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Discos recomendados de Ritmo

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Ritmo Noviembre 2019 - Núm. 934

BEETHOVEN: Sonatas para piano completas.

Igor Levit, piano.
Sony Classical 19075843182 (9 CD)



La crítica

¿CAMBIO DE PARADIGMA?

Me he pasado media vida escuchando Sonatas para piano de Beethoven. Y dando opinión sobre versiones. Y también, hace ya muchos años, escribí en RITMO una comparativa de integrales (la verdad es que pocas más se han grabado desde entonces), cuando todavía me motivaba hacer comparaciones. Ahora me cuesta más, aunque, aun desde ángulos de mira diferentes, tenga que acabar en ello.

El cambio que anuncio en el titular debe ser enclavarlo en un contexto muy concreto: no se trata de que la comparación entre versiones tenga que ser entre las pésimas, las malas, las normales, las buenas y las extraordinarias, sino, simplemente, que la puesta en cuestión gire alrededor de la idea central que cada pianista quiere defender, la suya, y no, de manera muy recurrente, de la búsqueda de una determinada perfección, valorada sobre parámetros de calificación necesariamente espurios, es decir, los de uno mismo, que no es pianista sino un opinador. ¿La anticrítica? No es para tanto, aunque, desde luego, suponga un gran esfuerzo y, por encima de todo, un ejercicio de anti-dogmatismo fruto de la buena voluntad. Hay que prescindir de ciertas ideas, ideales, diría, para comprender (si los hubiere) otros puntos de vista, a veces basados en discursos musicales radicalmente distintos a los nuestros. Y diferentes. E incluso opuestos. Pronto se verá que esta introducción es necesaria si se quiere hacer una valoración como es debido de los trabajos de Igor Levit.

La historia de la interpretación del ciclo de Sonatas de Beethoven en disco es ya muy larga. De alguna manera (y salvo algún atisbo de excepción y desde luego con innumerables cantazos en los dientes) muy poco original. Claro, esto es muy fácil de decir hoy, a más de setenta años (o así) de que una pléyade de pianistas de todos los colores y condiciones se haya esforzado hasta el infinito para dar lo mejor de sí mismos para la interpretación de un ciclo que es un compendio total del pianismo existente. El esfuerzo nadie lo va a discutir. Pero no es original, en el sentido de que siempre se trata de la misma búsqueda, cuyos resultados se van perfeccionando. Es necesario entender, así, que la aspiración al logro del máximo grado de excelencia siempre ha girado alrededor de una sola idea: todos sabemos que Beethoven fue un innovador absoluto; que a veces parece escribir para que no se pueda tocar, como un demente poseso de verdades sonoras infranqueables desde y por el instrumento, desde los dedos; pero, a la hora de expresar eso, en vez de buscar herramientas o tomar decisiones para llegar a esas situaciones límite, observamos a lo largo de toda la andadura interpretativa histórica un deseo de  fijarse más en los equilibrios internos, en una lógica que tiene más que ver con conservar lo conseguido que con lanzarse a la incierta aventura de la búsqueda.

Innovación en Beethoven

Es decir, siempre se ha hablado de innovación en Beethoven, pero rara vez y con claridad, de ruptura. Los equilibrios de lo clásico mandan; no voy a ser yo el que lo rompa todo, parece el mensaje. El fraseo, las transiciones, el sonido, las dinámicas, los juegos con los tempi, etc., han de guardar cánones, convenciones. Para después, el que mejor toque, el que sea mejor músico, el que mejor técnica tenga, el más capacitado para combinar canto con estruendo, el más avezado analista del todo frente a las partes, etc., se lleve el premio de ser el mejor; este será, sin duda, el que haga las mejores versiones de las Sonatas del mundo mundial.

