Retornaba el pasado viernes la Orquesta Sinfónica de Madrid con el director valenciano Gustavo Gimeno, titular de la orquesta al ostentar la dirección musical del Teatro Real desde la actual temporada, a la sala sinfónica del Auditorio Nacional con un muy estimulante concierto de una única obra en programa: la no muy frecuente Sinfonía No.8 de Anton Bruckner.
El mundo de la continuada modulación wagneriana nutre el persuasivo lenguaje de Bruckner quien, quizás, bien por candidez o ingenuidad, no fue del todo consciente de los logros de su mensaje, perfilado en numerosas revisiones de sus obras derivadas tanto de su modestia como de su parca autoestima. De entre lo mejor de su tardío catálogo se encuentran sus sinfonías séptima, y la inconclusa novena además de la octava que denotan tanto su compleja psicología –que abundaba en el conflicto interno de la duda de sus creencias religiosas- como el uso de la orquesta como proyección del órgano en un modelo de dialéctica musical, de representación metafísica de luz y tinieblas como apuntan los compositores británicos Robert Simpson y Derek B. Scott. La Sinfonía No.8 concluida en 1887 y revisada en 1892, es estrenada en ese mismo año por Hans Richter, presentando así su monumental discurso de humana y contradictoria expresión cálida, violento y furioso a veces, en alternancia con bellos remansos de mística trascendentalidad.
Inició Gimeno con cuidado el Allegro moderato poniendo de manifiesto su voluntad constructora con una gestualidad firme, si bien su Bruckner, más artesanal que arquitectónico, no consiguió levantar tensión dramática entre las numerosas transiciones y transfiguraciones temáticas del movimiento a excepción de en su desgarrado clímax, poco bruñido en empaste de metales pero, en consecuencia, más expresivo o, incluso, expresionista. Con propulsión motórica se sirvió el Scherzo, con una sensación de arrastre hacia adelante en un tempo fluido y dinámico, de buen equilibrio entre peso y ligereza, en contraste con su Trío y los tiempos impares, que supo llevar muy bien la Sinfónica de Madrid ofreciendo una lectura sólida.
Se evidenció que la interpretación de Gimeno fue de menos a más, fundamentada en un estiloso juego de gradaciones dinámicas en el Adagio, que se expuso en diferentes oleadas de exposiciones temáticas, tratadas con muy buen legato en la cuerda entre los muy bien empastados corales de metales con tubas wagnerianas. El director valenciano además optó por un enfoque de cierta libertad cantable que, si bien le resta cohesión y no enfatiza el episódico dramatismo apocalíptico de esta música, sí le aporta estatismo y un revelador lirismo trascendental. Elocuentes y ágiles sonaron los accelerandi del comienzo del Finale y su posterior reexposición con una cuerda de excelente articulación y balance que respondió, también, a la continuada expansión de los materiales hasta la mayúscula coda final, cerrándose así un notable concierto en el que la Orquesta Sinfónica de Madrid demostró una áspera solvencia en este repertorio, junto a un Gustavo Gimeno que creció conforme avanzaba la partitura.
Justino Losada
Orquesta Sinfónica de Madrid / Gustavo Gimeno
Música de Bruckner
Temporada sinfónica la Orquesta Sinfónica de Madrid 2025/2026
Auditorio Nacional, Madrid
Foto © Marco Borrgreve