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Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Los santos - por Juan Gómez Espinosa

Madrid - 04/11/2026

De acuerdo, hablemos de teología, porque este concierto se convirtió en una experiencia religiosa (citando a ese teólogo de Miami que es Enrique… ¡Iglesias!). Nunca he entendido por qué los cristianos acuden a los cementerios cada primero de noviembre para llorar a sus muertos; podrían esperar veinticuatro horas y plañir el Día de Difuntos, que sería más apropiado. Quizá los supervivientes necesiten creer que sus cadáveres son santos (aunque, por pura estadística, resulte imposible). Los vetustos tomistas de la RAE definen a la persona santa como aquella de especial virtud y ejemplo y susceptible de veneración. El caso es que este sábado coincidió bastante santidad en el Auditorio Nacional.

El repertorio lo escribieron san Joseph Haydn y san Wolfgang Amadeus Mozart, virtuosos, ejemplares y dignos de veneración ambos. Lo cierto es que Haydn despierta más respeto que veneración, seamos sinceros, siempre a la sombra del otro y de Beethoven («santo bebedor» robando término al evangelista Joseph Roth). Sí, vale, el de Salzburgo y el de Bonn eran la mar de expansivos y Haydn demasiado respetuoso, pero sin la labor de este en campos como la sinfonía o el cuarteto los dos niñatos habrían tenido que trabajar el doble.

En 1798, un san Joseph que ya se alejaba de su trabajo como siervo/mártir de los Esterházy compuso la Missa en Re menor, Hob.XXII:11, denominada «in Angustiis» y también «Misa Nelson»; los santos brotan en épocas de angustia como las de aquellos años de guerras napoleónicas; también brotan militares que son glorificados mientras pierden miembros por parafilia patriótica, como el vicealmirante Nelson, tuerto y manco, y a quien algún editor pelota decidió dedicar la obra con el paso del tiempo. Más allá de tensiones políticas y medallas para amputados, esta misa es una de esas piezas por las que Haydn merece ser venerado: el dramatismo preside esta obra porque el romanticismo está golpeando las puertas elegantes y gastadas del clasicismo; san Joseph es sabio y ya casi un profeta. La intensidad alternará con momentos de serenidad durante más de cuarenta minutos, pero siempre dejándose caer hacia el relámpago más que hacia el valle soleado, porque ¿quién no prefiere el agua de una tormenta antes que la alergia al polen? El romanticismo que se asoma en Haydn no es histriónico todavía, sino lógico, lleno de sentido común; el contrapunto no imita ejercicios severos de academia y la homofonía carece de voces secundarias; los momentos solistas resultan complicados, pero nunca al servicio del virtuosismo de circo; la oscuridad y la luz conviven para darse vida la una a la otra. Un obra digna de veneración.

La otra composición supone toda una religión. Existen obras que adquieren la condición totémica, obras que pueden nombrarse con un solo golpe de voz: elboleroderravel, lanovenadebbethoven, lasestacionesdevivaldi… y esta: elrequiemdemozart. Se reza a estas páginas con fervor y fanatismo, es verdad. Para alcanzar su estatus, estos iconos se alimentan de muchos nutrientes que no siempre pertenecen a su naturaleza musical: literatura, política o mercado pueden impulsar bastante su fama.

En el caso de este réquiem, hay mucho elemento extramusical (recomiendo leer el trabajo soberbio de Miguel Ángel Marín al respecto), pero, sin lugar a dudas, sus elementos propios, los que obedecen a la pura técnica musical, son magistrales (y dignos de veneración). Por santidad, aboguemos por la justicia y proclamemos que esta Misa de Réquiem en Re menor, K. 626 es de Mozart pero también de Franz Xaver Süssmayr, aquel colaborador y alumno de san Amadeus que no sólo desarrolló el material que dejó su maestro al morir, sino que también creó desde cero buena parte de la obra; y todavía tuvo el detalle de terminarla empleando al final la música con que el fallecido la había comenzado: homenaje y estructura cíclica gracias a este santo varón de Süssmayr.

Hasta aquí hemos señalado la santidad de compositores y obras, pero ni unos ni otras serían nada sin santidad sobre el escenario. Y de esta hubo una cantidad que llenaría varios cielos (o infiernos, que hay mucho tipo de santo). Ejemplares y venerables y virtuosos fueron los seres que interpretaron toda esta música. Lo más asombroso de todo es que se alcanzara la perfección desde la pluralidad: un coro (Vox Luminis XL) y una orquesta (Camerata Salzburg) independientes cuatro voces solistas con muy pocas semejanzas técnicas (Gwendoline Blondeel ‒que luchó y triunfó contra el resfriado‒, Marie Henriette Reinhold,  Raffaele Giordani y Sebastian Myrus).

Sin embargo, la fusión resultó absoluta. Que aumente el asombro: no hubo una figura sobre el podio frente a tanto intérprete que lo coordinara todo a cada compás; Gregory Ahss indicó lo que debía desde su puesto de primer violín y Lionel Muenier (el bajo más alto que he visto nunca) maleó el aire desde el coro. Que aumente el asombro: las formaciones se dividieron en dos, hallándose, por ejemplo, cantantes de la misma cuerda o un contrabajo a cada lado del escenario. Que aumente el asombro: las voces interpretaron toda la gama posible de matices (incluidos ppp), velocidades (algunas tan vertiginosas como las del «Kyrie» mozartiano) y actitudes, en ocasiones mirándose entre sí o a su propia sombra o al público, oferentes; los instrumentistas tañeron con rigor historicista (¡incluso con corno di bassetto!) pero en ningún momento la sonoridad pareció una muestra de musicología estridente. Que aumente el asombro: con todas estas dificultades y acciones (más las propias de cada obra), el público tuvo ante sí la unidad sin fisuras. Y esto es un milagro, cosa muy santa. El milagro es hijo del asombro. La coordinación, el empaste o la expresividad parecieron transmitirse entre intérpretes por puro vínculo emocional. En parte, y esto también es religioso, sobre el escenario se desarrolló un ritual con decenas de chamanes, al fin y al cabo intérpretes de las fuerzas que creen sobrenaturales (aunque no haya nada más natural que la comunicación, y comunicación es la música).

El concierto fue dedicado a las víctimas del accidente de Urda. Un minuto de silencio antes del Réquiem lo explicó todo sin explicación. Como propina, un Ave verum de san Mozart que resultó una lección magistral de sotto voce.

Una de esas jornadas de las que cada cual pueda sacar alguna pega técnica, tal vez, pero sin que ningún fallo pueda importar. Que lo importante en un concierto así, en un ritual, es encontrarte con buena música transmitida por buenos chamanes, y en ese encuentro la vida, incluso cerca del día de los muertos, es tan placentera como el encuentro con buenos amigos.

Juan Gómez Espinosa

 

IMPACTA. Temporada 2026/2027.

Obras de: J. Haydn  (Missa in Angustiis en Re menor, Hob.XXII:11 – Misa Nelson) y W. A. Mozart (Misa de Réquiem en re menor, K. 626).

Intérpretes: Vox Luminis XL. Camerata Salzburg. Lionel Meunier (Bajo y Dirección Musical y Artística), Gregory Ahss (Violín y Dirección Musical), Gwendoline Blondeel (soprano), Marie Henriette Reinhold (contralto), Raffaele Giordani (tenor) y Sebastian Myrus (bajo).

Fecha y lugar: 1 de noviembre de 2026. Auditorio Nacional de Música de Madrid (Sala Sinfónica).

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