matices, bariolajes, pizzicatos, spicattos, etc., aunque algo velada en la primera parte con el concierto de Brahms, sin cuerpo, sin definición, el viento en exceso comedido, con pianos tan extremos que hasta les resultaba difícil iniciar un acorde. Los atriles no estaban bien dispuestos, había entre unos y otros distancias irregulares, la luz de la sala fluctuaba, no se veía con claridad a la solista, debería cuidarse con más mimo la puesta en escena.
El primer oboe defendió no obstante su rol en el magnífico tema principal que abre el concierto, un revulsivo y atrevimiento de Brahms que cede el protagonismo al oboe, algo de lo que se quejaron en su día los violinistas de la época, entre ellos Sarasate. El concierto se estrenó en 1879 con el propio Brahms dirigiendo a la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig y con Joseph Joachim como solista. Debió ser todo un acontecimiento, aunque al parecer fue acogido con frialdad y escepticismo por público y crítica.
Como apuntábamos, la London Philharmonic en todo momento estuvo demasiado replegada al servicio de la solista, cuando la partitura requiere una mayor presencia sinfónica.
Julia Fisher mostró un absoluto dominio de su papel y de la escena, se unía a los primeros violines para hacerse cómplice en determinados pasajes, se mostraba pletórica, gallarda, su sonido era pleno y maleable, a veces se difuminaba en la masa orquestal por pretensión propia, suponemos. El Brahms es un concierto muy sinfónico, el violín aparece y desparece con un discurso intrincado, difícil, hermosísimo, la violinista se enfrenta a una montaña de arduo acceso, una partitura muy exigente, tan solo el inicio de la parte solista se puede considerar una auténtica cadencia, dos páginas completas de bariolajes en dos, tres y cuatro cuerdas, octavas, acordes, sobre-agudos y lo más destacado, su inquebrantable espíritu lírico y expresivo. Brahms no aceptaría nunca un virtuosismo sin más. A todo ello se sobrepuso la solista con firmeza y autoridad.
En el segundo tiempo desplegó un lirismo imbuido de carácter y solidez, la que podríamos considerar una de las páginas más hermosas de Brahms, en el último tiempo Julia Fisher supo dar la vitalidad necesaria y el empuje final. Como bis tocó la Sarabanda de la Partita 2 de Bach, esto facilitó un momento de reflexión y serenidad que el público agradeció.
La sinfonía Manfredo de Tchaikovsky, basada en el poema de Lord Byron, es una obra ambiciosa que supuso un momento crítico en su producción, por una parte, pensaba que era su mejor sinfonía y por otra quería destruirla, amor y odio en una misma concepción romántica, una dualidad muy presente en el mundo del arte que proyecta una especial fortaleza y significado. El poema de lord Byron hace alusión a elementos sobrenaturales, historias de fantasmas muy en boga en la Inglaterra de su época.
La London Philharmonic cambió por completo el rol en Tchaikovsky y dio una buena muestra de entrega, de dominio y de precisión, la cuerda compacta y flexible, los vientos vibrantes, la percusión precisa y sin complejos, las dos arpas y el órgano pusieron el color y la majestuosidad que reclama su autor. Edward Gardner, director titular, con gestos sobrios, nada excesivos, supo armar un conjunto sinfónico coherente y firme, estableciendo colores y texturas, planos sonoros muy definidos y elevando el discurso orquestal hasta cotas muy destacables.
Manfredo es una gran sinfonía, monumental, casi una hora completa de duración, con tintes oscuros, quizá algo pesimistas, sin concesiones aparentes, sin embargo, hay un empeño por trascender, por alcanzar lo sublime, como ocurre en la fuga del último tiempo que fue magníficamente desarrollada por los músicos de la London Philharmonic.
Al finalizar, dieron un bis, el Vals Triste de Sibelius, que nos sumergió en un tejido sonoro espléndido.
La velada fue in crescendo, una primera parte con Julia Fisher de absoluta protagonista y una segunda parte con la Sinfonía Manfredo, no muy habitual en las programaciones, que se elevó hasta conseguir un destacado monumento sonoro.
Paulino Toribio
London Philharmonic Orchestra / Edward Gardner
Julia Fischer, violín
Madrid, jueves 29 de octubre de 2023
Auditorio Nacional, Sala Sinfónica
Ciclo Ibermúsica, Serie Barbieri
Foto © Rafa Martín/Ibermúsica