Será cierto, indiscutiblemente cierto, pero habrá conseguido ese podio sin haber inventado nada; solo haciendo como nadie lo que todos intentan hacer y a nadie le sale: un Beethoven hecho de equilibrios. Pero, y con todo lo que sabemos hoy acerca de las mil y una locuras que asaltaron a Beethoven, ¿no se podría pensar en un Beethoven hecho de desequilibrios? A mi modesto entender, algún que otro pianista con aires de iconoclasta lo ha intentado, pero muy en vano. De los históricos, ninguno lo ha hecho, salvo quizá Gulda, y le salió un churro, o en alguna medida Ashkenazy, con cortos resultados. Desde luego quien más se ha aproximado a esa idea es Barenboim en su más seca que un bacalao segunda integral. A mi entender la larga nómina de pianistas que han grabado el ciclo completo han transitado el mismo (romántico) camino; han contado lo mismo, a partir de lo mismo: un Beethoven que no acaba de comprometerse con su propia locura; un Beethoven que mira atrás y adelante simultáneamente, pero al que se prohíbe escapar, al que se prohíbe la digresión, aunque una buenísima parte de la música que albergan sus partituras para piano solo no fuera para él sino un auténtico escape hacia la violencia, primero, y hacia la nada, luego. Excuso decir que teorizar sobre esto es fácil. Lo difícil es hacerlo sin violentar patrones.

Todo empezó con Schnabel. Fue el pionero. Ni Kempff ni Backhaus luego lo superaron en esa carrera por hacerlo mejor. Vino Gulda: un iconoclasta al que seguramente no le dio tiempo para entregar un Beethoven realmente nuevo. Y luego el maestro Arrau (irrepetible) y el joven Barenboim (caso aparte; después se fue haciendo mayor y produciendo  grabaciones, en una de las cuales, ya lo he dicho, se emborrachó de fundamento pianístico; en las otras, y en su estilo, es decir, consiguiendo el milagroso equilibrio ente clasicismo y modernidad, sentó cátedra); y, qué pena que no lo completaran dos pianistas como Emil Gilels y  Solomon, que nos entregaron grandes cosas, el uno intelecto puro, el otro romanticismo de libro. Y Richard Goode, otro romántico. Y más recientemente, recorriendo la misma senda, András Schiff y un pianista más joven, Paul Lewis; el primero, con una espléndida integral más de lo mismo; el segundo, un intrépido que debería haberse quedado en casa. Una gran historia. Pero siempre todo (o casi) en la misma dirección.

Con Igor Levit sí se produce un cambio. Incluso ruptura. Pero en absoluto me van a oír decir que se trata de lo mejor, un gran descubrimiento, etc. Lo único que defenderé es que encierra algo nuevo. Y que esa novedad abunda sobre un Beethoven hecho de locuras de toda índole, que seguro a los más clásicos les va a costar bastante digerir. A mí, sin ir más lejos. 

Unidad en la variedad

El Beethoven de Levit es deslumbrante, arrebatador, extremo, apremiante. Y por todo ello desequilibrado. Pero ojo, es, en su mayor parte, dueño de una unidad musical impresionante. Que podrá gustar más o menos, pero que es hija de un análisis personal de gran y original músico. Una unidad en la variedad, cuando no en la contradicción. Interpretación con todo el compromiso. Sorprendentemente, y admirablemente, está construido sobre dos ideas que parecen contraponer a dos compositores distintos: la demencia que arrojan los movimientos rápidos y el paladeo lírico y la introversión que se desprende de los lentos. También parece que haya dos pianistas. En los primeros es difícil seguirle. Todo va a velocidad de vértigo (algo imposible sin esos raudos dedos de acero y esa descomunal pulsación) a un volumen casi insoportable y bajo un manto sonoro que a veces queda hecho añicos. Y por eso, lo primero que se nos viene a la cabeza en este o aquel pasaje es: bueno, falta matiz, equilibrio, calma, sosiego… Al principio no entendemos lo que sucede (me pasó con las diez primeras Sonatas), porque, obviamente, estaba valorando con mente historiográfica romántica, cantabile. Pero poco a poco me ganó otro tipo de emoción, una cierta predisposición a aceptar una propuesta tan salvajemente fáustica. Y morbosamente atractiva.

