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Crítica / Una cuestión de tempo - por Luis Mazorra Incera

Madrid - 03/06/2024

Lamento de Mirjam Tally invocó, una y otra vez, con clara insistencia, el incipit que empleara Beethoven para nada menos que introducir a modo de recitativo, la voz en su corpus sinfónico, primero en violonchelos y contrabajos, y luego en el barítono solista (“O Freunde, nicht diese Töne!”). Aunque, eso sí, se tuvo que esperar al último movimiento, del último y definitivo capítulo de su catálogo correspondiente, en la inefable (conmemorada coralmente en su bicentenario este mismo año) Novena.

Era aquí el motivoinductor” más que conductor, motivo tenaz, casi obsesivo, que se desplegara en atmósferas de heterofonía, reverberación y eco escritos, siempre cabalgando sobre el concepto compositivo global de ataque-resonancia: incipits de ecos y resonancias… aquí sin solución (“... nicht diese Töne! Sondern…”).

Fue la pieza de entrada en el programa dirigido por Kristiina Poska, en la temporada de la Orquesta Nacional de España en el Auditorio Nacional de Música de Madrid.

El Concertino para trío con piano y orquesta de cuerda de Bohuslav Martinů era otra historia. Anclado en la brillantez de su trío solista, hoy conformado por: Miguel Colom, violín; Fernando Arias, violonchelo; y Juan Floristán, piano (Trío VibrArt), fue una demostración ejemplar de limpieza, entrega y corrección técnica.

Una obra dificil, comprometida, que no deja descanso a nadie (incluido al propio oyente) y que cabalga a menudo, sobre ágiles texturas mecanicistas y envolventes de perpetuum mobile. Una oportunidad unánime de demostrar la solvencia técnica de todos los solistas, tanto por separado como conjuntamente, en un alarde de ágil concertación (— Chapeau!).

La propina cantabile, arreglo de una canción de Tchaikovsky (op. 6, núm. 6), fue un atento regalo fuera de programa, tanto en lo técnico, en el sereno tempo, en el intenso y perenne legato (con su punto culminante y una drástica ruptura que quizas echara en falta un tanto, la dolorida intención expresa de la letra ausente…), como en la recreación musical de los propios solistas y del público, en andas de aquella característica línea melódica desplegada (“¡No, sólo aquellos que hayan conocido el anhelo de una cita, comprenderán cómo sufrí y cómo sufro!”).

La Octava sinfonía de Beethoven, (“Mi pequeña sinfonía en fa”) es una obra difícil de lidiar. Si atendemos a lo técnico y a los deseos del podio, cualquier tempo giusto resultaría pequeño… demasiado lento…; si atendemos a los deseos y necesidades de los atriles, tanto uno por uno como, sobre todo, conjuntamente, cualquier tempo sería excesivo.

Obviamente el de Bonn trata, una vez más, de alcanzar (y sobrepasar si esto fuera menester) los límites habituales… apuntar a lo trascendente por lo sobrehumano.

Y sí, el caballo de batalla sobre el que edificó Poska su versión de la Octava, fue el tempo y los consecuentes reflejos en los rápidos cambios dinámicos o de carácter. Una decisión crucial toda vez que aquella exigencia fue mayormente positiva ofreciendo una activa y tensa celeridad, y relativa brillantez.

Y digo “mayormente”, porque la evidente exigencia de ciertos pasajes se constataba por el difícil ajuste de la concertación conjunta de toda la orquesta. Pero quizás esto forme parte de la manifestación explícita de aquella aspiración utópica, que se desprende en esta obra de una cuestión técnica medular: una cuestión… de tempo (de tempi, más bien…).

Luis Mazorra Incera

 

Trío VibrArt: Miguel Colom, violín; Fernando Arias, violonchelo; y Juan Floristán, piano.

Orquesta Nacional de España / Kristiina Poska.

Obras de Beethoven, Martinů, Tally y Tchaikovsky.

OCNE. Auditorio Nacional de Música. Madrid.

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