Durante mucho tiempo, las orquestas sinfónicas fueron entendidas como instituciones dedicadas a preservar un repertorio, custodiar una tradición y ofrecer conciertos de alta calidad. Esa misión sigue siendo esencial, pero en América Latina resulta insuficiente para explicar todo lo que una orquesta puede representar en el siglo XXI. En territorios atravesados por profundas desigualdades, una enorme diversidad cultural y una creatividad que convive a diario con la incertidumbre, hacer música implica asumir una posición frente a la sociedad de la que hacemos parte.
Ser una orquesta latinoamericana hoy significa preguntarnos para quién tocamos, qué historias contamos, a quiénes invitamos a ocupar el escenario y qué huella dejamos cuando termina el concierto.
En la Orquesta Filarmónica de Medellín - Filarmed, hemos comprendido que la excelencia artística y el impacto social se fortalecen mutuamente. Una orquesta que aspira a conmover, interpretar con rigor y dialogar con los grandes repertorios necesita estar conectada con la realidad de su ciudad. A su vez, una organización que trabaja con comunidades debe ofrecer procesos artísticos exigentes, sostenidos y capaces de ampliar horizontes. La calidad también es una forma de respeto.
Esta convicción ha transformado nuestra manera de entender la institución. Filarmed es la orquesta profesional de Medellín, pero su responsabilidad excede la programación de una temporada. Somos parte del ecosistema cultural de una ciudad compleja, creativa, desigual y profundamente musical. Nuestro trabajo ocurre en teatros, comunas, colegios, empresas, hospitales, municipios y territorios rurales. Allí la música adquiere otros significados: puede convertirse en un espacio de encuentro, una herramienta para fortalecer vínculos y una oportunidad para reconocer capacidades que con frecuencia permanecen invisibles.
Programas como la Orquesta Filarmónica Infantil y Juvenil de Urabá - FILU, que nació en Urabá, una región del noroeste de Colombia, en la costa del mar Caribe, históricamente marcada por grandes desafíos sociales y con un enorme potencial humano, y que hoy acompaña a más de mil niños y jóvenes, nos han enseñado que el acceso a la música puede transformar la relación de una comunidad con su propio futuro. Soy Músico, nuestro programa con personas neurodivergentes, nos ha obligado a revisar metodologías, lenguajes y formas de participación. El Coro Reconciliación reúne a personas afectadas por el conflicto armado colombiano y demuestra que cantar juntos puede abrir conversaciones difíciles de propiciar por otras vías. Cada proceso transforma también a la orquesta. Nos hace escuchar mejor, cuestionar hábitos y comprender que una institución cultural aprende cuando se deja interpelar por su territorio.
Ese compromiso debe expresarse igualmente en la programación artística. Una orquesta latinoamericana necesita interpretar el canon europeo en diálogo con el contexto que rodea el escenario. El repertorio sinfónico universal sigue ofreciéndonos preguntas, belleza, complejidad y una tradición interpretativa invaluable. Junto a él deben convivir las músicas de nuestros países, las obras de compositores vivos, las voces de mujeres, los creadores históricamente excluidos y las expresiones que nacen en nuestras ciudades.
Respaldar las músicas del territorio implica encargarlas, programarlas, grabarlas, estudiarlas y darles continuidad. También supone asumir riesgos. El público necesita encontrarse con Beethoven, Mahler o Stravinsky, y también con las sonoridades de América Latina, con las preguntas de sus compositores y con obras capaces de hablar de nuestras contradicciones. Una temporada artística puede ser un espacio de memoria, representación y descubrimiento.
En Medellín, la relación entre lo sinfónico y las músicas populares resulta inevitable. Esta es una ciudad marcada por el tango, la música tropical, el rock, el reguetón y muchas otras expresiones que forman parte de su identidad. La responsabilidad de una orquesta está en construir diálogos artísticos rigurosos, respetuosos y creativos con esos lenguajes. Cuando una colaboración está bien concebida, la orquesta amplía sus posibilidades, los artistas populares encuentran nuevas dimensiones sonoras y el público reconoce que la tradición sinfónica puede conversar con su experiencia cotidiana.
El papel de una orquesta en el siglo XXI también está relacionado con la construcción de ciudadanía cultural. Las instituciones musicales debemos preguntarnos quién se siente bienvenido, cuánto cuesta asistir, qué códigos hacen que algunas personas se sientan excluidas y cómo acompañamos a quienes llegan por primera vez. En Filarmed, la renovación de públicos ha sido resultado de una política consciente de apertura, diversidad de formatos y cercanía con la ciudad. Reducir la distancia simbólica entre la orquesta y la gente fortalece su relevancia artística y social.
Una orquesta latinoamericana debe desarrollar además modelos sostenibles que le permitan conservar independencia, continuidad y capacidad de innovación. La fragilidad financiera de muchas instituciones culturales de la región condiciona sus decisiones y limita su impacto. La sostenibilidad es también una responsabilidad cultural. Diversificar ingresos, construir relaciones de largo plazo con donantes y empresas, fortalecer la gestión y demostrar el valor público de la música son tareas tan importantes como afinar antes de un concierto.
Nuestro contexto nos exige ser instituciones flexibles, curiosas y dispuestas a reinventarse. Debemos preservar aquello que merece permanecer, revisar lo que ha dejado de responder a la sociedad y crear nuevas formas de relación con las audiencias. La orquesta del siglo XXI necesita vivir plenamente conectada con su tiempo.
Ser latinoamericanos nos sitúa frente a desafíos enormes y ante una riqueza cultural excepcional. Tenemos territorios llenos de ritmos, relatos, memorias y maneras distintas de comprender el mundo. Una orquesta puede reunir esas voces, ofrecerles una arquitectura sonora y convertirlas en una experiencia compartida. Puede contribuir a que una ciudad se escuche a sí misma.
Tal vez allí se encuentra nuestra tarea principal: interpretar grandes obras con excelencia, respaldar a nuestros creadores, abrir oportunidades y construir espacios donde personas distintas puedan reconocerse como parte de una misma comunidad. Una orquesta adquiere sentido cuando su música permanece en quienes la escuchan y cuando su presencia ayuda a imaginar un territorio más conectado, consciente de su diversidad y orgulloso de sus propias voces.
por María Catalina Prieto Vásquez (directora ejecutiva - Orquesta Filarmónica de Medellín)