Música clásica desde 1929

Crítica – Champagne y encaje antiguo

31/07/2018

 

Thaïs en el Teatro Real

Massenet es considerado uno de los representantes de la Grand Opèra francesa. Pero de su numerosa producción solo algunas óperas han entrado a formar parte de los teatros con cierta asiduidad. Thaïs, cuya première tuvo lugar en 1894, es una de sus obras más conocidas, pero es  raramente representada aunque tiene una mayor presencia en versión de concierto.

Massenet, a pesar de su, en ocasiones, inspirada vena melódica y su buen hacer, me parece un compositor que abusa del almíbar y sus creaciones adolecen de un amaneramiento pasado de moda, pero algunas de sus obras como Werther y Manon, e incluso Le Cid y Don Quichotte, gozan del favor popular y esta es una razón incontestable para que se sigan programando. Thaïs, sin embargo, a pesar de su orientalismo y algunos momentos bellos, sobre todo la famosa Meditación; maravillosamente interpretada en esta ocasión por el concertino búlgaro Vesselin Demirev, me parece en su conjunto una creación banal e incluso monótona, con personajes pobremente dibujados y situaciones bastante previsibles. Lo que en su época fue un escándalo hoy resulta incluso ñoño y amanerado y, lo que es peor, falto de interés en su desarrollo.

Ahora nos ha llegado al Teatro Real en forma de concierto (repetida en el Festival Castell de Peralada, de cuya “representación” podrán leer la crítica en RITMO de septiembre) con Ermonela Jaho, en el papel protagonista, Plácido Domingo en el papel para barítono de Athanaël, Michele Angelini como Nicias y Jean Teiten como Palemón, con dirección musical de Patrick Fournillier.

Jaho es una excelente artista; aquí la hemos disfrutado en una aceptable Traviata, una desdibujada Desdemona y una inolvidable Cio Cio San. Su voz no es muy grande, pero corre con fluidez en todos los registros, tiene una gran musicalidad y es una intérprete fuera de serie, capaz de transformarse de una cortesana histérica y desolada cuando se enfrenta al espejo y canta “Dis moi que je suis belle” (qué lejos de la bellísima e inmensa reflexión sobre el tiempo y la belleza de la Mariscala en el  Rosekavalier straussiano en situación similar), en una anacoreta lírica y dulce en búsqueda de la salvación.

Jaho vivió el papel hasta las lágrimas con la intensidad que suele hacerlo últimamente. Una interpretación intachable y madura, sin excesos ni amaneramientos. Jaho se lo cree y es capaz de transmitir su emoción al público.

A Plácido Domingo le escuché el mismo papel hace dos años. Sigue siendo un monstruo de la naturaleza, un intérprete estratosférico, su voz aún conserva ecos de su pasada gloria, pero con todo el respeto que me merece, creo que su trayectoria es demasiado grande para empañarla a estas alturas. Estuvo todo el tiempo inseguro, siguiendo la partitura y las indicaciones del director de orquesta, además soslayó el final del dúo del segundo acto de forma inexplicable y ver así al titán me causó un profundo desasosiego. Sin embargo su presencia fue, como siempre, un verdadero aliciente para el público que le premió el esfuerzo con una cerrada ovación.

El tenor italo amerícano Michele Angelini mostró una voz sonora, fresca y muy bien timbrada. Su encarnación del bon vivant Nicias fue impecable, llena de energía y desenfado.

Jean Teigten fue un excelente Palemón que, además, se benefició de cantar en su lengua vernácula.

Estupenda la dirección musical de Patrick Fournillier, que supo desentrañar la partitura, dotándola de matices exquisitos, logrando que orquesta y coros pareciesen otros que los del concierto de Jonas Kaufmann justo el día anterior (crítica en el próximo número de RITMO de septiembre), bajo la desafortunada batuta de Jochen Rieder.

Francisco Villalba

Foto: Plácido Domingo y Ermonela Jaho, en la Thaïs del Teatro Real, en versión concierto.
Foto de Javier del Real 

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