Música clásica desde 1929

Discos recomendados de Ritmo

En esta sección encontrará los 10 discos que la revista RITMO recomienda cada mes, clasificados por meses y por su orden de recomendación del 1 al 10. Se archivan los recomendados desde junio 2011, para ver anteriores ir a "Ritmo Histórico".
Haciendo "clic" en el título de cada disco o sobre la foto, accederá a su ficha y a la crítica publicada en Ritmo y, cuando es posible, a las diferentes tiendas donde podrá adquirir el disco físico, o a las plataformas digitales desde donde podrá escucharlo en "streaming" o descargarlo online.

Ritmo Mayo 2022 - Núm. 961

WAGNER BAYREUTH UND DER REST DER WELT

Un documental de Axel Brüggeman.
Naxos 2.110725 (DVD) - Subt. Inglés y Alemán.



La crítica

BAYREUTH: EL CENTRO DEL COSMOS WAGNERIANO

Con unas 125 asociaciones repartidas por el mundo que alcanzan a más de 30.000 socios, el wagnerismo no es simplemente una admiración artística, un no sé qué tiene esta música que me fascina, sino que es obvio que sus sectarios admiradores llevan adosados una devoción que raya en lo religioso, incluso a veces en el fanatismo más desbocado. Wagner como creador del cielo y de la tierra que exige genuflexiones diarias. El wagneriano no solo viene al mundo a disfrutar de las santas escrituras en forma de partitura, sino que lleva aparejada una incansable labor de apostolado en busca de más discípulos que engrasen y renueven la maquinaria generacional. Como asegura uno de esos afiliados, “los wagnerianos somos como los fans del heavy metal”. Y como oficina central esa basílica (parecida a un granero) erigida en la Verde Colina que es el Festspielhaus, a las afueras del acogedor Bayreuth, centro de peregrinación convertido hoy en un pueblecito mitad La Meca, mitad Disneyland. Como afirma un estudiante japonés: “ir hasta allí se ha convertido en la gran ilusión de mi vida”. Y es que Wagner no solo se procuró de inventar el wagnerismo, sino que también se sacó de la chistera todo lo que representa Bayreuth y su Festival veraniego, un púlpito que aspira a tener el mismo poder que un concilio del Vaticano.

De todo este maremágnum, de esa lava que devora todo a su paso, de esa liturgia sacramental que supone el enfrentarse a sus óperas, nos habla el magnífico y ameno documental “Wagner, Bayreuth y el resto del mundo”, filmado en plena pandemia, que propone un viaje desenfadado y a veces gamberro (como si se riera de uno mismo) por este fascinante universo que tiene más de imaginario que de real, que es el wagnerismo (sin subtítulos). Una mirada sarcástica y nada seria a todo lo que lleva adosado el dichoso apellido.

El viaje arranca en Venecia, desde esa estación final que fue el palazzo Vendramin en el que expiró el inventor de todo esto. Ciudad favorita de Wagner, donde además se celebra una convención de asociaciones. Su bisnieta Katharina, mandamás del Festival de hoy, andorrea por la mortuoria habitación repleta de objetos, atreviéndose incluso a tocar el Träumerei de Schumann en el piano que manoseara su familiar antes de fenecer de un ataque al corazón. La cámara se adentra en su casa, que gracias a un dron vemos que está pegada al Festspielhaus, rodeada de esos perros que parecen perseguir genéticamente a la familia (recordar que Russ, el último de los canes de su tatarabuelo, está enterrado junto a su amo).

Wagnerianos por el mundo

La lista de seguidores wagnerianos de la que echa mano el documental es amplia y variada, sin preguntar antes por su condición o profesión, como bien demuestran los jocosos comentarios de los dueños de la carnicería donde se aprovisionaba Wolfgang en Bayreuth o cuando conversa con el vigilante encargado de preservar por las noches la paz en el Festspielhaus. El crítico Alex Ross, autor de uno de los últimos Nuevos Testamentos (su denso y enciclopédico Wagnerismo: Arte y Política a la sombra de la música), analiza ese aliento de religiosidad que exige su obra. Podemos ver por los pasillos del Teatro a Plácido Domingo preparado para dirigir La Valquiria en un año extraño y amargo debido a la pandemia. Algo que lo ha convertido en el único director español que ha pisado ese venerado foso, desde el que también declama Valery Gergiev, presente ese año con Tannhäuser. Muchos más minutos acapara el actual dueño del cortijo, que es Christian Thielemann, que intenta explicar lo que uno siente cuando se enfrenta a su “abismo místico”. Entre bromas por los micrófonos y teléfonos instalados en los años 30 (el rojo dice entre risas que tiene línea directa con Wahnfried), revela que la orquesta que más músicos aporta es su Staatskapelle de Dresde (35). Entre guiños de añoranza recuerda los gritos del referido como “anciano” (Wolfgang) cuyos alaridos llegaban hasta el foso durante los ensayos (“demasiado alto”, vociferaba).

Desde la bucólica casa que ocupa durante su estancia en el Festival, Piotr Beczala (presente en 2019 con Lohengrin) se queja de los largos ensayos de diez horas que exige la Verde Colina. La curiosa cámara nos adentra hasta las históricas paredes del hotel Anker, construido antes de que Wagner edificara allí su auditorio. La propietaria nos descubre la “habitación Chéreau”, denominada así por ser el aposento del francés durante las representaciones de su legendario Anillo. En su museístico libro de huéspedes, aparte de conocidos nazis de la época, están las firmas de Thomas Mann, Loriot o Toscanini, que visitó el festival en 1930, justo el año de la muerte de Siegfried, autógrafo también estampado junto al de su esposa Winifred.

Para constatar la universalidad de la obra wagneriana, de cómo su música es capaz de llegar hasta el último rincón del planeta, el documental nos sorprende viajando hasta una iglesia de New Jersey que representa, al aire libre, una versión reducida del Anillo, cantado exclusivamente por voces de color. Su alfombra voladora nos traslada también hasta Riga (teatro en el que trabajara de joven el compositor) pasando por el desierto de Abu Dabi, donde sorprendentemente existe una pequeñísima Asociación Wagneriana (dos miembros). En Japón nos ilustran con el programa “Wagner for Children”, donde son capaces de condensar Parsifal en una hora y hacérselo tragar a los niños (con Katharina presente vía streaming).

En Tel-Aviv nos conmocionamos con el testimonio de un anciano abogado que rememora su pasado familiar. De cómo su padre huyendo de la “solución final” llegó hasta Israel con tan solo dos cosas en la maleta: la documentación y su colección de discos de Wagner. Zarandea conciencias cuando se pregunta por qué esta música sigue estando prohibida en su país. Del por qué se sigue instrumentalizando políticamente sus partituras para no levantar ampollas sobre cierto sector de la población. Una nación recuerda, donde Volkswagen es la marca de coches más vendida y que diariamente es atravesado por trenes alemanes. Algo que curiosamente no parece rememorar el Holocausto. En definitiva, un estupendo filme orientado más al gran público que al letrado wagneriano, que pese a lo cutáneo de la exploración, resulta ameno y entretenido. Larga vida al wagnerismo. Por los siglos de los siglos. Amén.

Javier Extremera

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