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Crítica / Benalmádena ya tiene suite pianística - por Diana Blanco

Madrid - 09/05/2022

Si otras regiones españolas han sido las dedicatarias de obras escritas por grandes compositores tales como Falla, Albéniz o Granados, esta vez la agraciada ha sido una pequeña región de Málaga, una discreta población: Benalmádena. Y nada menos que por el autor del ciclo recién publicado de Poeta en Nueva York (Akal): el maestro Bonnín de Góngora.

 A primera vista pudiera parecer que esta ciclópea obra pudiera ser heredera de la tradición folklórica o de la música popular española en el sentido en el que Felipe Pedrell nos mostrara en su clásica obra “Cancionero musical popular español”; pero en la Suite Benalmádena el tratamiento temático y el colorido tímbrico “cuasi orquestal” responde exclusivamente al pensamiento y la concepción musical exclusiva del maestro: es diríase, un lenguaje “nacionalista” filtrado por la lírica y la individualidad de su autor.

Comenzó la obra con el movimiento “La Calle Real”, haciendo alusión a una de las calles de la población, pero más que ser una descripción pictórica lo fue de la lírica del compositor, pues se podían percibir claramente los ecos del “duende” andaluz y el componente mistérico de estas tierras.

Así, en los primeros compases la pianista, la intérprete, Elena Esteban Muñoz -sin partitura y toda la obra de memoria- con exquisitos matices nos sumergió en el terreno de la Andalucía “mítica” seguidos de una de las ya clásicas “explosiones” tan características en las obras de Bonnín de Góngora: estallido de color, de vivacidad y de un declarado virtuosismo -desde el inicio de la obra- que sugería la vida y el revuelo de luz y sol de esa característica alegría andaluza.

Es de notar que en la obra pianística de Bonnín de Góngora se llega a un aparente “clímax” muy al comienzo de sus obras, dejando al resto de la obra los “ecos” tanto armónicos como melódicos de dicho clímax. Pudiera parecer irregular esta arquitectura musical sino estuviera conducida por la particular visión estructural del maestro y comprendida y entendida por el magnífico trabajo de interpretación de Elena Esteban. Así, perfectamente dirigido por la íntima comprensión de la obra por parte de la pianista, nos conduce a un “segundo clímax” con todo su sentido y que es la confirmación del primero: se trata, en realidad, de una variación armónica y melódica del clímax inicial.

Continuó con “la Plazoleta”, movimiento sumamente evocador y delicadísimo en las exquisitas armonías muy propias de su autor. No habría que buscar un “sentido lógico” de estas armonías, pues éstas son sólo pertenecientes a la individualidad del maestro y responden tan sólo a la lógica lírica de su autor, no exento él mismo de cierta extrañeza. Casi “súbito”, el compositor nos introduce en la métrica del vals perfectamente delimitada y cuadradamente estructurada: aparece éste como eco de la delicada construcción arpegiada del íncipit de este soñador movimiento.

Es Bonnín de Góngora un compositor maestro de los recursos: transforma la lírica del sentimiento y la forma musical en otras formas que diríanse equivalentes en expresión, pero no formalmente; decir lo mismo bajo diferentes estructuras formales; de ahí la inteligente derivación de unos temas en otros y de unas estructuras en otras con idéntica expresividad. Es ésta una de las señas de identidad del compositor como se pudo percibir en este movimiento de verdadera orfebrería sonora.

En resumen, “La Plazoleta” es un movimiento sumamente evocador y en la interpretación -delicadísima y plena de matices- de Elena Esteban el público asistente pudo sumergirse en una atmósfera que, en ocasiones, rozaba la lírica de la poesía andalusí.

