Música clásica desde 1929

OPINIÓN #LasMusas / ‘Nina Simone: Una pianista-compositora entre dos mundos’ (por Sira Hernández)

22/06/2020

Continuamos con la publicación de las distintas secciones de la revista RITMO disponibles hasta ahora solo en papel, continuando con “Las Musas”, donde las mujeres escriben sobre mujeres, una tribuna libre mensual donde rescatar la figura de compositoras, cantantes, instrumentistas, profesoras, musicólogas, directoras, etc. En esta ocasión publicamos la realizada para la revista de abril de 2019 por por Sira Hernández.

 

NINA SIMONE: Una pianista-compositora entre dos mundos

Eunice Kathleen Waymon, Nina Simone para el gran público, nació el 21 de febrero de 1933 en Tryon, en el seno de una familia pobre y muy religiosa de Carolina del Norte. Se la considera una de las más importantes artistas del siglo XX y una de las más grandes divas del jazz y del soul. Sin embargo, pocos saben que en sus principios su formación fue clásica y que ella deseaba ardientemente convertirse en la primera concertista de piano negra, en un país que todavía estaba regido por las terribles leyes de segregación racial.

En sus memorias escribió: “Bach hizo que yo dedicara mi vida a la música. Cuando hube asimilado su proceso musical, solamente tuve un deseo. Mi deseo estaba claro aunque fuera una niña: quería ser concertista clásica”. Biznieta de un esclavo, supo navegar entre la música clásica y el góspel que se cantaba en la Iglesia cristiana, donde ella tocaba el órgano y el piano desde muy pequeña y donde su madre estaba muy implicada. De esta forma, asimiló un lenguaje propio que podía fluctuar y abarcar, tanto el rigor y la disciplina de la música clásica, como la espontaneidad de la música negra.

Decía de Bach: “Lo admiro más que a cualquier compositor, en el nivel técnico es de total pureza, no hay una nota arbitraria y, en el aspecto emocional, es absolutamente perfecto. Es el más difícil para interpretar, pues hay diferentes voces que tocar contemporáneamente y cada una con un clima emocional distinto. Y lo más sorprendente es el distanciamiento con el que componía”.

Su infancia se convirtió en la historia de un sacrificio. Toda la comunidad de su pueblo se volcó con ella, considerando que podía llegar muy lejos, pero la realidad se impuso a sus deseos y los de su entorno. Un niño negro no podía ser concertista. Tuvo que enfrentarse muy pronto a la segregación con mucho sufrimiento. Ya en el primer concierto que ofreció en Tryon, tuvo que ver como intentaban apartar a sus padres de la primera fila por culpa del color de su piel. Protestó enérgicamente y consiguió que permanecieran sentados allí donde estaban, pero se le vino el mundo encima; ya nada fue fácil. El verdadero chasco sobrevino cuando años más tarde intentó entrar en el conservatorio, en el Curtis Institute, después de un curso de dos meses en la prestigiosa Juilliard School, y fue rechazada. Nunca superó del todo ese bache. Había trabajado duramente por años, sus padres, familiares, amigos, vecinos, todo el pueblo de Tryon se había volcado para ayudar económicamente en el enorme esfuerzo que suponía su carrera, pagando las clases que necesitaba. Todo se le vino abajo. Siempre pensó que fue porque era negra y se sintió traicionada. Despertó en ella un profundo sentimiento de revancha y un potente espíritu de lucha a favor de los derechos de su comunidad, que la motivó a implicarse en el movimiento de protesta, incluso apoyando un discurso que admitía la violencia si fuera necesario, que tuvo su máximo exponente en la corriente de Malcolm X, después de haber visto cómo grupos descontrolados mataban y torturaban, en esos años terribles, a sus conciudadanos negros.

Sin abandonar todavía su sueño de llegar a ser concertista clásica, empezó a tocar blues y jazz en locales nocturnos, para ganar dinero y poder seguir pagándose las clases de piano y su manutención. Y allí, en Atlantic City, en 1954, con 21 años, donde fue un verano a trabajar en un local llamado Mid Town Bar & Grill, entre canción y canción (tuvo que empezar a cantar, pues no querían que fuera solo pianista en ese local), empezó la nueva vida como Nina Simone. “Nina” por un sobrenombre que le había puesto un antiguo novio y, “Simone”, por su fascinación y admiración hacia la actriz francesa Simone Signoret. A partir de entonces, empieza la leyenda y la historia, en general, con las vicisitudes que todos conocemos y que marcaron la historia del jazz y del soul, sin abandonar nunca, sin embargo, sus referentes clásicos.

Un alma inquieta, en constante lucha consigo misma y con el mundo, que se enfadaba con el público, las discográficas y con los managers que conoció (incluido su marido, que había sido también su maltratador, y sus múltiples amantes), que vio cómo su única hija se alejaba de ella, pues nunca supo apoyarla debido a sus constantes viajes y giras, pero que sin embargo ofreció lo mejor de sí misma y de la música de esa mitad de siglo, sentada ante un piano con su voz rota. Desde el primer single que le dio la fama, My baby just cares for me, en 1959, y que ella consideraba una obra menor y sin importancia, y del cual, sin embargo, nunca pudo cobrar los inmensos derechos de autor que produjo, por firmar un contrato absolutamente canalla, hasta sus últimos LP (con sellos tan importantes como Philips, entre otros), pasando por álbumes como Wild is the Wind, I put a Spell on You y Nina Simone Sings the Blues, continuó realizando lo que ella consideraba que era la labor del artista, o sea conducir a la gente a un nivel más profundo. Actuó a partir de entonces en salas tan importantes como Carnegie Hall, y en los mejores Festivales de Jazz de todo el mundo. Mítico su concierto en el festival de Montreux en 1976, donde se grabó un LP en directo que ha hecho historia. Después vinieron problemas de todo tipo, con el fisco, con su país, con sus amigos, y los peores problemas que fueron sus fantasmas mentales y ese dolor que solo se podía aliviar cuando tocaba y cantaba sus canciones.

Los últimos años de su vida los pasó en una profunda soledad, con muy pocas visitas, en un pequeño chalet en la Provenza francesa, en Carry-le-Rouet, donde falleció el 21 de abril de 2003, hay quien dice que medio secuestrada por sus últimos managers y rodeada de muy pocos amigos.

Sira Hernández: Pianista de carrera consolidada y sensible a las cuestiones sociales, la también compositora ha grabado obras de Mompou o Soler, entre otros, así como acaba de publicar The Initiation to the Shadow en Naxos.

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