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Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Un invierno en Alicante - por Gonzalo Pérez Chamorro

Alicante - 14/06/2023

De los 29 grados que marcaba el casi veraniego clima de Alicante, en el interior del ADDA (Auditorio de la Diputación de Alicante) el frío se colaba por cualquier rendija de la maltrecha buhardilla en la que Rodolfo, Marcello, Colline y Schaunard sobreviven a duras penas en el invierno de París en una ópera como La Bohème, que bajó el telón simbólico de la espectacular temporada 2022-23 de ADDA y de ADDA·Simfònica.

De hecho, algunos conciertos deberían llevar la prescripción de que su audición puede afectar seriamente a la salud. La carga emotiva del que nos ocupa aceleró más de un corazón, y no solo el frágil de Mimí y del predispuesto Rodolfo, sino el de un público que escuchó, vio y se emocionó con la ópera como en el mejor de los teatros.

La parte escénica vino con la aclamada escenografía de Emilio Sagi, creo que estrenada allá en 2000 para la Ópera de Oviedo. Sagi sabe que la ópera no es un circuito cerrado, y que puede y debe aportar sus propias ideas. Con Sagi se nos cuenta la obra, entendemos que ocurre (y eso que La Bohème es una ópera sin dobles lecturas, lo que pasa es, sin más) y él aporta detalles siempre interesantes: no es casual el encuentro entre Mimì y Rodolfo del primer acto, ella lo ha estado espiando y ha esperado la ocasión para presentarse (perder la llave o desmayarse entra dentro de una actuación preparada). La práctica de elementos dispuestos en el escenario permite cómodamente el ir y venir de la buhardilla en el primer acto, del Café Momus en el segundo, de un frío espacio callejero parisino en el tercero y de nuevo la buhardilla en el cuarto, desprovista ya del escaso encanto que tenía en el primero para convertirse en el gigantesco féretro donde reposa la moribunda Mimí (fantástico juego de iluminación).

También Sagi nos aporta a un fotógrafo (quizá un homenaje a Brassaï, que retrató como nadie a la bohemia parisina), que merodea fotografiando por todo el segundo acto, cuyas fotos cuelgan después de la pared de la buhardilla en el cuarto acto, arrancadas con rabia y tristeza por Colline cuando ve que el fatídico final de la historia retratada en las fotos no tiene solución alguna.

Y luego está la partitura, un auténtico reloj suizo que precisa una orquesta muy fina y un director atento a los zigzagueos de la escritura y al torrente pasional que se avecina en algunos instantes. La penúltima Bohème que tuve la oportunidad de ver y escuchar, en el Real, muy recientemente, salpicó pero no mojó. Si no emociona, no funciona. Y esta Bohème alicantina fue exactamente eso, emoción. Puccini emplea esta ópera para continuar perfeccionándose en una de sus especialidades: las arias (hablamos de 1896). De este modo nos regala dos joyas absolutas en el primer acto, ya saben, la descripción que de cada uno se hacen Mimì y Rodolfo. Y es esta combinación de una escritura altamente emotiva con el trato muy tímbrico y rítmico de la orquesta la que hacen de la obra un prodigio de concisión y combinación de factores (hay óperas muy largas, y muy buenas, pero pocas tan redondas como esta). Y el hecho, además, de estar la orquesta ubicada antes del escenario (no hay foso), provocaba que hubiera un contacto visual de los músicos con la escena y los cantantes (salvo los vientos, que estaban de espaldas). Y si Puccini habitualmente duplica o triplica la melodía vocal en la orquesta (especialmente en la cuerda, la “sviolinata”), ADDA·Simfònica fue un personaje más, muy implicado, reproduciendo con enorme belleza los pasajes de los cantantes que ellos veían en el escenario, creando una simbiosis pocas veces escuchada.

Ya sabemos que en Puccini y en la ópera verista italiana la probabilidad de que parte del elenco escape con vida es muy baja. La desafortunada, en este caso, fue Mimì (al menos La Bohème no es un reguero de cadáveres, como sí lo es Tosca), encarnada por una Beatriz Díaz que muy emocionada recibió largos aplausos del público; no es para menos, su último acto fue excepcional, en especial su despedida (repleta de recuerdos, con inevitables lágrimas musicales, muy recogidas), donde Josep Vicent paró el tiempo e imprimió unos tempi muy lentos, logrando un instante conmovedor en su sencillez y ternura.

Rodolfo no tiene secretos para un Ramón Vargas que ha cantado este rol durante muchos años. No hay instante en que decaiga y su bellísimo timbre siempre está al servicio de la música, y no al contrario. Apoyado por una batuta inteligente, mantuvo su clase y supo liderar el grupo de bohemios, secundado por un David Menéndez que es, sin duda alguna, a día de hoy, nuestro mejor barítono de la nueva generación. Fantástico en todo el segundo acto y en las descriptivas escenas del primero.

Tanto Luca Espinosa (Musetta), Manel Esteve (Schaunard) como Gerardo López (Benoit / Alcindoro) desplegaron sus roles con elegancia, conocimiento de cada papel e instantes de verdadero gozo para el oyente. Pero fue Manuel Fuentes (Colline) quien despuntó como un bajo que está llamado a estar en lo alto. No solo tiene la voz, tiene la presencia y ese no-sé-qué de los grandes cantantes.

Puccini, como Haendel o Janácek, concede el protagonismo de sus óperas a sus chicas, aunque ellos sean lo que llaman la atención por meter la pata o usar la cabeza como elemento decorativo. Y esta feminidad latente pucciniana fue continua en la dirección musical de Josep Vicent, que apoyado en “su” orquesta (la flauta, tan decisiva en Puccini, tuvo a una alucinante Mayte Abargues), recreó la hermosura de las melodías, dosificó las tensiones (memorable el tercer acto) y creó instantes de absoluto placer, otorgando el componente sinfónico fundamental a esta ópera que muchas veces se ha desatendido por el evidente protagonismo de una escritura vocal marca de la casa: llámese belleza.

Gonzalo Pérez Chamorro

 

La Bohème, de Puccini

ADDA·Simfònica y Coro ADDA / Josep Vicent

Emilio Sagi, director de escena

Beatriz Díaz, Ramón Vargas, David Menéndez, Luca Espinosa, Manel Esteve, Gerardo López, Manuel Fuentes…

ADDA (Auditorio de la Diputación de Alicante)

 

Foto © ADDA

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