Me quedé absorto ante el contraste de los movimientos rápidos y lentos de las, por ejemplo, ns.  4, 7, 10 y 11. Una locura. En la Patética sudé sangre. Pero no estoy seguro de que, al avanzar en la escucha, no me perdiera entre las propias ideas que me iba creando. A veces seguía viendo a un pianista loco, y en otras a un músico maduro e introspectivo. Por ejemplo en la n. 12, fraseada en su movimiento lento como lo habría hecho un gran maestro del pasado. Pero no en las ns. 13 y, sobre todo, 14, cuya ligereza aséptica entendí mal. Una ligereza que desapareció en la n. 15 Pastoral, el fantástico Andante de la n. 16 o la soberbia versión de la n. 17, con un Adagio conmovedor. La Waldstein me pareció una impactante interpretación, con un lento ingrávido y de otro planeta; en la siguiente, la n. 22, los dedos corren con naturalidad y en la Appassionata se regresa a la locura de la Patética en otra exhibición de medios técnicos. A mi entender, en las dos siguientes Levit está parco y un tanto fuera del espíritu de las obras. Los Adioses, sin embargo, vuelve a ser una interpretación extraordinaria, llena de poesía y medias tintas sonoras. Muy interiorizadas están las versiones de las ns. 27 y 28, la primera con destellos de gran maestro, la segunda de una extraña musicalidad: mucha introspección pero sin demasiado peso. Raro.

Levit hizo su debut discográfico con Sony Classical en un álbum con las cuatro últimas Sonatas. Nada más y nada menos, y fue en 2013. Hoy tiene 32 años, así que echen cuentas. Pero como, al parecer, eso le supo a poco continuó con las Partitas y las Variaciones Goldberg de Bach y las Diabelli de Beethoven. Para, a continuación, entre 2017 y 2019, completar el álbum primitivo de Sonatas de Beethoven con el resto hasta la integral. En la grabación de las ns. 29, 30, 31 y 32 quizá pueda percibirse la idea que ha dominado el resto del ciclo con posterioridad completado, como ya he dicho una intención manifiesta de apartar a Beethoven de cualquier senda que huela  a clásico. Pero surgen muchas dudas: Levit parece querer mostrar a un hombre perturbado por los descubrimientos que progresivamente va haciendo en el instrumento;  un encuentro con el piano en sentido estricto y nunca una lección ética acerca de las virtudes del hombre. No obstante (más dudas), en ocasiones la factura real de lo escuchado se sitúa más en la línea que ya conocemos en los maestros precedentes. Se perciben observaciones realizadas hacia el interior cuando en el exterior ya no queda nada por lo que luchar. Para ello a Levit no le importa renunciar a transiciones inacabables; marcar tempi ligeros y agógicas planas, e incluso a veces prescindiendo del muy querido por todo el mundo matiz romántico. Por ese camino entrega un discurso de una musicalidad solo pianística, cuando esta música no deja de ser un compendio ético (duda mayor).

Con todo, hay movimientos que se escuchan peor y otros mejor. Por ejemplo, es difícil aceptar lo que Levit hace con el primero de la Hammerklavier, demasiado poca cosa para la tan muchísima cosa que es esa música. Sin embargo, el lento es, por contenido, organización y concentración, impropio en un pianista de 26 años. Las interpretaciones de las ns. 30 y 31 son excelentes, pero ya fuera de la línea loca que embarga a las de las grabadas con posterioridad. Son mucho más clásicas, e incluso en un estilo que puede recordar a pianistas como Arrau o Barenboim, quien como nadie han conseguido profundizar más y mejor en estas obras. Los movimientos lentos respectivos (y yo diría que sobre todo el de la n. 31) son de enorme altura, tanto en la ejecución como en el planteamiento de las ideas musicales. Con el primer movimiento de la n. 32 sucede lo mismo que con el primero de la n. 29: buen pianismo, pero mensaje deficitario por no incidir más en el concepto humano que encierra una música diseñada como una auténtica avalancha de notas de altísimo contenido moral. Sin embargo, Levit nos regala una Arietta y Adagio de una increíble concentración, estructurado a la vieja usanza y dicho con toda propiedad. Desde luego, su interpretación de mayor altura intelectual del grupo de las cuatro últimas.

En resumen. Una gran noticia discográfica este álbum. Pero lo es más la propia existencia de un pianista con tanto proyecto. Es muy joven. Tiene a veces los defectos de los pianistas jóvenes del circuito más celebrados, pero posee algo, intangible, difícil de valorar, que lo aúpa sobre una buena parte de ellos. Por cierto, hay otro joven que ha hecho algo parecido, grabar unas cuantas Sonatas y esperar para grabar el ciclo, cosa que creo ya está haciendo. Se llama Saleem Ashkar. Iremos viendo.

Pedro González Mira            

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