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Crítica - Y, naturalmente, Beethoven

Madrid - 26/02/2020

En el ciclo Fronteras del CNDM caben músicas y proyectos muy variados, y también un cierto espíritu trasgresor, que se agradece en un ámbito en general  tan encorsetado como el de la música clásica. El viernes pasado pudimos vivir alguna trasgresión en el concierto del pianista Uri Caine y el Cuarteto Lutoslawski: músicos en camiseta, con un atuendo verdaderamente informal; un concierto sin descanso, una hora y media de música sin más pausa que la debida entre obras; el público entrando a la sala entre movimientos, no solo al final de la obra. Y sobre todo, la trasgresión de tomar la música de Beethoven y jugar con ella.

Porque en un concierto que se titulaba ‘Imaginando Beethoven’ pudimos escuchar música de Beethoven,  pero no todo fue Beethoven; escuchamos a Uri Caine, y casi podemos asegurar que ‘todo’ era Caine. Aunque para algunos el trabajo de Caine con Beethoven llevaría el adjetivo de deconstruido, pienso que deberíamos hablar de una verdadera re-construcción, una sobre-construcción. En pocas palabras, vestir al genio con ropas nuevas.

El pianista americano, de formación clásica y espíritu jazzístico, lleva toda su carrera enfrentándose a este tipo de retos. Beethoven no podía ser una excepción. Comenzó este concierto con la Sonata para piano nº 4 en mi bemol mayor, op. 7, que por obra y gracia de Caine se convirtió en un quinteto para piano y cuerda. El piano peleó el protagonismo con las cuerdas, convirtiéndose en una voz que relataba, en un plano paralelo, una historia que no tiene fin, iniciada en la obra de Beethoven pero que aún está en construcción. Caine iba punteando en otro idioma, en otro lenguaje, lo que relataban las cuerdas, más próximas al espíritu beethoveniano y clásico de la obra.

Tras esta Sonata, el cuarteto polaco interpretó  la Cavatina del Cuarteto de cuerdas nº 13 en si bemol mayor, demostrando su brillante calidad, pese a su juventud, como en todo el concierto. Y Caine tocó una Improvisación, sobre los temas de las sinfonías  Séptima y la Novena, verdaderamente endiablada y entretenida.

Para acabar el concierto, una selección  de las Variaciones Daibelli, op. 120, de nuevo en la original versión para piano y cuarteto. Las Diabelli son obra de un genio ya maduro y pletórico de fuerza creativa, que llevó el reto de estas variaciones hasta su límite. Caine se encargó de rizar el rizo, creando variaciones sobre las variaciones, hasta llegar a una especie de metalenguaje para músicos que disfrutamos todo el público. Todos los lenguajes, clásico, romántico, postromántico, casi impresionista, expresionista, moderno, vanguardista, siempre jazzero, y por encima de todo, beethoveniano, todos tuvieron cabida, en un ejercicio brillante, sofisticado, pero también cien por cien regocijante.

Y eso hizo el público que llenó la sala de cámara del Auditorio Nacional de Madrid, disfrutar. Quiero creer que probablemente a Beethoven le gustara lo que hace Uri Caine con su música, llegando a un lugar que el propio Beethoven no pudo imaginar.

A Caine la crítica le ha definido como poco convencional, polifacético, versátil, arriesgado, colmándole de alabanzas a lo largo de su carrera. Yo me quedo con una palabra que le describe a la perfección: natural.

Ah, y grandísimo músico.

Blanca Gutiérrez

CNDM, Ciclo Fronteras
Uri Caine, piano. Cuarteto Lutosławski.

Obras de Beethoven
Madrid, Auditorio Nacional. “Imaginando Beethoven”

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