Música clásica desde 1929

OPINIÓN / ‘A Tout Seigneur Tout Honneur’ (Homenaje a Gabriel Bacquier, por Jorge Binaghi)

15/05/2020

‘Era magnífico. ¡De los grandes!’ me escribe un liceísta, probablemente el más confiable de todos. ‘¡Qué artista!’ ‘Cálido y expansivo’ ‘Un poco corto en el agudo pero a quién le importaba’ me dicen voces porteñas.

Si Gabriel Bacquier, que acaba de fallecer a punto de cumplir noventa y seis años, arranca estas consideraciones ya retirado hace tiempo de la escena, e incluso de la enseñanza, cómo habrá sido cuando estaba en actividad.

Por suerte para mí lo pude ver mucho en el Colón de Buenos Aires cuando este teatro aún conseguía mantenerse a su propia altura. Y todo lo que dicen esas palabras es cierto.

La voz de Bacquier era amplia, de muy buen color (si no tan bello como el de su contemporáneo y coterráneo, Robert Massard), pareja y, efectivamente, con un agudo que no le permitía hacer algunos roles de Verdi y que lo llevaba al límite en otros autores, pero era un artista inigualable por dicción, fraseo, intención, y en los más diversos autores del repertorio italiano y francés.

En el primero era un magistral Germont, de una distinción y frialdad notables que desaparecían en el gran dúo y en su imponente aparición en la escena de la fiesta. O un marqués de Posa tan aristocrático como apasionado, con una variedad de matices que lo ponían a la par (si no por encima) de colegas más dotados en extensión, pero más monótonos.

Lamentablemente cuando cantó el Orfeo de Gluck tuvo que luchar contra varios elementos, pero salió airoso.

Regaló los dos libertinos mozartianos, el Don y el Conde -este último en París bajo la batuta de Solti y la famosa producción de Stehler- sin renunciar a su figura y a su personalidad (es decir, fue muy francés, elegante, cínico y mujeriego), resplandeció en los cuatro personajes maléficos de Offenbach, nunca uno igual al otro (y como en esa época tan poco filológica aún a nadie se le habría ocurrido suprimir o cambiar ‘Scintille, diamant’ lo cantaba con maléfica suntuosidad y había que ver cómo se las arreglaba para ese desesperante agudo final9, aunque probablemente los más inolvidables fueran Lindorf y en particular el siniestro doctor).

Protagonizó una exhumación (rara en la época) del Guglielmo Tell rossiniano en la que él, en apariencia el más ajeno al compositor, dio una lección de estilo y actuación, y eso que cantaba en italiano (se encuentra o encontraba en cd, pero la grabación comercial posterior, en francés por suerte). Pero, ¿qué decir de su Mefistófeles en la versión de Berlioz?

En concierto, y al costado de la inmensa Crespin, fue un maestro de la seducción, la fina ironía, el sarcasmo velado, y de una maldad insidiosa: nunca he vuelto a ver sus iguales (lástima que no coincidiera con ella en Tosca, como se puede apreciar en una grabación ‘live’ del Met).

Sabía imponerse en partes ‘pequeñas’ como el padre de Blanche en una memorable edición (el estreno sudamericano) de Diálogos de Carmelitas (que supuso el abrupto final de la carrera de Denise Duval, musa de Poulenc).

“Mi último recuerdo es de 1986, en la fase final de su carrera; inauguró la temporada del Liceu a fines de ese año junto a Ruggero Raimondi bajo la batuta de Guingal, en la célebre producción de Faggioni de Don Quichotte de Massenet”

Nunca lo pude ver en un recital, pero Youtube está lleno de su magisterio, en especial en la mélodie francesa. Y mi último recuerdo es de 1986, en la fase final de su carrera. Inauguró la temporada del Liceu a fines de ese año junto a Ruggero Raimondi bajo la batuta de Guingal y en la célebre producción de Faggioni de Don Quichotte de Massenet.

Fue un Sancho sensacional, y el tiempo no parecía haber pasado en nada importante para él. Supo ser rústico, simplote, pero cuando le tocó defender a su señor de las burlas y del dolor por el rechazo de Dulcinea aquellas funciones llegaron a su momento culminante: la ovación que rubricó ese memorable final del cuarto acto y que lo saludó al final de la representación fue bien clara.

Ahora que se ha puesto punto final a una vida podemos dedicarle otra.

Augustin-Raymond-Théodore-Louis "Gabriel" Bacquier (17 mayo de 1924 - 13 de mayo de 2020)

por Jorge Binaghi

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