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Crítica / Sonido ideal de la London Symphony Orchestra - por José Antonio Cantón

Alicante - 04/11/2023

Comparable a todos los niveles con las orquestas top five norteamericanas (Boston, Filadelfia, New York, Cleveland y Chicago) y las mejores de Europa (Filarmónicas de Viena, Berlin y San Petersburgo, Concertgebouw de Amsterdam y la Sinfónica de la Radio Baviera), la London Symphony Orchestra (LSO) presentaba por vez primera sus credenciales en el Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA) con un programa enormemente atractivo en el que destacaba el poema sinfónico Así habló Zaratustra, Op. 30 con el que Richard Strauss, egregio compositor al que está dedicada la presente temporada sinfónica del ADDA, quiso hacer apología musical de la obra filosófica del mismo título de Friedrich Nietzsche ya desde su espectacular inicio que, como un logro cinematográfico histórico, utilizó Stanley Kubrick como banda sonora en la colosal apertura de su famoso film 2001: A Space Odissey.

El concierto se inició con la ejecución de un encargo de la LSO a la compositora londinense Hannah Kendall, O flower of fire, estrenada por esta formación en el Barbican Centre de Londres a principios del mes de octubre de este mismo año, en la que se pudo apreciar la transparencia sonora que detenta esta formidable orquesta inglesa que desde hace más de ciento veinte años representa un referente absoluto del panorama cultural británico y europeo.

En un muy meditado ejercicio de sincretismo musical, Kendall ha desarrollado una obra en la que primitivas fuentes musicales criollas se hacen patentes sorprendiendo al escuchante, que percibe cómo el sonido orquestal adquiere una luminosidad que sólo puede entenderse si lo asemejamos al que tiene una frondosa selva amazónica en la que su población zoológica tiene todo el protagonismo. Esta compositora ha explorado al máximo esta atingencia generando una atmósfera de constante y creciente expresividad en un proceso discursivo de continua sorpresa. Antonio Pappano la ha construido haciendo alarde de centrífuga integración de sus muy variados elementos armónicos, melódicos y rítmicos, consiguiendo un totum revolutum de admirable efecto musical que determinaba en sus casi veinte minutos de duración la grandeza técnica y artística de su prodigioso instrumento orquestal. Consciente de la complejidad de la obra, ha desarrollado un análisis estructural de absoluta destreza que sólo puede entenderse desde un magisterio incuestionable de altísimo nivel, llevando su interpretación a la máxima justificación del arte de Hanna Kendall, creadora musical de agudo instinto llamada a crecer desde la plena madurez en la que se encuentra su carrera. El público quedó rendido ante la belleza de su cuidado lenguaje vanguardista en el que exotismo y “biensonancia” quedan perfectamente equilibrados.

La segunda obra del programa significó el descubrimiento de la joven pianista coreana, Yeol Eum Son, dotada de una madurez sobresaliente. Su interpretación de Totentanz (Danza macabra), S, 126 de Franz Liszt llenaba de asombro al auditorio ante la limpieza de su sonido en los niveles medios dinámicos que resolvía con más que sobrada agilidad de mecanismo. En los momentos que mayor exigencia en graves el piano quedaba algo diluido ante la potencia de la orquesta, que era tratada con una impronta magiar muy definida por el director impulsada con un halo innovador en cada una de sus seis variaciones sobre el motivo temático del himno fúnebre cuasi-litúrgico medieval que lleva por título Dies Irae, que significan en sí y en conjunto toda una anticipación de los poemas sinfónicos del propio Liszt, tratamiento que no pasó inadvertido para Pappano propiciando así la excelencia de la orquesta como anticipo de la brillantez que estaba por venir con la mencionada obra de Strauss. La principal cualidad de Yeol Eum Son, ya apuntada más arriba, quedó nuevamente de manifiesto y engrandecida en el bis que ofreció a un auditorio entusiasmado con su actuación; Étincelles, sexta de las Ocho piezas características, Op. 36 del pianista alemán de origen polaco Moritz Mozskowski, logrando una asombrosa igualdad de pulsación que reflejaba rigurosamente la precisa intención centelleante de la obra en imitar la fogosa persistencia de un chisporroteo.

La velada entraba en su momento álgido en la zoroástrica genialidad orquestal del Richard Strauss, cuyos pentagramas llevan al director que se proponga dirigirlos a lograr esos ideales de construcción y trasmisión musicales en su más alto grado técnico y rango estético. El maestro Pappano desplegó toda su experiencia artística, haciendo de su función un virtuoso acto de auténtica recreación del pensamiento musical del compositor bávaro. Desarrollando una proyección estratificada del sonido, permitió que cada sección instrumental brillara con luz propia dentro del absoluto esplendor de conjunto de la LSO, que llegaba a abrumar positivamente a un escuchante atento y bien informado. El más sustanciado y justificado término elogioso queda insuficiente ante el espectáculo musical que supuso esta interpretación, que permitió disfrutar de la más auténtica dimensión de la insultante grandeza del último romanticismo sinfónico austro-germano, que tuvo sus principales paladines en Strauss y Mahler, compositores que llevaron el arte de la instrumentación casi al límite de sus posibilidades. Éstas se hicieron patentes en una velada de mágico sonido orquestal que quedará como un indeleble recuerdo en la historia del auditorio alicantino.

José Antonio Cantón

 

London Symphony Orchestra

Yeol Eum Son (piano)

Sir Anthony Pappano (director)

Obras de Hannah Kendall, Franz Liszt y Richard Strauss

Sala sinfónica del Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA), 28-X-2023

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