Música clásica desde 1929

OPINIÓN #LasMusas / ‘Francesca Caccini: la Monteverdi de Florencia’ (por Delia Agúndez)

07/06/2020

Continuamos con la publicación de las distintas secciones de la revista RITMO disponibles hasta ahora solo en papel, continuando con “Las Musas”, donde las mujeres escriben sobre mujeres, una tribuna libre mensual donde rescatar la figura de compositoras, cantantes, instrumentistas, profesoras, musicólogas, directoras, etc. En esta ocasión publicamos la realizada para la revista de noviembre de 2018 por Delia Agúndez.

 

FRANCESCA CACCINI

La Monteverdi de Florencia

No. Ni es un juego de palabras ni una osada comparativa. Es uno de los apodos que recibió Francesca Caccini (1587-1641), quien aparte de hija del famoso compositor italiano Giulio Caccini, llegó a ser el músico mejor remunerado en la corte de los Medici, la compositora más temprana de óperas y una de las poquísimas mujeres de su tiempo que vio sus obras publicadas.

En este feliz periodo de justa reestructuración histórica, intérpretes y musicólogos nos hemos comprometido a erradicar el inaceptable destierro de nuestras predecesoras para otorgarles su merecida posición. Para ello, la Florencia del último cuarto del siglo XVI y el entorno de su Camerata Bardi suponen un campo de trabajo altamente sugestivo. Fue un paraíso cultural conformado por poetas, humanistas, músicos e intelectuales de diversas ramas que se unieron bajo la protección del conde Giovanni de’ Bardi. Se dedicaron fundamentalmente a reflexionar, debatir y fijar tendencias en las artes, poniendo especial interés en la música y el drama. Entre sus miembros, destacaron personalidades como el ya mencionado Giulio Caccini, Emilio de’ Cavalieri, Vincenzo Galilei, Piero Strozzi o Jacopo Peri. Influida por este entorno, nació y creció Francesca Caccini.

Desde muy joven, destacó por su destreza con el arpa, el clave, el laúd, la tiorba y la guitarra barroca pero, sobre todo, por sus virtudes canoras. Por eso, fue apodada también como La cecchina (el pájaro cantante). Además componía, escribía poemas en italiano y latín, hablaba varios idiomas y tenía vastos conocimientos de aritmética, astrología y la alquimia. Con tan solo 13 años, ya formaba parte del grupo Concerto Caccini, dirigido por el patriarca de la familia y participó, en 1600, en el estreno de la Euridice de Peri (considerada la primera ópera de la Historia) y en Il rapimento di Cefalo, de su progenitor.

Su fama se acrecentó rápidamente por toda Europa hasta el punto de que Enrique IV de Francia le ofreció en dos ocasiones un puesto en su corte. Sin embargo, en 1607 se unió a Giulio Caccini para desempeñar labores musicales en Florencia. Su salario ascendía a 10 escudos, cifra muy superior a la de cualquier otro músico del momento. Allí contrajo matrimonio con el cantante y miembro de la Camerata Giovanni-Battista Signorini, padre de su hija Margherita. Durante este alegre periodo, Francesca se dedicó vehementemente al arte de la composición, el canto y la enseñanza dentro de la corte, incluyendo a las princesas Medici y a sus damas de compañía. Compuso un inmenso número de obras sacras, profanas, instrumentales y vocales que se han perdido en su mayoría.

Entre lo poco conservado destaca Il primo libro delle musiche (1618). Se trata de un compendio de 36 canciones a solo y de dúos en italiano y latín con un lenguaje muy osado armónicamente y estratégicos ornamentos. Pudo tener una finalidad pedagógica por lo que, a través de él, es posible definir su metodología en el canto. Existe constancia también que durante estos años presentó diferentes obras escenificadas como Il ballo delle Zigane o La fiera, con Michelangelo Buonarroti (sobrino del celebérrimo artista) como autor del texto. En 1625 compuso La liberazione di Ruggiero dal isola d’Alsina. Estrenada con éxito durante la visita del príncipe Ladislaus Sigismondo de Polonia, se representó en Varsovia en 1628. Por ello, está considerada como la primera ópera italiana interpretada fuera de sus fronteras y además es la única que se conserva íntegra de las cinco que Caccini creó.

En 1627, un año después de la muerte de su esposo, se casó con el aristócrata Tomaso Raffaelli y se trasladó junto a él a Lucca. Allí tuvo a su hijo Tomaso y trabajó al servicio del banquero y diplomático Vicenzo Buonvisi. Su nuevo consorte falleció en 1630 y Caccini volvió, tres años más tarde, a la corte de los Medici donde continuó con la docencia y la composición. Parece, sin embargo, que renunció a la interpretación pública. Siendo confusos los últimos datos sobre su vida, se cree que formó musicalmente a su hija Margherita y que ésta, a pesar de ordenarse monja, siguió sus pasos. De 1637 se conservan pruebas de ciertas presiones propias de su tiempo, ya que prohibió cantar a Margherita en una comedia escenificada para evitar comprometer socialmente a su hermano, Tomaso, quien se convirtió en guardia de su tío Girolamo Raffaelli. Según la musicóloga Suzanne G. Cusick, Francesca renunció a sus servicios en la corte de los Medici y desapareció de la vida pública en 1641. A partir de aquí, todo son cábalas.

El universo musical de Francesca alberga personajes enigmáticos y apasionantes en los que apenas se ha podido profundizar en estas líneas: Lucia Gagnolanti, su madre; Margherita della Scala, su madrastra; su hermana Settimia, con quien conformó el dúo Concerto delle donne o Margherita, su hija y continuadora de su pedagogía. Sirva mi artículo como combustible para incentivar la curiosidad sobre ellas y como un sincero, humilde y agradecido homenaje a todas las mujeres que, desde sus posiciones públicas o privadas y sea cual sea su cronología, han establecido sinergias imborrables en nuestro complejo devenir musical. Aún hay muchísimo que hacer en su memoria.

por Delia Agúndez

Licenciada en Musicología, Historia del Arte, Music Business y Grado Superior de Canto. Compagina su intensa temporada de conciertos con actividades de marketing y comunicación digital relacionadas con la música.

Foto: Único retrato conservado de Francesca Caccini (Conservatorio de Florencia).

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