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Crítica / Con la muerte en los talones - por Javier Extremera

Sevilla - 25/07/2022

Un cuarto de hora antes de que arranque la primera nota, la representación ya se ha puesto en marcha. Cuando el espectador aún no ha tomado asiento, varios actores están ya sobre el escenario apuntando a lápiz en un imaginario balance todos esos muebles (cubiertos por sábanas para no ser devorados -como su dueña- por el polvo) que ha legado una joven cortesana tras su fallecimiento. Está claro que su amor ha dejado deudas pendientes. Con el Preludio inicial, Alfredo emerge de un lateral y camina lentamente cabizbajo hacia el otro. Se agacha y coge una rosa marchita que le hace rememorar su pasado. Es su particular Rosebud de Ciudadano Kane, su magdalena de Proust. De repente el telón se abre y procedemos a averiguar cómo el joven ha llegado hasta ese estado de soledad y tristeza.

Curiosamente, este explorador e ingenioso flash-back con el que se pone en marcha todo, es el único elemento “moderno” o “transgresor” que se permite David McVicar en su tradicional, clásica, conservadora, elegante, vistosa y magnífica escena para la inmortal Traviata de Verdi.

Tras tocar el cielo con un monumental Pelléas et Mélisande del tándem Plasson/Decker, el Teatro de la Maestranza vuelve a ascender hasta el primer cajón del pódium con esta cuarta Traviata que sube sobre su escenario, repleta de sabiduría y buen hacer, que pone al coso de la orilla del Guadalquivir (con más de cuarenta grados en su exterior) en un envidiable nivel profesional y artístico. Una obra eterna que, aparte de colgar el cartel de “no hay billetes”, consigue acercar hasta el universo del teatro musical a un público virgen y primerizo, que de otra manera jamás pondría sus oídos sobre una ópera, como así quedó patente en el continuo resonar despistado de teléfonos móviles, incluso en los momentos más dramáticos.

La revolucionaria Traviata es una obra maestra de la concisión. Un monumento de la escena lírica del XIX. La primera ambientada en su presente histórico. Es teatro directo y sin contemplaciones. Sin descansos ni tiempos muertos. Un larguísimo vals triste y mortuorio de más de dos horas de duración. Un poema reivindicatorio de la mujer como ser libre y desencadenado. Una mordaz crítica a una sociedad decadente llamada a la extinción. Un canto bellísimo al morir de amor (el primer título que tuvo la partitura fue Amore e Morte). Un milagro de la composición, pues está edificada con recursos armónicos básicos y primarios. Nunca una escritura tan elemental produjo tal torrente de melodías. Nunca una formulación tan simple produjo tal cantidad de belleza musical. Traviata es y será siempre una ópera a la que estamos todos condenados a abrazar una y otra vez.

Elogio al Clasicismo

Una enorme lápida de mármol fragmentado por una de sus esquinas y con el nombre labrado de nuestra protagonista, se transforma en el suelo que pisan los cantantes en la brillante y opulenta propuesta escénica del británico McVicar, aplazada curiosamente hace dos años en Sevilla por motivos pandémicos y que se ha visto ya en medio mundo, incluyendo Madrid y Barcelona.

Traviata curiosamente también habla de otra pandemia, la que provocó el bacilo de Koch. Pese a los mimbres conservadores y clásicos de su propuesta, todo funciona con acierto, soltura y precisión. Tanto el buen gusto generalizado, como el uso de los espacios cerrados y opresivos, la mortuoria iluminación (muy negra y oscura, salvo en el segundo acto con el cegador despertar en la cama de los amantes) y un elaboradísimo vestuario de época (Tanya McCallin), del que curiosamente Verdi nunca pudo disfrutar en su estreno, pues jamás le permitieron que sus protagonistas fueran escandalosamente vestidos de idéntica forma a la que iba el público del patio de butacas (a ninguna sociedad le gusta ver retratadas sus vergüenzas).

McVicar juega muy bien con los espacios, jamás los recarga ni los enfatiza, sabe exponer sin rebuscamientos las emociones de los protagonistas, mueve acertadamente a los cantantes y es capaz de crear diferentes ambientes desplegando una simple cortina. Su revelador flash-back inicial demuestra que es un hombre de teatro.

Los protagonistas

Volvía Pedro Halffter a la que fue su casa durante 14 años, firmando una dirección soberbia, muy verdiana, bien entendida rítmicamente, con momentos inolvidables como ese estirar el tempo en el dúo entre Violetta y Giorgio del segundo acto (delicioso rubato) con esas voces desnudas y suspendidas mágicamente en el aire. Mucho más atento a los cantantes que a la orquesta, los dirigió de maravilla, sin olvidarse nunca del sentido teatral de la música y del seductor y abrasador fraseo tan afín a esta obra. Dirección eléctrica, apasionada y llena de ardor (rotundo y vigoroso en los concertantes). La orquesta sevillana estuvo bien afinada siempre, con el habitual buen hacer de la cuerda y con aportaciones resplandecientes de las maderas.

La gran triunfadora de la noche fue sin duda Nino Machaidze que regaló una Violetta sin excentricidades, muy humana, haciendo bien visible su transformación en cada acto. Una cortesana madura, muy “mujerona”, de voz ampliamente lírica, pero con extensa profundidad y anchura en el centro (para nada ligera). Proyecta fenomenalmente su instrumento, que salió ileso de las espinosa coloratura del primer acto. Su emisión, siempre limpia y natural, sin forzamientos y repleta de calidez y expresividad (incluso en las notas más altas), cautivó en su monólogo del primer acto (de gran carga psicológica), derrochando talento en la estupenda cabaletta del “Sempre libera” o emocionando en su agónica muerte final. Fue vitoreada con el público puesto en pie.

Arturo Chacón es un tenor lírico ligero, con una voz preciosa y resplandeciente a la que sin embargo, le falta una mayor densidad y resonancia. Posee una zona alta brillante, llena de luminosidad, como demostró en el arranque del segundo acto. Su arrojo y el dejarse la piel en el escenario al precio que sea, se asemejó al de otro gran tenor mexicano, Rolando Villazón.

Dalibor Jenis fue un papá Germont rudo y limitado en lo expresivo, sin llegar a cautivar o emocionar en las dos grandiosas arias que Verdi le dedica. El coro de la casa funcionó a la perfección. En definitiva, una de esas Traviatas que cautivan y consiguen engordar la lista de amantes apasionados a la ópera allá por donde pasa.

Javier Extremera

 

Verdi: La Traviata. 

Nino Machaidze, Arturo Chacón, Dalibor Jenis, Anna Tobella, Megan Barrera.

Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y Coro Teatro de la Maestranza.

Director musical: Pedro Halffter Caro.

Director de escena: David McVicar.

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 20-julio-2022.

 

Foto © Guillermo Mendo

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