Continuó el concierto con uno de esos extraños movimientos pianísticos que parecieran haberse escrito para otro instrumento: la “Veleña”. Movimiento de gran expresividad, de melancolía contenida y de extrema dificultad técnica resuelta con más que solvencia por un evidente virtuosismo de la pianista. Exquisito el dominio de la pulsación pues requería una gran regularidad, dado que cualquier desliz en esta complicada partitura hubiera conducido a la completa destrucción de su delicado lirismo. El compositor, con criterio, intercala remansos en la percusión de las notas del canto, lo que induce al reposo de la repetición percutiva y al sosiego de tan delicado lirismo. Es, sin duda, uno de esos movimientos de la Suite Benalmádena. Para recordar. Para la eternidad. La interpretación de Elena Esteban de exquisita limpieza y claridad.

Tras este “intermezzo” verdaderamente lírico, llegó “Flor prendida”, movimiento luminoso y claro, de fácil ejecución técnica y de esos movimientos que hacen preguntarse sobre los rincones secretos de la mente del compositor. Breve, característico de algunos otros movimientos del compositor -como en su Fantasía Jiennense- pero intensamente expresiva y descriptiva. La ejecución, perfecta, altiva y radiante, como quizá corresponde a la imagen tan andaluza que el compositor nos describe en este movimiento.

Siguieron a éste las “Tristezas de Andalucía I y II” de similar arquitectura, pero mientras una es de carácter algo jovial, aunque introspectivo en algunos pasajes -la número uno- la otra es -a buen seguro- uno de los movimientos más profundamente líricos de su autor -escúchese la parte intermedia-. Si bien en la primera se desata una bellísima melodía acompañada -estructura típicamente pianística- con algún sobresalto en forma de complejas escalas -entre lo modal y lo andaluz- sobresalientemente ejecutadas por la intérprete; en la segunda destaca -sobre todo en la “coda”- una fuerza expresiva desbordante -y que quizá desequilibraba la obra- que con un virtuosismo inapelable e incontestable por parte de Elena Esteban nos mostró un apasionamiento más propio de los “clímax” intermedios que de los finales.

Se diría que quiso volcar el compositor en esa coda todo lo que nos dijo antes de forma mucho más lírica, contenida y más ordenada; dado el torrente y la explosión de notas del final de este complejo movimiento. Quizá quiso decirnos lo que no nos dijo, pues no existe una aparente relación entre este abrupto final y las delicadezas de la parte intermedia de esta “tristezas de Andalucía II”, título por lo demás, muy sugerente.

No obstante, de nuevo, los misterios de la mente de este compositor que -como se oyó en la sala- parece predestinado a poner los “puntos sobre las íes” en lo referente a estéticas, modas, contemporaneidad y vanguardia.

La Suite Benalmádena es de esas obras que no entienden de tiempos ni de modas ni de estilos. Tan sólo entiende de fuerza expresiva con sus altibajos emocionales -no cabe duda de que esta obra ha sido escrita desde la emoción más profunda- e incluso de sus “desequilibrios” estructurales en donde quizá resida parte de su gran fuerza expresiva. Misterios de la mente de un compositor que aún tiene mucho que decir. Y si es en las manos de Elena Esteban, estaremos dispuestos a volver a escucharle.

Magnífica la pianista en su interpretación y gestualidad escénica, siempre con una discreta elegancia y siendo dueña absoluta de la obra del maestro Bonnín de Góngora como así lo atestiguó su inefable memoria, pues se trata de una obra de gran envergadura en todos sus términos; tanto técnicos como expresivos y que Elena Esteban los hizo suyos de manera magistral.

La pequeña localidad de Benalmádena debería sentirse orgullosa de tanta obra.

Diana Blanco

 

Elena Esteban Muñoz, piano

Suite Benalmádena, de Josué Bonnín de Góngora

Sala Manuel de Falla, SGAE, Madrid

29 de abril de 2022

 

Foto: Elena Esteban Muñoz, profesora del Real Conservatorio de Música de Madrid, fue la intérprete de la Suite Benalmádena, de Josué Bonnín de Góngora.

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