Música clásica desde 1929

‘La canción de los nombres olvidados’, cine en tiempos de reclusión y #coronavirus

16/03/2020

Publicado en RITMO de marzo (revista que puede obtener gratuitamente si pincha en la primera noticia publicada en esta web) y firmado por nuestro querido colaborador Arnoldo Liberman, este texto reproduce la impresión causada por la visualización del filme, que una vez volvamos a la normalidad se emitirá en salas de toda España.

A la búsqueda de una certeza: La canción de los nombres olvidados

Es difícil centrar el interés de un film conmovedor como La canción de los nombres olvidados, basado en la novela de Norman Lebrecht (The Song of Names), que ha filmado el destacado director y melómano François Girard, con la hermosa BSO de Howard Shore. Durante su proyección, no pude evitar recordar una secuencia del Quijote, justamente de su muerte, cuando Sancho, manifiestamente dolorido, dice con singular significación: “¿Y ahora, qué hago?”. Pocos minutos antes trataba de animarlo incitándolo a regresar a las novelas de caballería y a seguir buscando a Dulcinea del Toboso. Es decir, Sancho no admite vivir la vida sin el Quijote y sin sus fantasías, por más delirantes que sean, porque el Quijote es su otra mitad, necesaria y vital.

El personaje de Martin de esta película me recuerda y vive las mismas instancias. Veamos. El film trata de un pequeño refugiado judeo-polaco que en Londres es acogido por una familia británica (en el original es familia judía, pero, con la intención de enriquecer la difusión del tema, el guionista y director decidieron que fuera una familia cristiana). Dovidl (así se llama el niño) es un prodigio con el violín y el padre de Martin (un editor musical modesto) decide darle cobijo, ayudándolo a rubricar su talento interpretativo. Dovidl se convierte en el mejor amigo de Martin y, tras algunas peripecias xenófobas (resaltar la inteligente, contradictoria y lúcida secuencia del nacimiento de su amistad a través de un diálogo sin desperdicio), se hacen inseparables, justamente como las dos mitades de una única plenitud, haciendo válido aquello de “la mitad de la palabra pertenece a quien habla, la otra mitad a quien la escucha”.

Años después, antes de ofrecer su primer concierto consagratorio, Dovidl desaparece sin dejar rastro, pero sí huellas profundas en el edificio familiar: el padre de Martin, que había apostado todo su dinero en dicho concierto, se desmorona anímica y económicamente y dos años más tarde muere. Martin hace culpable de esa muerte a Dovidl y, habitado de abismales sentimientos ambivalentes (rencor y afecto, odio y amor), sale en búsqueda de su amigo-enemigo que lo llevará a transitar las calles del mundo para encontrarlo. El resto prefiero que el lector (al que aconsejo que no se pierda el film) lo viva por sí mismo, en su intensidad, su pasión y su humanísimo mensaje. Dice Lebrecht: “Pensé, ¿qué ocurriría si un hombre está tan estrechamente vinculado a otra persona que tienen una relación casi simbiótica y esa persona desaparece repentinamente? ¿Cómo continúas tu vida con un ser que sólo funciona a la mitad? ¿Puedes perder una parte de ti y dedicar toda tu vida a buscarla?”. Esto es uno de los atractivos esenciales de esta producción. Preguntas que me recuerdan no sólo una característica sustancial del pueblo judío (la pregunta como más esencial que la respuesta: “¿usted tiene la pregunta? porque yo tengo la respuesta”, decía el rabino de Praga).

Destacar la enorme importancia de la música en este conflictivo y grávido film, porque allí donde las palabras parecen agotar su significación explícita, las corcheas dicen lo que falta, por medio de pentagramas habitados de honda emocionalidad, hechos a golpe de corazón. Como ejemplo, el concierto final de Dovidl, 35 años más tarde, ya convertido en judío religioso ortodoxo, transitando el Concierto de Bruch y el Kadish por los nombres olvidados, con los que se retira de la carrera, de la amistad y de las preguntas. Dice Lebrecht, respecto del nacimiento de esa amistad: “Cuando llega Dovidl, Martin deja de ser un ser ordinario. Cuando Dovidl desaparece, sufre sus dos pérdidas: la pérdida de su padre vinculada a la desaparición de Dovidl y la pérdida de lo que fuera que iluminaba a Martin desde su interior y le hacía sentir que no era ordinario. Todo esto habita en Martin como una rabia que arde despacio, la esperanza en vano que todo se resolverá y que cuando se resuelva, habrá ira”.

Para ambos, Dovidl y Martin, el mundo resulta demasiado angosto para los excesos del corazón. Quizá en los desgarros es donde damos respuesta a la otra pregunta: ¿dejamos que la pérdida nos paralice? ¿Permitimos que la pérdida nos deje viviendo a medias una vida sin ilusión, o somos capaces de encontrar una salida para superarla, por terrible que sea? Éste es otro interrogante que el film despierta.

En una historia íntima donde se construye una fraternidad de hermanos de sangre, bajo el trasfondo del Holocausto y la memoria de los desaparecidos. El perfil religioso judío es otra de las vertientes de esta historia y llega a conmover profundamente, por lo arrebatador y turbador del conflicto. El actor que hace de Dovidl, Luke Doyle, dice: “No hay mucha gente como Dovidl. Nunca hace nada aburrido y eso lo convierte siempre en centro de atención. Su arrogancia y confianza ejerce una impresionante fuerza de atracción; al mismo tiempo puede llegar a ser bastante egoísta”, aseveración que me hace dudar si Doyle comprendió totalmente al personaje en su integridad psicológica, porque Dovidl es mucho más ambivalente y contradictorio de lo que dice Doyle en su comentario, aunque su actuación, como la de todos los actores, es espléndida. Finalmente él mismo acepta que Dovidl no sabe controlar sus emociones. Martin, interpretado por Misha Handley, ve a Dovidl inicialmente como un intruso que le usurpa su lugar (peor aún, se lo usurpa un judío), pero luego se gesta, reitero, un vínculo mucho más complejo y alimenticio, como un “hermano de sangre” anhelado. Es sustancial tomar conciencia que Dovidl es para Martin todo lo que éste sueña ser y de algún modo la complementariedad del vínculo es que cada uno posee lo que el otro carece. Hasta que la historia sufre ese revés que he detallado y cambia el curso de los acontecimientos.

Girard dice algo fundamental: “Cuando Martin encuentra la primera pista de Dovidl, recobra la pasión y encuentra una misión para su vida”. Como Sancho acompañando al Quijote. Por eso la desaparición es tan nefasta y por eso la búsqueda de Martin es de íntima tensión y posee una serenidad que la disimula, esa serenidad que Dovidl parece haber encontrado en la religión. Para Dovidl, Bruch y Dios son nombres de lo sublime y de ahí ese Concierto final que eriza la piel. Para Martin, Dovidl y su esposa Helen tienen una significación análoga. Un film no sobre la música, pero sí parido en la música. Vale la pena.

por Arnoldo Libermann

The Song of Names

François Girard, director

Estreno previsto para el pasado 13 de marzo (debido al cierre de salas, se pospone su emisión)

Distribución: www.filmax.com  

Foto: Fotograma de La canción de los nombres olvidados, del destacado director y melómano François Girard.

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